miércoles, 20 de mayo de 2015

Toda la ternura del mundo

Dos días después de encontrarse en Tribunales, le habló. La acusó de usar musculosa y cartera cruzada, como si fuera un delito. Claro que en chiste, buscando el piropo, pero desafortunado teniendo en cuenta todo, todo lo que pasa. Ella igual sabía. A riesgo de rociar de nafta este metro cuadrado lleno de colillas a medio apagar, digo: siempre saben las mujeres. No desató un discurso justiciero porque lo sintió indefenso, como queriendo encarar sin tener con qué o saber por dónde. Tampoco lo pensó así, no sé qué tanta explicación vengo a dar. En fin, la conversación siguió.


Ese miércoles se cruzaron y ella por suerte estaba linda. Había pensado varias veces en cuándo se volverían a ver. Dos, casi tres años desde el último encuentro y varias charlas de horas en el medio. Dijo que estaba apurada para esquivar la eventual incomodidad de, después de haber pretendido que podían hablar de cualquier cosa hasta la madrugada, quedarse parados y callados sin saber qué decir. Lo saludó con un beso en el cachete más generoso que a cualquiera y se fue prácticamente imposibilitada de relajar la sonrisa.


Dos días después es un montón para la chica que gusta del chico. Vamos, dos horas después es un montón. Y una no sabe si conectarse poco o todo el tiempo, si él no habla porque está en otra o porque ella no aparece en la listita o qué carajo pasa. Admiración y reverencia a aquellas que pueden archivar esta espera hasta que la ventanita titile en azul y todo se desclasifique. Me saco el sombrero frente a las que, si pinta, mandan ellas. Cuestión que hablaron y la invitó a salir. Le dijo “Tengo dos preguntas”, la primera fue si la musculosa ya estaba limpia y lista para volverse a usar y la segunda qué hacía mañana a la noche. 1.-La musculosa está en la bolsa de ropa sucia, conviviendo desde el miércoles con medias e indumentaria deportiva que tengo pendiente lavar. 2.-No sé, ¿qué hago? La invitó a tomar una cerveza. Nada innovador. Nada mal.


Él es un par de años más grande pero no tantos como para acentuar la diferencia. No tantos como para ella decir que salía con un chico más grande ni él con una pendeja. Igual, “salía”, una salida no es salir por más película que una se haga. Bueno, el caso es que salieron y estuvo bueno. Bastante aburrido comparado con los que eran pantalla mediante, pero estuvo bueno.


Cuatro veces más le tomó desenvolverse como una persona que procesa la información del interlocutor a velocidad normal. Capaz necesitaba la estabilidad que brindan cinco salidas en comparación a una, dos, tres o cuatro. No es insegura, no se mira al espejo y detesta lo que devuelve. Es más, le gusta mucho. Tampoco se piensa tonta. Pero el colchón de ‘estar saliendo’ es una pelotudez que siempre precisó.


Todavía no había pasado nada. La cuarta y quinta vez terminaron en su casa. Se tocaron un poco pero ella frenó. Hoy no se acuerda bien por qué. Ya había cogido “temprano” en otras “relaciones”, pero con ese chico sentía que tenía que aguantar un poco más. Tanta comilla, cualquiera se da cuenta de que una está hecha de precauciones.


En alguna de sus charlas de cuando él recién había cortado le dijo algo hermoso (pero) sobre su ex novia. Era algo como “voy mejor, ya reduje los momentos de extrañarla a viajes en bondi y minutos antes de quedarme dormido”. Lo felicité, qué sé yo. Una, que se castiga con lo que haya a mano, desea siempre ser esa chica que el chico quiso con locura. Aún cuando ya no, cuando está pasando de página y hablando con otra, con una, incluso.


Esa noche se besaron y ella terminó casi por completo encima de él, que pasó la mano por abajo de su remera, por su espalda hasta el otro lado y abrazó su cintura. Presionó un poco su cuerpo contra el propio mientras con los dedos acariciaba sin soltarla.


“Quiero” le dijo ella.
-¿Qué?
-Que quiero. Coger.


Él siguió besándola unos, habrán sido, cinco segundos más.


-No traje forros.
-¿Posta?
-Sí, no traje.
-Bueno, no, entonces no. Qué choto.
-Gracias, vino con todo el resto.


La chica se rió y se olvidó de las ganas de. Seguimos sin despegarnos un montón. Fue de nuestras mejores noches. Ella salíó de la pose y del cuidado de no cagarla. Él no se quiso matar por ser un boludo y olvidarse preservativos. Se empezaron a querer.


Pasó días enteros con cara de estar estando con el chico que le gustaba. Y qué linda le quedaba.


Rato antes de empezar la salida en la que seguro concretarían, desordenaba su casa viendo qué ponerse. Una suele intentar que las cosas se filtren disimuladamente y todo termina rebosando de obviedad, por eso se puso la musculosa de ese miércoles. El problema fue la elección de corpiño. El que mejores tetas le hace es -atención- violeta. Violeta chillón. Mi plan era, llegado el momento de desnudarnos, apagar la luz y revolear el corpiño lo más lejos de su campo visual que pudiera. Digo, se había relajado y estaban muy bien, pero dejar de pensar en estas pavadas requiere plazos largos, en los que él ya la haya tocado sin estar depilada, o visto la mañana después de haberse acostado con el pelo mojado, o llorando por algún sinsentido. Se puso el corpiño violeta, la musculosa, un jean azul oscuro, zapatillas rojas y bajó. Fueron al bar de ahí a la vuelta, el que está a la vuelta de cualquiera de nosotros. De cualquiera. Esa cuna de comienzos y finales, gente incómoda y llena de ganas de algo, con prepizzas horribles pero cerveza bien fría. Mesas de madera y la apuesta de sentarse al lado en vez de en frente. Saben de cual hablo, de cualquier bar que esté a la vuelta.


La tirita se asomó a la mitad del primer fernet. Y es que una siempre piensa de más. Quizás ellos también pero con cosas menos triviales. Más adelante le contó esta historia y se lo preguntó. “No. Posta que no. Igual me enternece mucho, pero no”.


Era muy fácil quererlo y así las precauciones fueron cayendo. Indicio de ello fue perder la cuenta de cuántas salidas iban. Pero en una cerca de la quince o veinte le dijo que le había mandado un mensaje su ex novia.


En un episodio confuso en el que ella quiso mostrarse despojada de cualquier tipo de herida, le pidió que lo leyera en voz alta. Me leyó el mensaje y era hermoso. Parecía espontáneo y muy sentido, algo que yo jamás habría logrado. Trató de ponerse en el papel de comprensiva, amiga o par y hablaron de esa relación un rato. Ella, desde la soledad más elocuente, le dio consejos muy concretos y bien formulados. Le contó que cuando el miedo la ahoga, se ducha a oscuras de madrugada mientras piensa que, si pasa eso, va a poder con todo el resto. Al par de semanas él le dijo que lo había hecho.


Siguieron viéndose un poco más. Temblaba cada vez que él miraba el celular. Se imaginaba a la ex novia como una princesa de pelo castaño y boca chiquita, una que no importaba dónde se parase, el subte siempre abría sus puertas delante de ella. Esa que quiso con locura.


Toda la ternura del mundo se puede compendiar en una chica triste que elige quedarse ahí, triste. Ella en ese momento era toda la ternura del mundo.


Él ya no sabía con qué nervio del cuerpo extrañar. Ella se pegaba las partecitas para parecer entera. Hicimos lo que pudimos y no alcanzó.


Hace poco volvió con su novia.


Seguro, cuando pase el tiempo y ‘hoy’ sea otro, una mire para atrás y se ría acordándose de las boludeces que pensó mientras me enamoraba. Aunque, cómo duele cuando pasa.


Tengo ganas de él todo el día, pero siempre que lo pienso se está yendo. Siempre se está yendo.


Cómo duele, la puta madre.



jueves, 30 de abril de 2015

Dormir solos

Hoy toca dormir solos y además hace frío. Seguro mañana llueva, pasado a vos se te rompa algo de poca importancia, el jueves un foco de mi cocina se queme y el próximo domingo veamos la serie cada uno desde su cama. Porque así es esto, supongo, de estar separados. Un agravante de cualquier pavada. Como si la ansiedad y eventual obligación de deshacerse de un pedazo de rutina y que todo lo que me hace acordar a vos deba perder cuanto antes ese ancla no fueran suficiente.


“Es cuestión de tiempo” dicen. Cada día que pasa estoy mejor pero también te alejás algunos pasitos para allá. Y ahora tengo todo este amor con el que no sé qué hacer. Que ya no es tuyo pero mío tampoco. Ese es el problema, el amor intacto. Que hayamos fallado en lo que orbitaba pero no en el centro y ahora lo sienta latir o titilar o molestar no sé bien cómo, pero me tiembla la garganta cada vez que leo tu nombre, que veo una foto.


Me quedo con que nunca nos mendigamos un ‘te amo’ ni escatimamos en abrazos. Nos dimos todos los besos que quisimos, cuando y donde quisimos.


Toca dormir solos y a mí sólo me desvelan cosas lindas con lindas formas pero que cortan por cualquiera de sus puntas. Anotar lo que pensábamos que nunca nadie había dicho, cuando te diste cuenta de que siempre que empiezo a hablar deslizo una ‘m’ silenciosa, los mates en la cama, mis papelones en la cocina, las noches que no teníamos sueño, tus mensajes cada vez que escuchabas una palabra que sabías que me iba a gustar.


Por ahí mañana vos te cruzás con una chica que tenga un tatuaje parecido al tuyo y en eso terminen tomando una cerveza. O yo invite a alguien a mi casa que no quiera dormir con tu remera porque “es de la gestión anterior”. Tu remera que todavía huele a vos, como todo esto.


Me quedo con que hicimos las cosas bien, con que no nos lastimamos y con que compilamos mil historias hermosas para contarles en añares vos a tus nietos y yo a los míos.


Algún día voy a dejar de extrañarte casi todo el tiempo. Ese día voy a sentir el alivio y la fortuna de haber tenido un gran amor.

Por ahora, por hoy, toca dormir solos.

lunes, 13 de abril de 2015

Hay algo de poesía en intentar salvarnos

Me pasé esa noche hablándole de amor, tratando de recuperarnos.


Nos habíamos tirado con cuanta mierda encontráramos en el camino. Tiempos, prioridades, planes, proyectos, abrazos y ausencias caducas en su idioma y el mío. Discutíamos por cualquier cosa y no entendíamos cómo seguíamos queriendo tenernos cerca. Yo me puse a llorar y él rompió una lámpara. O él rompió una lámpara y yo me puse a llorar, ahora no me acuerdo.


“Ya no nos hacemos felices -sentenció sin mirarme- pero tampoco sabemos ser felices solos”.


Nos conocimos en el secundario, cuando quien tenía lentes no era por ello más interesante, entre chicas todavía se usaba el pelo largo y los chicos escribían en sus mochilas con liquid paper el nombre de una banda o un equipo de fútbol. Al año ya éramos novios. Juntos aprendimos a saltearnos la entrada en calor en el campo de deportes y que no nos pescaran, a fumar sin toser, a despertarnos solos, a estudiar en grupo, a escuchar radio a la mañana y a dejar las copas de vino en remojo si no íbamos a lavarlas inmediatamente. También fuimos a una marcha en bici y nos esperamos a la salida de entrevistas.


Gusanitos ácidos, oraciones unimembres, libros que todavía éramos chicos para entender, cafés sin azúcar, tacos y corbatas, interés por otras cosas.


Hubo épocas en las que quisimos crecer de golpe y ser extraños del otro. Algunas en las que sentimos que tanta intimidad nos había hermanado. Igual, ninguna servía. Eso tienen las relaciones que se extienden más allá de la escuela, un limbo de madurez confuso y casi crónico.


Cuando nos conquistamos, nos dejamos de conquistar.


No éramos prioridad, no nos interesábamos. De repente nuestra relación era algo que no entendía, como tradiciones de Oriente, el mecanismo de un fax o escribir poemas.


No sabíamos de estructuras,
ni de rimas o versos,
puntos o comas o letras.


No sabíamos cómo se empezaba de vuelta,
cómo se estaba con otro.
Ni cuántas líneas,
cuántas palabras iban ahí.


O cuántas acá.


Desde entonces, todo fue en picada. Lo que no nos gustaba cada vez nos gustaba menos, lo que sí no pesaba lo suficiente como para tapar lo otro o salvarnos. Cada cual se debía su adolescencia estereotípica que estar con cada quien le había negado. Yo nunca hice pis en la calle, por ejemplo. Él no se manoseó con desconocidas en el rincón sucio de ningún boliche hasta pasado su cuarto de hora.


Cuando nos pusimos de acuerdo en dejarnos, me perdí por completo. Intenté emborracharme seguido y socialmente, tomar sola, acostarme temprano, leer el diario, salir a correr. Era como si ninguna cepa de personalidad me fuera compatible.


Frecuentamos a otros y algo aprendimos. Al tiempo nos volvimos a ver. Encuentros casuales, que le dicen, hasta esa noche. A mí esa noche me cayó una ficha de plomo que a llanto suelto me obligó a entender que no podíamos ser dos que se ven.


No le podíamos hacer eso a los chicos que se encontraban para transar detrás del kiosko siempre cinco minutos antes de volver a clase. Tampoco a ellos, que se tocaron por primera vez temblando y queriendo que ese martirio terminase, queriendo saltearse el durante y ya tener aprendido. A él le debíamos mucho, se había aguantado la hora y media en la sala de espera con revistas antiquísimas por su primera cita con el ginecólogo. Y no podíamos, con encuentros casuales, bastardearla a ella, que una tarde más tarde tocó el timbre con dos trajes y cuatro corbatas para sus entrevistas. Lavatorios tapados, manchas en sillones cuando sus papás no estaban, mentiras a amigos para quedarnos juntos. Todo eso no cabía en tres ni en seis ni en veintiocho encuentros casuales.


Esa noche me gritó muchísimo. Que yo en mi afán de “aguantar” no veía la realidad, que por qué no tiré ese manotazo tiempo antes, con mucho menos desgaste por restaurar, que “¿no entendés que las cosas se terminan? ¿Que cambian? Ya lo sabés, no tenemos más nada que hacer juntos, pero vos igual pensás en vivir acá, en casarnos. Vos pensás en que nuestros hijos vayan leyendo carteles en la ruta, pensás en envejecer conmigo. Y miranos. Todo lo que teníamos lo vendimos por cuatro polvos para sentirnos menos solos.”


Tenía razón.


No sé si destruyó la lámpara como metáfora o porque le brotó el estado natural del cuerpo.


A las tres y media, masomenos, entendí(mos) que nos habíamos patinado el amor a principio de mes y que, para cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos crecido. Obvia y simultáneamente, habíamos crecido y todo nos quedaba chico, incluso nosotros dos.

Una foto publicada por Lucas Garcia Molinari (@_lucasgm_) el

A la mañana siguiente nos despertamos y le dije que tomar café casi desnudos en una cama deshecha se llevaría toda la poesía del día. En ese momento olvidé por completo que nada entendía sobre poesía. Pensó y contestó “a menos que vayamos a la plaza a jugar ajedrez con una pareja de viejitos”. Una hora después estiramos las sábanas, nos cambiamos, él se fue para aquel lado y yo me vine a casa.

domingo, 15 de marzo de 2015

Cartas al portador (Josefina)

El lunes, su escritorio va a estar vacío. Ya no la voy a oler llegar, ni escuchar su “buen día” medio hablado medio suspirado producto de tres pisos por escalera; no revoleará su cartera tirando alguna birome o anotador. Nada de eso. Josefina consiguió el trabajo de sus sueños o algo parecido. Quizá no ese pero sí, por lo menos, uno a cuatro cuadras de su casa.


Tengo nueve horas, ocho si se toma la del almuerzo y sale, para hacer algo. Algo, no sé, contarle que me gusta, hablarle de esa forma por el chat interno, preguntarle si quiere ir a tomar una cerveza después. Aunque sé que Josefina no toma cerveza. O probar algo distinto. Llevarla a Marte, a la terraza del edificio más alto del mundo, a hamacarnos a una plaza.


Siempre me gustaron las mujeres de piel suave. Bueno, a todo el mundo, pero en particular digo; más que un par de piernas tendientes al infinito, una cola sin gravedad o una dentadura perfecta. Josefina, igual, las tiene todas.


Recuerdo verla llegar el primer día, cuando todavía estudiaba medicina, en ambo y zapatillas. Marchó rápido hacia el baño, se cambió y después se presentó. Uno no puede ofrecer ningún tipo de resistencia ante una mujer linda en ambo. Básico. Lo sabe cualquiera que haya cursado alguna carrera que lo requiera o viajado en la línea D.


El agosto pasado la llevé casi todos los días a la casa porque pude salir a las seis sin problemas ni pila de trabajo atrasado. En esos veinte o treinta minutos me contaba boludeces y yo me moría por abrazarla fuerte como si fuera una situación normal. O sea, abrazarla como un novio a su novia, no dejarla salir, molestarla, todo eso. Me contó que había escuchado que en Europa o en alguna parte de Europa (a ella le gustaba pensar que el este) se acostumbraba dejar un café pago en los lugares a los que se iba. Un “café por cobrar”, es decir, uno iba, tomaba el suyo y dejaba la plata para otro que sería retirado por quien entrase a pedir ese café pendiente. Así le habían dicho que se llamaba. Café pendiente. Estaba pensado para la gente sin techo que sufre –más– ese frío que vemos en las noticias, le dijeron. Que era cuestión de querer y confiar. Me contó también que pensó en empezar a dejar cartas en bares y que quien las recibiera y las leyera, hiciera lo mismo. “Cartas al portador, un sinfín de ellas rotando. No importa si son tres líneas o dos carillas no alcanzan y la última oración tenga que conformarse con una servilleta usada. La gente muere de frío pero también de amor”. De esa última parte noté que se arrepintió inmediatamente porque la terminó bajito.


Al tiempo le pregunté si había dejado alguna carta en algún café. Me dijo que no. Ese día fuimos al chino por peso juntos y solos. Me acuerdo que, cuando me serví un poco de jamón en cubos, su reacción fue “No puedo creer lo que vas a comer, es como un rompecabezas de chancho eso”. Me pareció una genialidad. ‘Rompecabezas de chancho’, quería usarlo en otro ámbito con otra gente.


El segundo martes de noviembre viajamos juntos en subte por casualidad o suerte, que en definitiva es una casualidad que aprendió modales. Yo había salido tan tarde que ya me debatía entre faltar o ir de todas formas. Ella, fresca, venía del oculista. Josefina usa anteojos, por supuesto. Unos de marco negro grueso al que su mechón de pelo le histeriquea en cada rodete mal concluido. Cuestión que el subte va frenando y uno ve a la que cierra la cartera y la asegura con el codo contra su cuerpo, al que salta el molinete, al que sella la novela para retomarla en tres o cuatro pasos, arriba del vagón; y a Josefina. Ese martes la vi a Josefina franeleando sus anteojos con la camisa, haciendo malabares para no tirar carpetas y cosas mientras tanto. Ese par de segundos hasta que el subte frenó y ella entró me imaginé su despertar lento, su ducha de la mañana, su taza de café con leche y su torpeza para subirse hasta el final, y sola, el cierre del vestido. Nos vimos, me sonrió y me dio un beso. Creo que miré para arriba como agradeciéndole a un Dios que hasta el momento pertenecía, a mi entender, al pasillo de ciencia ficción.


Una foto publicada por Lucas Garcia Molinari (@_lucasgm_) el


A fin de mes cumplió veintisiete. “Feliz cumpleaños. Que sea con mucho de lo que te gusta”. No sé qué quise decir, sonaba bien, pillo, desinteresado pero buena onda en partes iguales. No sé. Si los deseos se cumplieran y a mí me saludaran así, tendría la casa llena de Josefinas.


Al día siguiente contó -y yo escuché- que le habían mandado una pizza gratis de La Continental. Que era algo que hacían si tenían tus datos. “Cuando se fueron todos, a la hora masomenos, media pizza grande sola me comí. El mejor cumpleaños de mi vida”. Cuán perfecta se puede ser, por favor.


Nunca se lo dije, pero me acuerdo de ella cada vez que paso por Barrancas y veo al señor del violín desafinado. Es parte de una historia hermosa que me contó en uno de nuestros viajecitos de agosto. Quizá me equivoque y no deba entrecomillarlo, pero “este señor toca su violín en las calles de Belgrano desde que tengo uso de la razón. Yo iba al jardín y lo veía, volvía y lo veía, primaria, paseos, todo. Este señor canoso con su violín desafinado es la única constante que se mantiene desde que tengo cinco”.


Ayer, mientras esperaba el 15, vi a un hombre grande, panzón y de traje, correr su colectivo que se le iba y que se le fue. Paró, se apoyó sobre sus rodillas creo no por agotamiento sino por resignación, y se puso a maldecir -uno o dos tonos arriba del susurro- la rutina y toda su periferia. Ahí nomás sentí toda la tristeza de febrero condensada en un momentito muy vago. Josefina es mi 15. El tiempo pasa y Josefina se va, se está yendo, se fue. La veo salir con sus medias de estrellitas que se asoman porque tiene el pantalón fruncido en alguna parte de la pierna. “Estrellas -me digo- es un significante que no le hace justicia a las estrellas.” Después me castigo por usar ‘significante’ y no ‘etiqueta’. Por ostentar pavadas, incluso y sólo conmigo.


Cómo no escribir sobre y a una mujer con medias verdes de estrellitas. Cómo pensar que bueno, que la vida sigue, y no advertir que ese, justamente ese es el problema. Ojalá recibas esta carta, Josefina, y me respondas, y nos mandemos un sin fin de ellas. Es la forma más tuya que encontré de decirte que sos tan, tan linda, que me gustás y que quiero abrazarte hasta molestarte.


Ojalá pases por este bar. Yo desde que te crucé en el subte que elijo creer.

jueves, 5 de marzo de 2015

Perla

Ayer a la madrugada murió Perla y hoy la tristeza nos tapa el bosque. Un mes, más menos tres días, estuvo luchando por aferrarse al cariño, el afecto y la atención que en ese último tiempo había recibido. Con cada parte médico, el pronóstico cambiaba un poquito y su corazón seguía latiendo. Hubo salidas del hospital que se sintieron las últimas; y entradas tediosas, abrumadas de un miedo que la sala de espera alimentaba con cada paso a la derecha que daba el segundero.

Perla es la mamá de mis hermanos. Una mujer buena, genuinamente buena que fue presa de una enfermedad mucho tiempo y que, cuando la vida le dio revancha, se tropezó con otra aún peor. Esa de tratamientos, pastillas, calvicie, rayos y demás batallas que dio, una a una, sin pensarlo dos veces.

Sebi dice que estaba enamorada de sus nietos, que Franco fue como una inyección de vitalidad para ella. Dice también que era desprendida de lo material. Que daba y daba, sin chistar. Maru dice que a veces, por algún tapado o par de zapatillas, un escandalito le hacía pero siempre terminaba cediendo. Yo, que en pocas oportunidades tuve el gusto, puedo decir que siempre me saludó con un “Juli” simpático y que crió a dos personas que le deseo cerca a cualquiera, a todo el mundo.

En su casa había Guaraná y pastillitas de menta sin azúcar. Perla comía viandas dietéticas y se acostaba antes de las ocho. Pudo concretar otra relación de la que mis hermanos hablaban seguido. Jorge. Lo conoció en el lugar de tratamientos para bajar de peso. Jorge es bueno y come mucho, según me dijeron, y vive en Brasil. Yo los vi juntos en el bar-mitzvá de Franco. Sebi estaba contento de que Perla estuviera ahí, lo preocupaba que no llegara.

Ayer mis hermanos le agradecieron por todos los detalles que les dejó para saberla y sentirla cerca en esos momentos de debilidad y de no aguantar que el mundo siga girando, que a la mañana siguiente uno igual tenga que levantarse. Llamados incesantes, consejos de ropa o de qué peluca comprar, regalos, su olor, su voz. Yo quisiera contarle que sus hijos son lo mejor que tengo, a ella y a quien lea. Que en sus abrazos me permito hundirme hasta al fondo, y que esos mismos abrazos son los que me sacan a flote.

Ayer murió Perla y hoy la tristeza nos tapa el bosque. Pero Sebastián y Mariela me recuerdan todos los días que juntos somos fuertes, y que el bosque ahí está.

lunes, 23 de febrero de 2015

Ningún exponente

Dos cosas me llamaron la atención. La primera fue que tuviera un sonido de celular no predeterminado. O sea, no de la lista de sonidos. Se escuchó salir de su mochila “Independiente la concha, la concha, la concha de tu madre” que creo que era con el ritmo de  “y se requiebra, y menea, y menea y menea ay comadre”, cantado por una hinchada. Pensé que ya no se hacía eso, que todos teníamos los tres o cuatro o, no sé, ocho mismos sonidos. Pero además me dijo que era un mensaje de texto de su hermana. Un mensaje de texto. Raro. Y la hermana debía tener, ¿qué?, unos -máximo- siete años más o menos que él. Estaría en el rango etario de la gente que tiene celular con otros servicios de mensajería. No mensajes de texto. Igual, no lo pensé tanto como parece acá.
Lo guardó sin contestar.


Él: Pensás que soy un boludo por cómo suena, ¿no?
Yo: Y, desapercibido no pasa, pero todo bien igual.
Él: ¿Te gusta el fútbol?
Yo: Me da lo mismo, no sé nada de fútbol.
Él: Tenés suerte, a mí me encanta. Racing (señalando un tatuaje). Fanático enfermo y sufro mucho.
Yo: Pero sufrís porque sos de Racing.


Nos reímos y me cargó porque ‘al final algo parece que algo sabía’. Yo esperé que por favor no indagara más porque hasta ahí llegaba mi conocimiento. No pasó. Nos levantamos del cordón de la vereda y empezamos a caminar. Hablamos de qué estudiábamos, de qué queríamos laburar y de la gente que conocíamos que hacía lo que le gustaba al otro (para eventualmente ponerlos en contacto, aunque eso nunca termina pasando pero quizá se puede iniciar la próxima conversación con “¿te acordás que te hablé de tal? Bueno, link”).


Él: Acá en la esquina vivo yo.
Yo: ¡Ah! Pensé que vivías en Caballito porque, y esto va a sonar medio stalker pero, siempre que chateamos, debajo de tu mensaje me aparece ‘Enviado desde Caballito’.
Él (riéndose): Esa es la casa de mi papá. Paso un par de veces por semana, pero vivo con mi vieja y mi hermana acá.
Yo: Ahh, con razón.
Él: ¿Querés subir? Te hago unos mates, galletitas creo que no tengo pero si querés pasamos a comprar.
Yo: No hace falta, mate solo está bien.
Él: Un exponente.
Yo: ¿Qué?
Él: Digo, un exponente de las mujeres de tu generación, que son todas aficionadas de la merienda. O el té, no sé cómo le decís vos.
Yo: Merienda. Me encanta, ningún exponente. Pero, sin ofender, es la situación de merienda. Con amigas, bien pomposa. No la merienda por la merienda misma. La merienda por el contexto.
Él: Ah, tenés una tesis hecha directamente.



Llegamos, sacó su llavero que era -lo juro- un muñeco de Carlitos de Los Rugrats, abrió y subimos dos pisos por escaleras. Cuando entramos empezó a gritar “Tongo” que, entendí un minuto después, era su perro.


El living tenía una alfombra no sé si verde o azul. Era grande y oscuro, con las paredes empapeladas de un color crema que el tiempo había convertido en beige. Fuimos a la cocina y él me preguntó si quería tostadas mientras llenaba con agua una pava analógica. Le dije que no. Pispeé un paquete de Variedades en el que sólo quedaban Melba. Me comí una esperando que estuviera húmeda pero estaba bien. Nos sentamos en el comedor, él debajo del banderín de Racing, tal y como en su foto de perfil.


Yo: ¿Con tu hermana te llevás bien?
Él: Sí, somos muy parecidos. Eso nos hace llevarnos bien y mal en cantidades iguales, supongo. Debe estar por llegar.
Yo: Te dejó una nota, ¿la viste?
Él: No, ¿cuál?
Yo: La del blockcito de al lado del teléfono.
Él: Ah, sí, es de hace dos días esa nota.


Tenía escrito “Dijo mamá que sacaras la ropa que ya no usás, que el domingo va a lo de los primos”. Los minutos que siguieron fueron algo incómodos. Yo estaba muy tímida; él, como desinteresado. Quería que me diera un beso que rompiera con la tensión. Eso tampoco pasó. Al ratito sacó una cajita de cigarrillos y me ofreció.


Yo: No, gracias.
él: No fumás, ¿no?
Yo: Sí, pero no Marlboro. Son muy fuertes.


Mentira, no fumaba. No fumo. Lo de los Marlboro se lo había escuchado al hermano de Sabrina, que después fue acusado por sus amigos de ‘maricón del cáncer’ y por un tiempo no entendí bien por qué.
Nos fuimos a su cuarto para que me mostrara unos dibujos de los que habíamos hablado. Estaba re ordenado, la cama contra la pared, un mueble en frente con la tele y dos parlantes bastantes más grandes que los habituales. Placard, mesa de luz, columna guarda-discos y nada más. Piso, no alfombra.
Le pregunté por su mamá.


Él: Debe estar en su cuarto leyendo, llorando o meditando. Es de esas.
Yo: ¿Qué? ¿Tipo muy minita?
Él: No, muy preocupada por desintoxicarse. Sufre por mantener la presión estable, la piel hidratada, el estrés al mínimo. Sufre por una enfermedad que no tiene. Por miedos sufre.
Yo: Pero, ¿tiene alguna condición? De salud digo.
Él: Nada, está viva y le da miedo empezar a no estarlo de un minuto a otro.


No quise seguir preguntando porque no sabía qué decir. Sentí que la comprendería si hablase con ella porque a mí a veces me invaden esos miedos imposibles. Me mostró sus dibujos y vi un flyer de A77AQUE en su corcho, junto a unas entradas para Los Piojos estimo que de hace mucho tiempo. Entró Tongo y se nos tiró encima. Las cosas seguían medio incómodas, pero menos que el comedor.


Le dí un beso de sopetón. Pifié en la puntería y me la puse contra su comisura derecha. Pensé la mínima unidad de tiempo posible en si reubicarme y seguir o salir un segundo y volver o salir del todo. Me quedé, él salió y volvió. Fue un beso de esos que sólo pueden ser *tan* hermosos porque hay sentimientos de por medio. Pero sin. Bah, no estoy segura.


Él: Flaqueaste, flojita.


Yo sonreí mirando al piso. Por suerte estaba el perro y lo acaricié; fue mi tomar un traguito de agua de ese momento.
Escuchamos que llegó la hermana y me alivió, sentí que todas las piezas de la casa jugaban a mi favor.


Él: ¿Querés que veamos si hay alguna película o te vas a tener que ir rápido?
Yo: No, puedo quedarme hasta las ocho y media.


Prendió la tele y enganchamos Space Jam, que justo la habíamos nombrado cuando hablamos de las películas que nos podíamos bancar dobladas al español. Y que peliculón. Entró la hermana.


Ella: Ah, bueno bueno, no sabía que tenías compañía.
Él: ¿Qué querés, Antonella?
Ella: Nada, preguntarte si habías hablado con mamá sobre qué íbamos a cenar. Quiero ver si como acá o en lo de Joaquín.
Él: No hablé, llegué hace un rato y no la vi. Hay pollo de ayer. Hacemos puré o ensalada y ya.
Ella: ¿Tu novia se queda a comer?
Él: Hilarante, no se nota pero me estoy riendo por dentro.


Antonella era más grande en todo los sentidos menos el físico. Tenía, a la vista, tres aritos y dos tatuajes. Era pilla y seguramente medio puta. Se fue balbuceando una queja que no pude descifrar. Él me abrazó y volvió a poner la tele en volumen. Nos quedamos así un ratito sin hablar. Yo sentía que me tocaba el pelo pero como no sabiendo cómo. Enredándose sin quererlo. La película pasó casi entera sin que yo le brindara ni dos minutos de mi atención.


Él: ¿Siempre sos así?
Yo: ¿Así cómo?
Él: Tímida, no sé.
Yo: No soy tímida, soy de pocas palabras.
Él: Pero para ser de pocas palabras hay que ser de palabras primero. Y para responderme con una frase hecha hubieras dicho “así es la vida” que tenía menos sentido y hasta podíamos filosofar un rato sobre cómo.
Yo: ¿Siempre sos así?
Él: No quiero darte el beneficio de la re-pregunta pero, ya fue, ¿así cómo?
Yo: De tantas palabras y tanto aire.
Él: Trato de respirar seguido, sí. Estar vivo es una de las cosas que más me gustan de estar vivo.
Yo: No aire de respirar, capo. Aire de flotar. Hablás y eso de lo que hablás siempre está como en gravedad cero. En cualquiera. Tiene un sentido o una continuidad, pero son palabras medusa.


Hice el gesto de ‘medusa’ con la mano, como moviendo los dedos lento, estirándolos y flexionándolos pero en una suspensión rara, una cámara lenta que intentó ilustrar lo expuesto.


Él: El sinsentido también es algo que me gusta de estar vivo.
Yo: Qué difícil, ¿cómo hacés para estar con vos todo el día, todo el tiempo?
Él: Dice la que no se resistió ni una horita para chaparme.
Yo: ¿Y si lo hice para callarte?
Él: Te salió como el orto.


Se hicieron las ocho y me tuve que ir. Nos despedimos con el cuarto beso de la jornada y nos dijimos que la habíamos pasado bien. Cuando llegué, le confesé que su mate estaba no muy bien hecho porque se había lavado rápido. Hablamos seis o siete líneas más y se fue a preparar la cena.


Pasaron 3 días y ni noticia. Hubo un partido de Racing en el que le quise hablar pero vivo, lamentablemente, bajo la norma de que después de la primera le corresponde a él. Se hizo jueves y no me resistí. Le mandé un mensajito diciendo: “*suena Independiente la concha de tu madre*”. No me contestó hasta el sábado que me dijo que colgó y que qué hacía y otras cosas muy de él que habla y las palabras flotan. Aproveché el marco de fin de semana para preguntarle qué iba a hacer más tarde. Me dijo que se juntaba con los amigos a tomar algo por lo de su papá y ya se quedaba a dormir ahí.


A la semana subió una foto en la playa con el epígrafe “Un nuevo viento salado”. Me puse contenta por saber de dónde había salido esa frase. Se me pasó al darme cuenta de que estaba en no acá. No importaba cuál fuera el otro lado, habíamos hablado mucho como para que no me dijera que se iba dentro de poco. No estaba acá y no sabía dónde ni con quién ni por cuánto. Los miedos imposibles empezaron a aparecer, al menos como quemaduras de primer grado.


Me quise hacer la viva y al rato le mandé “Ey, campeón, no me contaste que te ibas a ranchear”. Al principio había puesto ‘avisaste’ en vez de ‘contaste’ y ‘la playa’ en vez de ‘ranchear’, pero quedaba menos su onda y yo quería que nos pensara compatibles. Me contestó “Hola guachita, perdoná que no te pasé mi cronograma de esta semana”. No le contesté por 10 minutos pero porque no sabía qué decir, y me mandó “(era joda). Lo decidimos con los pibes de un día para otro”. No le quise preguntar cuándo volvía, le mandé un beso y que la pasara bien. Menos ortiba de lo que suena acá, igual.


A la semana y media de esa conversación le mandé, haciéndome la lanzada, “Estoy abajo de tu casa”. Bajó en short del Barcelona y ojotas. Sin remera. Se me derritió el criterio.
Subí, charlamos un rato, jugué con su perro y estuvimos. Me puse contenta de haber retomado el contacto, porque venía alimentando la idea de verlo y tocarlo y que me abrace durante mucho tiempo. Dos veces estuvimos, y me fui. Quería que me invitara a cenar, confieso. Digo, parecía no tener problemas con que estuviera en su casa mientras también estaban su mamá y su hermana. Pero me fui.


El martes me habló y sonreí. A las cuatro líneas se las ingenió para meter que estaba “en cualquiera” y que su vida era medio un quilombo con el que se había encariñado. Le pregunté si me estaba barriendo los pies de ahí y respondió “jajaja, hermosa imagen”. Le mandé tres puntos suspensivos. Me mandó un “ya me conocés. Ya sabés que ‘floto’”. Le deseé un porrazo de realidad pero sin contestarle.


Lo lloré tanto que cualquiera habría pensado en el final de una relación de años, la muerte de una mascota, el despido de un trabajo. Estuve sin engancharme con nadie por un tiempo, mirando sus fotos, leyendo nuestras conversaciones.


Se borró porque se la hice muy fácil o porque no le gustaba o porque no encajábamos, no sé.


Tenía atragantadas cosas que decirle.


La semana pasada lo vi de casualidad. Caminé sin pensarlo mucho hasta él, le toqué el hombro, le di un abrazo y:


Yo: Nunca fumé.
Él: ¿Qué?
Yo: Que no fumo y nunca fumé. Ni Marlboro ni Lucky ni nada.
Él: No entiendo, hola, no nos vemos hace bocha.
Yo: Sí, hola. Perdón por el atropello. Pasa que estar con vos me encantaba por vos, no por mí. Yo...yo no fumo y nunca fumé.


Hice una pausa como de comprensión para los dos.


Yo: Eso era. Qué alivio, boludo. Siento que floto. Pero posta, no por haberme inflado con giladas.


Le pegué dos cachetaditas en la cara, le dije que el short de fútbol y las ojotas le quedaban una cosa de locos, y seguí de largo.




(Igual, no lo tengo tan superado como parece acá.)

martes, 10 de febrero de 2015

Cemento fresco.

Ayer no hice la cama ni tiré el pote de queso blanco a punto de acabarse. Declaré, a partir de esa ínfima revolución (triste revolución), que el día sería una mierda de principio a fin.

Marcos me dijo una vez que se dio por enamorado el primer día, cuando me vio sentada en 'el huequito de las lindas'; "ese en el que a veces hay un matafuego, entre los dos primeros asientos y el resto del bondi, frente a la máquina de monedas". Yo en ese momento supe que cuando escribiera sobre él, empezaría por ahí.

Fuimos cemento fresco y maleable todo el tiempo que pudimos. Cambiamos, nos desbordamos un poco. Nos dejamos marcas que otras marcas ya borraron.

Se despidió pidiendo perdón por no poder ser mi príncipe azul. “Ni siquiera tu príncipe, a secas”. No podía verme llorar tanto, tan seguido; no podía lidiar con que diseminara la comida antes de llevarla a mi boca, no quería almorzar los domingos con mi familia. Tampoco hablaría francés, y entonces yo no me derretiría al escucharlo. Nunca adoraría los sábados a la mañana llenos de caricias y clichés. No le gustaban los perros.

No sería él.

La mayoría de las cosas se parecen a trepar un árbol o pisar la pelusa que queda enredada en el escobillón para poder desecharla. Algunas otras, suerte o desvíos involuntarios. Pero la mayoría de las cosas duelen, molestan, pinchan; se festeja la llegada, se contempla la vista, se toman con cautela y en algún momento se terminan. Se secan. Se tiran.

A Marcos evité superarlo a propósito, o eso me dije. Tenía miedo de conseguir encerrarlo en el pasado y que algún día volviera a aparecer para hacer desastres conmigo. Entonces lo suspendí, medio siguiendo y medio esperando. Nuestra historia es hermosa, sencilla, sospechosamente perfecta. No sé si nuestra historia vale más en curso o completa.

Y salir a conocer gente es una iniciativa destinada a fracasar desde el principio, desde el primer amigo que te arrastra a ese infierno. Además, los comienzos. Nada me duraría más de 20 páginas. Un cuento con olor a cigarrillo, luces nocivas y mucho gel para el pelo.

Igual me obligué a dos o tres besos con desconocidos amparándome en la juventud de la que creo todavía puedo abusar. Salí con un Mariano y con un Lucas. El primero me gustó pero su casa era demasiado grande y pomposa para alguien de veintilargos. Y siempre estaba muy bien vestido, con rico olor, impecable. Me esperaba abajo del auto con las manos en el pito y las piernas un poco separadas.Todo ese entramado sin un pixel fuera de lugar me desmotivó, no sé bien por qué. Igual, seguí. Tres meses y una semana después, había hablado de él menos de lo que, según los estándares de normalidad indicados en el mandato social, la “relación” merecía; así que le dije que estaba en otra y se acabó. 


Lucas era más chico, más par. Se vestía casi siempre de azul y blanco o de azul y gris con zapatillas. Me molestaba mucho y eso me gustó. La primera vez que estuvimos, duró poco. No muy, pero poco. Después esa cuestión se normalizó y seguimos cinco meses hasta que nos encontramos no-enamorados del otro y decidimos caminar él para allá y yo para acá. Al tiempo le mandé un mensaje para vernos. No fue tanto por calentura sino más bien por soledad. Respondió con cordialidad ambigua, esa que indicaba que nos juntaríamos -probablemente- nunca.

Me enteré pavadas de Marcos mientras seguía sin aparecer. Lo había eliminado de todos lados porque el equipo de psicólogos berretas que conformaban mis amigos así lo habían aconsejado. Esperaba esa recaída, un mensaje que no significara nada y al que me pudiera negar pretendiendo haber pasado de página. Pero otro árbol no quería y todavía tenía migas y pelos y polvo sin tirar.

Ayer, mientras seguía esperando, noté que de Marcos no sé más nada.

Así debe sentirse, esta tensa calma de quien pasó la revolución o de quien espera la muerte. O de quien trepó a lo más alto o del que se animó a pisar basura descalzo.

Se me fue el día pensando en el que no sería.

Cuando llegué, el pote estaba afuera de la heladera.
El día había finalizado.
El cemento se había secado.

Marcos me dijo una vez que se dio por enamorado el primer día, cuando me vio sentada en 'el huequito de las lindas'; "ese en el que a veces hay un matafuego, entre los dos primeros asientos y el resto del bondi, frente a la máquina de monedas". Yo en ese momento supe que cuando escribiera sobre él, empezaría por ahí.

Y acá estoy. Terminando.