viernes, 19 de junio de 2015

La concha de su madre

Discutimos llegada la quinta vez que no. “Cojamos -le grité- No sé cómo pedírtelo ya. No sé qué te pasa. No sé...no sé si te gusto. Cojamos fuerte como si mañana te chupara un huevo volver a verme”. Ahí hubo una pausa y él se dio vuelta apoyando (prácticamente golpeando) su cabeza contra el estante de los platos. Suspiró y no dijo nada por unos segundos. Yo me arrepentí de mi reacción. No era lo que quería decir, no me importaba tanto coger con él como poder coger con él pero hacer otra cosa, ver una película o lo que fuera. Ni siquiera soy tan sexual, si es que existe jactarse de.


Sabía que tenía que “consolarlo” o no darle importancia porque para los hombres no poder concretar es el mismísimo fin del mundo. Y lo habíamos vivido cinco veces ya. Cinco fines del mundo es mucho para cualquier pobre diablo. Cada noche sumaba una mancuerna de 10 kilos. Yo estaba angustiada y quise ocultarlo porque mi novio anterior siempre repetía que ojalá rompiera todo en vez de llorar, y son pavadas que una se acuerda cuando aparece alguien nuevo. Así que imposté enojo. “¿Te pensás que no quiero?” contestó sin mirarme. Giró, se acercó. “¿Te pensás que no me gustás? ¿De verdad pensás que no me gustás?” No, pero contesté “No sé”. Ahora estaba en jaque por ser idiota y vomitar una bronca que no tenía. Porque decenas de amigas me habían consignado abandonar, que la edad, que la diversión, que lo efímero, que “si no pasó por algo es”. A mí esta edad y toda su parafernalia me presionan. Siento el peso de tener que tomar hasta demostrarme todas las noches que sí, que tengo un límite; de dormir poco y con el eco de los parlantes de lugares inhabilitados, o de coger sin gustar. Odio coger sin gustar. Ahora gustaba sin coger.


La verdad, también esperaba que la bronca del momento desencadenara una situación de película en la que él me tirara arriba de la cama, me sacara todo con desenfreno nervioso y nos olvidáramos de esas cinco veces. No pasó. Nos calmamos y le pedí perdón por gritarle.


Él: Perdoname, me gustás mucho, pero no te puedo volver a ver.
Yo: ¿No podés o no querés?
Él: Ya no quiero seguir dándome la pera contra el piso. No sé qué me pasa con vos que me anulás. Quisiera saber explicarlo como vos que sabés hablar de cosas, como para que no te sientas ofendida porque es todo lo contrario. Me siento un pelotudo diciéndote esto. Un pelotudo en general, también. No sé, es como si al momento de cogerte sintiera que sos demasiado para mí o algo así y no puedo. Es una estupidez, tampoco sé si es eso exactamente. Pero quiero dejar de maquinarme porque me está quemando.
Yo: ¿Pero no puedo hacer nada para, no sé, para que sigamos viéndonos? A mí me gustás en serio.
Él: No, perdoname, de verdad. Ya hiciste un montón, te bancaste todo esto.
Yo: O sea que que yo quiera estar con vos no vale nada.
Él: Me encantás pero, esto debe sonar como la pelotudez más grande del mundo, pero me encantás de más. Me gustás tanto que me aplasta eso, no sé cómo ponerlo en palabras. Si me escucharan los pibes se cagarían de risa y después me fajarían.



Intenté convencerlo tres o cuatro líneas más y me fui. Durante todo el viaje a casa pensé en lo que me había dicho. No dudaba de cómo se sentía pero creo que hasta hubiese preferido que no quisiera estar conmigo porque no le gusto y ya. Eso lo entendía. Ya sabía lo que era sufrir la no reciprocidad. Un desastre, pero es el malo conocido.
Y no soy mucha mujer. Las muchas mujeres son auténticas y se las quiere sin pensar dos veces. Se las quiere no pudiendo creer lo que se tiene al lado. Mirando y agradeciendo a quién sabe qué deidad conocerla y que te diera cabida. No soy mucha mujer. Soy chica, además. Soy una chica que finge enojos porque le dijeron que es la reacción que hay que tener, que no puede darle el prefijo ‘ex’ a su novio anterior porque siente que lo trivializa así que lo llama novio anterior.
Estoy hecha de cáscaras, no soy mucha mujer.


Esperé unos días a ver si algo. Capaz se le pasaba. No quise contarles a mis amigas para que no me convirtieran en ‘la prima de la hermana de tal’ que intentó bajarse a un pibe cinco veces y a él no se le paró. No apareció. Empecé a pensar todo lo que no hay que pensar en estado de vulnerabilidad. Que siempre le gustó otra, que fue un verso para evitar decirme que no quería porque no quería, hasta que era puto. Busqué por todos lados evidencia de alguna de estas cosas, pero nada.


Sí me arrepentí del mes de preámbulo con sólo besos que quizás había puesto en ese ‘finalmente’ mucha expectativa. Nunca hay que hacer de la situación una sala de espera, hay que avisar que acá estamos y abrir la puerta. No hay peor que una sala de espera.


Cualquiera diría que es el mal menor. Que peor siempre es querer de a uno. Pero cualquiera no sabe la frustración que genera querer(se) y no poder. Preguntarse qué y cómo puede ser y buscar en lo que hay, porque hay, la puntita de algún ovillo.


Resolví jugar una última carta y, si no, saltaría ese charco y seguiría nomás. Le mandé un mail con todo lo que nunca le había contado ni mostrado ni nada.


“No sé bien si esto servirá o de qué, pero acá va:


-Tomo mate con edulcorante.
-Lloro si escucho ‘Ella también’ de Spinetta.
-Ir al chino juntos me pareció una citaoalgoasí hermosa, mejor que cualquier otra.
-No me olvidé de devolverte el buzo. No quise.
-Cuando llamo a mi mamá para ver cómo está, le digo al perro “¿Vamos a hablar con la abuela?” Ya sé que está todo mal con esto. Ya sé.
-Leí 50 Sombras de Grey. Me gustó.
-Todos los días durante dos minutitos pienso en una charla que tuve con mi abuelo a los 10 años porque me da muchísimo miedo olvidarme de su voz.
-Escucho los audios que te mando antes de que se manden. Cancelo algunos si no me gusta cómo sueno.
-Leo la última oración de cualquier libro antes de empezarlo. Así me cagué dos.
-De chica me gustaba cómo se paraban las que tenían los pies para adentro, como si las puntas se quisieran tocar, así que lo incorporé conscientemente y ahora no me puedo deschuecar.
-Creo en el amor para toda la vida.
-Imito muy bien al chabón de Mi Nombre es Sam, pero probablemente no te lo muestre nunca.
-No me gusta mucho hablar en inglés delante tuyo, cuando nombramos bandas o cantando, porque vos hablás mejor y me inhibe.
-Durante una semana me tomé taxi a tu casa, no bondi, porque no conocía el barrio y me daba cosa bajarme en cualquier lado.
-Voté a Lilita una vez.


Estas son algunas de las cosas que me hacen todo lo contrario a “demasiado”. Lo escribo un poco para vos y un poco para mí. Para aprender a relajarme y llevar esto como una campeona. Quiero verte, me gustás.
Besos.”


No respondió nunca más. La concha de su madre. Cómo no va a responder. La concha de su hermana, de todas las mujeres de su familia. La concha suya también. Esta vez, la sala de espera era involuntaria. Igual, no hay tiempos indicados en ningún lado. Pero son mails y los marcos temporales siempre supieron ser cortos y -como con todo- la costumbre hace que uno termine casado con esa idea.
No hay tiempos indicados, pero la concha de su madre.


A los ocho días, respondió. Su nombre y el (1) al lado fueron como un sedante, a quién le voy a mentir ya.


“-Me gusta mucho una chica y no me la puedo coger porque no se me para (x5)
-Quiero invitarla al chino y después a casa pero si a la mañana siguiente profana el mate con edulcorante voy a tener que rajarla y me da no sé qué.”


La punta del ovillo.

Hoy nos vemos.

lunes, 15 de junio de 2015

Tus productos light

Ya no vivo bajo la tiranía de tus cosas
y qué suerte tengo.


Las paredes de este cuarto 
no transpiran cigarrillo
tampoco hay rayitas de luz 
que se abran paso entre la persiana
como con tele
duermo sin vos.


En la heladera hay salchichas y demás porquerías
la leche venció, el queso también.
Me gusta que queden ahí, igual
como una declaración de principios
o un recordatorio.
Una separación.
Ya no tengo por qué rendírmeles a tus productos light.


Hace semanas que no como con mantel
el rollo de cocina es infinitas servilletas,
pañuelos o incluso trapos.
Atún en aceite, gaseosa común.


A tus cosas las metí en un cajón de frutas,
desordenadas,
juntando polvo
un poco para que no me dominen,
un poco para que te moleste verlas así.
Es que prolijas son más ‘tus cosas’
y no puedo soportar tanto vos.


Qué suerte que ya no recibo
notas de personajes yankis
que no conozco ni me interesan.
Puedo usar ropa naranja
combinada con violeta,
ponerme calzoncillos gastados.


Puedo ser un desastre.


Como una declaración de principios
o un recordatorio.
Una separación.


¿Y vos? Debés estar feliz también.
Rompiéndole las bolas
a otro pelotudo
porque mucho tiempo sola 
seguro que no aguantás.


Te pasearás con tu cinturita
por ese living inmaculado
acomodando un mechón detrás de tu oreja
para que el encendedor no lo haga cenizas.
Quejándote y llorando
por la mala conexión,
la lamparita que se quema,
el ropero que no cierra
como si estuvieras frente a La revolución de las cosas.


Esta es La revolución de las cosas,
¿no ves?
Destruir el pasado con insignificancias
y dejar todo sin barrer,
sin limpiar.
Juntando mugre 
alrededor de un cajón de frutas.


Puedo ser un desastre.
Como una declaración de principios
o un recordatorio.
Una separación.


En fin: contarte que lo logré
que creo que lo logré
que ya no vivo bajo la tiranía de tus cosas
no hago la cama
no entra luz a la mañana
(ni más tarde ni después).


Dejé vencer mi cocina entera
deseché nuestra relación
pero lavo,
guardo,
ordeno y clasifico
todos los envases
de tus productos light.


martes, 9 de junio de 2015

Documento1

Un día en la caja de objetos perdidos



Siempre lo mismo. Titila el cursor sobre un documento en blanco que con cada caracter cobra esperanza de ser obra maestra. Esa que abre las aguas y de repente una da entrevistas, agradece a desconocidos, se siente observada en el subte y tiene muchos pretendientes. Escribo esto para ganar tiempo y para que el tiempo pase; y al releerlo me doy cuenta de que, o el pan, o la torta.


Escribo desde la caja de objetos perdidos.



Hay olor, humedad, y está lleno de personas que murmuran cosas en otro idioma que no entiendo ni tienen que ver conmigo pero quiero escuchar igual. Algunos se quejan del frío y otros del calor, ya no saben cuántos cafés tomaron o litros de agua calentaron. Nos advertimos y nada más que eso, nos advertimos.


Dice Pessoa “Cansa ser, duele sentir, pensar destruye”.


Acá nadie me mira como vos, con esa expresión de tener enfrente eternas buenas noticias. Las madres buscan comida y abrigos, los chicos juegos, los adolescentes no saben bien qué; los grandes, respuestas. Porno buscan los adolescentes, Julieta. Porno. Yo, mientras tanto, pienso que lo mismo da, que igual ya no puedo hacer nada de lo que me gusta; ni robarle las macitas del cortado a mi papá, ni jugar con mi sobrina a las muñecas, ni meterme en la cama de mi mamá si tengo una pesadilla. Ni siquiera escribirte puedo.


Pasa un desconocido y apoya su mano en mi hombro. “Amamos antes, vamos a volver a amar” dice. Me aferro a ese consuelo como si fuera la última llamita del fogón que no hice pero aproveché. Te imagino, con tu agenda abultada, tus ganas de todo y la pregunta qué fue de nosotros que no te querés hacer, explicándome que estoy desangelada. Yo ni me gasto en contestar, en cambio miro tu frente con forma de corazón y me acuerdo de cuando me dijiste que conocías toda la Argentina gracias a Ferro; y yo me reí y lo anoté en algún papelito que ya perdí.


Me siento con Malena, una chica de 17, a charlar. Termino diciéndole que ojalá de grandes podamos contarles a nuestros hijos que, cuando teníamos su edad, la gente moría por un cáncer. Malena llora y yo me desarmo porque ver a mujeres tristes me resulta terrible. Además, Malena es hermosa y todavía inocente.


Recorro cada metro cuadrado. El piso hace ruido cuando piso y yo no encuentro forma de que esta oración no muera en una redundancia. Pienso en vos todo el tiempo. Por suerte, eso no tiene ni necesita pompas enaltecedoras para sonar lindo.


Y qué si no salgo de acá. Si sigo esnifando tu remera como si quedara entre los tejidos alguna partícula de lo que fuimos para reír o llorar o tocarme; si en el intento de censurar todo lo que lleva tu etiqueta me quedo sólo con dos comidas, tres canciones y algún que otro bar.


A Malena le hablé de vos. Ella sabe de amor porque ahora el amor es cultura emergente, es esa banda under que vio en un sucucho de mala muerte y le voló la cabeza. Todos queremos darle voz y que sea tapa de nuestra revista de poca tirada. Sabe de amor porque es hija de su época, como todos. Porque cree que ya le rompieron el corazón, porque sabe que se lo van a volver a romper. Y ahora lo busca en todos lados, sale dolorida de algunos pogos pero convencida de que, sin ese dolor, todo lo demás no se disfruta tanto.


Le conté que me habías escrito una canción. Ella me dijo que hay que celebrar cualquier cosa que haya hecho nacer una canción. Yo, al revés, que celebro cualquier cosa que haya nacido de una canción. Nos fundimos en una poética vacía que a nadie le importa.


Agarramos lo que encontramos, un aerosol amarillo a punto de acabarse y algunos marcadores con las puntas gastadas, y pintamos toda la pared. Al dar dos pasos para atrás, lo vemos. Se lee grande y claro: "Nadie puede solo".

Una vez escuché que “no todo texto es autobiográfico, pero tampoco tenemos tanta imaginación”. También que “más útil que tener una musa es haberla perdido”. Cuestión que el tiempo pasa, hay olor, humedad, y sigo sin averiguar si o qué estoy ganando.


Esta no será mi obra maestra.
Vos tampoco.

miércoles, 27 de mayo de 2015

No quiero que nadie escriba sobre vos

No me molesta que se rían
ni que duerman juntos
no importa si comparten uno,
dos, tres o cien mates
hasta puede llevarse bárbaro con tus amigos
y me alegraría por ella
pero no quiero que escriba sobre vos.


Quizás pospongas la alarma
y la abraces diez minutitos más
o te cocine con vino y pimienta
mientras elige ese disco de domingos
que siempre te gustó escuchar
y yo estaría triste
pero creo que estaría bien
en tanto no escriba sobre vos.


No tengo miedo de que agarre mis lugares
y los pinte con su color
ni de que cambies las esquinas
en las que nos besamos
por semáforos de tomarla de la mano.


Que no escriba sobre vos
y yo voy a intentar no retorcerme por saber
qué pasó en el medio
cómo hiciste para salir
y cómo para que fuera adelante.


Quién sos vos con ella
y qué recuerdo mío quedó.


Es que tengo mil archivos empezados
fieles y tristes y fieles a esa tristeza,
imposibles,
respirados en mi nuca,
calurosos,
con cosas que me pasaron
creciendo al lado tuyo.


Que le caiga bien a tus viejos,
que tu mamá le diga ‘mi amor’,
que se junte con las novias de los chicos,
que se quieran incluso más que nosotros,
que la quieras incluso más que a mí,
Pero que no escriba sobre vos.



No quiero que nadie escriba sobre vos.

martes, 26 de mayo de 2015

Toda la ternura del mundo - Segunda parte

No sé si hago bien en escribirte. Tal vez ya estés en otra y esto destape pasado al pedo. Siento que te debo algo. Un perdón o una explicación, algo.

Hace frío y hay sol y por alguna razón los días así, con este maridaje, me hacen acordar a vos. No quiero que pienses que intento 'recuperarte' o arrimar; esto es sólo una explicación, un manual en mi idioma de lo que me pasó con nosotros. Quiero hacerme entender lo mejor posible, así que supongo que releeré esta oración, las anteriores y las que vendrán unas cien veces.

Terminé con Florencia y sentí que me habían cortado el agua. Era un miedo que me recorría todo el cuerpo, contrayendo y drenando cada músculo. Me autoconvencía de estar un poco mejor a medida que el tiempo pasaba pero no era así, y mentirse a uno mismo es como hacer acupuntura o tirarse de un paracaídas o ir al teatro o vivir: si no te lo creés, duele sin resultados. No había agua y entonces no había ducha que enfrentar de madrugada. Nada lavaría el miedo de haber conocido y tenido al amor entre mis brazos, y haberlo perdido. No sé si estoy siendo todo lo preciso que esta sensación necesita. Pero los minutos eran eternos; y qué si no me volvía a enamorar. Qué si no me volvía a sentir así.

En medio de esa asfixia mental me crucé con vos. Vos, con tu sonrisa de foto con amigas y la clavícula más perfecta que este planeta albergó. Una remera sin mangas, una cartera y un buzo atado a la cintura. Tuve tiempo de retenerte así porque te vi apenas saliste del subte, y te seguí mirando mientras caminabas a saludarme, y de vuelta cuando te fuiste.

Yo sabía que otra chica era imposible en ese momento porque el monoambiente poco luminoso y sin servicios que era mi cabeza estaba alquilado. Pero te vi y te seguí mirando y quise volver a verte. Y entonces te hablé.

Te juro que no quería que fueras una distracción. No deberías, ni mía ni de nadie. Estás tan sobrecalificada para algo así. Ya sé que tampoco nos conocemos mucho pero tenés eso de ser muy tierna y muy guaranga a la vez que te hace hermosa. Te ponés nerviosa rápido y no sabés qué lindo te queda. Además de tu sonrisa, claro. Y todo el resto.

Florencia es muy importante para mí. Con ella me enamoré y sufrí por amor por primera vez. Son dos marcas que no hay marea que borre. Y la quiero. Mucho la quiero. No sé si la amo. Pero, y ya sé que del otro lado no suena así, es algo bueno. No saber, digo. Para mí es algo bueno.

Seguramente ya te enteraste porque pasó mucho tiempo, pero nos separamos a los veinte días de volver. Era, sigue siendo, momento de enfrentar el miedo de no saber si podemos vivir sin el otro, si podemos amar por fuera de nosotros y sentirnos así otra vez.

Ojalá todavía sigas leyendo para que no te quedes con la catarsis nada más. También, te lo tengo que decir, hay una parte de mí que escribe esto porque sólo porque le (me) gusta cómo me mirás. Como si con los ojos estuvieras siempre intentando que me quede. Que me quedara, quiero decir.

Yo te lastimé sin querer por estar perdido y no dispuesto a encarar el miedo de no volver a enamorarme. Vos fuiste fuerte, me contuviste, me escuchaste. Pero nunca más sonreíste y fue injusto. Para los dos.

No tenías por qué bancarme lloriquear por otra chica, pero yo tampoco merecía que me negaras tu sonrisa. Quizá me lo busqué. Seguro.

No sé si me pude explicar, estoy tratando de asumir la culpa y a la vez que te sientas un poco en deuda de volver a mirarme contenta de estar mirándome.

No nos recordemos siempre yéndonos.

Perdón,

Martín.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Toda la ternura del mundo

Dos días después de encontrarse en Tribunales, le habló. La acusó de usar musculosa y cartera cruzada, como si fuera un delito. Claro que en chiste, buscando el piropo, pero desafortunado teniendo en cuenta todo, todo lo que pasa. Ella igual sabía. A riesgo de rociar de nafta este metro cuadrado lleno de colillas a medio apagar, digo: siempre saben las mujeres. No desató un discurso justiciero porque lo sintió indefenso, como queriendo encarar sin tener con qué o saber por dónde. Tampoco lo pensó así, no sé qué tanta explicación vengo a dar. En fin, la conversación siguió.


Ese miércoles se cruzaron y ella por suerte estaba linda. Había pensado varias veces en cuándo se volverían a ver. Dos, casi tres años desde el último encuentro y varias charlas de horas en el medio. Dijo que estaba apurada para esquivar la eventual incomodidad de, después de haber pretendido que podían hablar de cualquier cosa hasta la madrugada, quedarse parados y callados sin saber qué decir. Lo saludó con un beso en el cachete más generoso que a cualquiera y se fue prácticamente imposibilitada de relajar la sonrisa.


Dos días después es un montón para la chica que gusta del chico. Vamos, dos horas después es un montón. Y una no sabe si conectarse poco o todo el tiempo, si él no habla porque está en otra o porque ella no aparece en la listita o qué carajo pasa. Admiración y reverencia a aquellas que pueden archivar esta espera hasta que la ventanita titile en azul y todo se desclasifique. Me saco el sombrero frente a las que, si pinta, mandan ellas. Cuestión que hablaron y la invitó a salir. Le dijo “Tengo dos preguntas”, la primera fue si la musculosa ya estaba limpia y lista para volverse a usar y la segunda qué hacía mañana a la noche. 1.-La musculosa está en la bolsa de ropa sucia, conviviendo desde el miércoles con medias e indumentaria deportiva que tengo pendiente lavar. 2.-No sé, ¿qué hago? La invitó a tomar una cerveza. Nada innovador. Nada mal.


Él es un par de años más grande pero no tantos como para acentuar la diferencia. No tantos como para ella decir que salía con un chico más grande ni él con una pendeja. Igual, “salía”, una salida no es salir por más película que una se haga. Bueno, el caso es que salieron y estuvo bueno. Bastante aburrido comparado con los que eran pantalla mediante, pero estuvo bueno.


Cuatro veces más le tomó desenvolverse como una persona que procesa la información del interlocutor a velocidad normal. Capaz necesitaba la estabilidad que brindan cinco salidas en comparación a una, dos, tres o cuatro. No es insegura, no se mira al espejo y detesta lo que devuelve. Es más, le gusta mucho. Tampoco se piensa tonta. Pero el colchón de ‘estar saliendo’ es una pelotudez que siempre precisó.


Todavía no había pasado nada. La cuarta y quinta vez terminaron en su casa. Se tocaron un poco pero ella frenó. Hoy no se acuerda bien por qué. Ya había cogido “temprano” en otras “relaciones”, pero con ese chico sentía que tenía que aguantar un poco más. Tanta comilla, cualquiera se da cuenta de que una está hecha de precauciones.


En alguna de sus charlas de cuando él recién había cortado le dijo algo hermoso (pero) sobre su ex novia. Era algo como “voy mejor, ya reduje los momentos de extrañarla a viajes en bondi y minutos antes de quedarme dormido”. Lo felicité, qué sé yo. Una, que se castiga con lo que haya a mano, desea siempre ser esa chica que el chico quiso con locura. Aún cuando ya no, cuando está pasando de página y hablando con otra, con una, incluso.


Esa noche se besaron y ella terminó casi por completo encima de él, que pasó la mano por abajo de su remera, por su espalda hasta el otro lado y abrazó su cintura. Presionó un poco su cuerpo contra el propio mientras con los dedos acariciaba sin soltarla.


“Quiero” le dijo ella.
-¿Qué?
-Que quiero. Coger.


Él siguió besándola unos, habrán sido, cinco segundos más.


-No traje forros.
-¿Posta?
-Sí, no traje.
-Bueno, no, entonces no. Qué choto.
-Gracias, vino con todo el resto.


La chica se rió y se olvidó de las ganas de. Seguimos sin despegarnos un montón. Fue de nuestras mejores noches. Ella salíó de la pose y del cuidado de no cagarla. Él no se quiso matar por ser un boludo y olvidarse preservativos. Se empezaron a querer.


Pasó días enteros con cara de estar estando con el chico que le gustaba. Y qué linda le quedaba.


Rato antes de empezar la salida en la que seguro concretarían, desordenaba su casa viendo qué ponerse. Una suele intentar que las cosas se filtren disimuladamente y todo termina rebosando de obviedad, por eso se puso la musculosa de ese miércoles. El problema fue la elección de corpiño. El que mejores tetas le hace es -atención- violeta. Violeta chillón. Mi plan era, llegado el momento de desnudarnos, apagar la luz y revolear el corpiño lo más lejos de su campo visual que pudiera. Digo, se había relajado y estaban muy bien, pero dejar de pensar en estas pavadas requiere plazos largos, en los que él ya la haya tocado sin estar depilada, o visto la mañana después de haberse acostado con el pelo mojado, o llorando por algún sinsentido. Se puso el corpiño violeta, la musculosa, un jean azul oscuro, zapatillas rojas y bajó. Fueron al bar de ahí a la vuelta, el que está a la vuelta de cualquiera de nosotros. De cualquiera. Esa cuna de comienzos y finales, gente incómoda y llena de ganas de algo, con prepizzas horribles pero cerveza bien fría. Mesas de madera y la apuesta de sentarse al lado en vez de en frente. Saben de cual hablo, de cualquier bar que esté a la vuelta.


La tirita se asomó a la mitad del primer fernet. Y es que una siempre piensa de más. Quizás ellos también pero con cosas menos triviales. Más adelante le contó esta historia y se lo preguntó. “No. Posta que no. Igual me enternece mucho, pero no”.


Era muy fácil quererlo y así las precauciones fueron cayendo. Indicio de ello fue perder la cuenta de cuántas salidas iban. Pero en una cerca de la quince o veinte le dijo que le había mandado un mensaje su ex novia.


En un episodio confuso en el que ella quiso mostrarse despojada de cualquier tipo de herida, le pidió que lo leyera en voz alta. Me leyó el mensaje y era hermoso. Parecía espontáneo y muy sentido, algo que yo jamás habría logrado. Trató de ponerse en el papel de comprensiva, amiga o par y hablaron de esa relación un rato. Ella, desde la soledad más elocuente, le dio consejos muy concretos y bien formulados. Le contó que cuando el miedo la ahoga, se ducha a oscuras de madrugada mientras piensa que, si pasa eso, va a poder con todo el resto. Al par de semanas él le dijo que lo había hecho.


Siguieron viéndose un poco más. Temblaba cada vez que él miraba el celular. Se imaginaba a la ex novia como una princesa de pelo castaño y boca chiquita, una que no importaba dónde se parase, el subte siempre abría sus puertas delante de ella. Esa que quiso con locura.


Toda la ternura del mundo se puede compendiar en una chica triste que elige quedarse ahí, triste. Ella en ese momento era toda la ternura del mundo.


Él ya no sabía con qué nervio del cuerpo extrañar. Ella se pegaba las partecitas para parecer entera. Hicimos lo que pudimos y no alcanzó.


Hace poco volvió con su novia.


Seguro, cuando pase el tiempo y ‘hoy’ sea otro, una mire para atrás y se ría acordándose de las boludeces que pensó mientras me enamoraba. Aunque, cómo duele cuando pasa.


Tengo ganas de él todo el día, pero siempre que lo pienso se está yendo. Siempre se está yendo.


Cómo duele, la puta madre.



jueves, 30 de abril de 2015

Dormir solos

Hoy toca dormir solos y además hace frío. Seguro mañana llueva, pasado a vos se te rompa algo de poca importancia, el jueves un foco de mi cocina se queme y el próximo domingo veamos la serie cada uno desde su cama. Porque así es esto, supongo, de estar separados. Un agravante de cualquier pavada. Como si la ansiedad y eventual obligación de deshacerse de un pedazo de rutina y que todo lo que me hace acordar a vos deba perder cuanto antes ese ancla no fueran suficiente.


“Es cuestión de tiempo” dicen. Cada día que pasa estoy mejor pero también te alejás algunos pasitos para allá. Y ahora tengo todo este amor con el que no sé qué hacer. Que ya no es tuyo pero mío tampoco. Ese es el problema, el amor intacto. Que hayamos fallado en lo que orbitaba pero no en el centro y ahora lo sienta latir o titilar o molestar no sé bien cómo, pero me tiembla la garganta cada vez que leo tu nombre, que veo una foto.


Me quedo con que nunca nos mendigamos un ‘te amo’ ni escatimamos en abrazos. Nos dimos todos los besos que quisimos, cuando y donde quisimos.


Toca dormir solos y a mí sólo me desvelan cosas lindas con lindas formas pero que cortan por cualquiera de sus puntas. Anotar lo que pensábamos que nunca nadie había dicho, cuando te diste cuenta de que siempre que empiezo a hablar deslizo una ‘m’ silenciosa, los mates en la cama, mis papelones en la cocina, las noches que no teníamos sueño, tus mensajes cada vez que escuchabas una palabra que sabías que me iba a gustar.


Por ahí mañana vos te cruzás con una chica que tenga un tatuaje parecido al tuyo y en eso terminen tomando una cerveza. O yo invite a alguien a mi casa que no quiera dormir con tu remera porque “es de la gestión anterior”. Tu remera que todavía huele a vos, como todo esto.


Me quedo con que hicimos las cosas bien, con que no nos lastimamos y con que compilamos mil historias hermosas para contarles en añares vos a tus nietos y yo a los míos.


Algún día voy a dejar de extrañarte casi todo el tiempo. Ese día voy a sentir el alivio y la fortuna de haber tenido un gran amor.

Por ahora, por hoy, toca dormir solos.