viernes, 2 de enero de 2015

Nos sacamos el amor de encima.

Ella: Se cortó la luz y me resulta más fácil tener una crisis existencial que llamar a Edenor.
Él: Claro, a todo el que haya visto una película de esas en las que reflexionan boca arriba en la cama le pasa. Bah, a todo el que haya intentado comunicarse con Edenor también.
Él: Igual, dale, “más fácil”. Tampoco la pavada
Ella: Más fácil por lo segundo que dijiste, no por hacerme la que. Igual no se me ocurre en qué pensar.
Él: ¿Y música? Eso lo hace más película.
Ella: Sí, pero se me va a acabar la batería en 5 minutos.
Él: Bueno, hablemos, algo va a salir.
Ella: ¿No te molesta?
Él: Hasta ahora, no.
Ella: Bueno, gracias. Pero ¿sobre qué? ¿la muerte? ¿Dios? ¿el sol? Perdón, no sé pensar en pensar.
-Ni la muerte, ni Dios ni el Sol pueden mirarse fijamente porque terminan lastimando. Así que mejor no.
Ella: Apa, re sabés estar sin luz.
Él: Sé esquivar temas que no llevan a ningún lado y dejan a todos medio boludos.
Ella: La obra.
Él¿Qué?
Ella: La obra. No me acuerdo cómo se llama. La que fuimos a ver al Camarín. Dijiste lo mismo cuando salimos.
Él: Ah, sí, es que la juegan de solemnes y te voltean unos minutos. Después vas a comer y se te pasa. Igual, prefiero que no hablemos de nosotros.
Ella: Te y me lo prometo.
Él: Ok. ¿Terminaste el libro?
Ella: No, me quedé en la parte que él le dice que lo que le tendría que pasar no le está pasando y cree que es porque el amor es un invento de las mujeres. Me gustó eso, pero él me cae mal. Es un tirapostas berreta.
Él: Terminalo, vas a quedar enamorada.
Ella: ¿Para vos es?
Él: ¿Qué? ¿Berreta? ¿O lo del amor? Nah, es humano, qué sé yo. Si lo sentimos todos, qué importa de dónde salió.
Ella: Ahí está. medio millón de científicos y antropólogos dándose la cabeza contra la pared en este momento.
Él: Problema de ellos, yo me ocupo de contratar y echar gente.
Ella: Yo creo que dejamos de fingir cuando hacemos por amor. Cuando nos movemos por amor.
Él: Sí, pero eso de que el amor ‘vive’ en la barbarie, en un estado de naturaleza, "todo vale bla bla bla" es una pelotudez. Hay cosas a respetar, hay reglas, hay esquinas y hay semáforos. Y que me chupen la pija uno por uno los poetas de aerosol que piden más amor y no saben qué hacer con él ni cómo caminarlo.
Ella: La puta. Desacelerá, que estoy sin luz y me pierdo.
Él: Jajajaja sí, se me fue la lengua. (¿los dedos?)
Ella: Eso suena a, bueno.
Él: Sí, sigamos de largo.
Ella: ¿Ya superaste el mundial?
Él: Eso no se pregunta. De eso no se habla.
Ella: ..mala mía.
Él: Bastante, sí.
Ella: 41%
Él: Tabien, una hora más tirás.
Ella: Sí, igual ojalá que vuelva. ¿Tu hermana ya se fue?
Él: Hace 20 días. La re extraño, boluda.
Ella: Sí, es como tu compañera de aventuras jajaja.
Él: Sí, igual estoy pensando en irme en marzo para allá una semana. Voy a ver qué onda más adelante.
Ella: ¿Ella cómo está?
Él: Mil puntos, imaginate, está arrancando a vivir sola. En Barcelona.
Ella: Sí, el que la pasa peor siempre es el que se queda.
Él: Exacto.
Ella: El libro dice eso, ¿viste? Que “el otro” siempre es el que se va, sigue, que está como nómade. Y uno sufre porque está clavado en el lugar. El que se queda, se ancla. El que siente la ausencia. “El otro es, por vocación, migratorio, huidizo. Yo, que amo, inmóvil” o algo así.
Él: Es un librazo. Y él es un personaje de la concha de la lora.
Ella: Es un buen libro, pero no me gusta que teorice y encasille todo lo que se siente.
Él: Ay, ella, no le gustan las clasificaciones. Andá, está re bien explicado. Y el amor de ella, que seguro te encanta y empatizás, es tan puro que no podría existir nunca en la realidad.
Ella: Siento que estamos hablando del de Marge y Flanders.
Él: Sabés que yo no Simpsons mucho.
Ella: Es verdad. ¿Y vos qué estás haciendo? ¿Qué estás leyendo? No sé, “contate algo, sacá tema” como decíamos por msn.
Él: JAJAJAJA CÓMO TE ACORDASTE DE ESO. Qué bobos, por favor. Yo nada, no sé, estoy arrancando uno sobre un hombre que de repente se queda solo, por muchos motivos, como que la gente a su alrededor se va tamizando y él queda. Y cómo lo lleva y qué hace y piensa y tal. Es muy lindo, habla un poco de la adecuación del hombre al mundo, a los objetos, etc.
Ella: Nunca una novela playera.
Él: Nunca. Y no me molesta decirlo ni quererlo. No lo hago por una moda ni para escaparle. Lo hago (leo) porque me gusta de verdad.
Ella: Si tanto te tenés que atajar…
Él: Bué, siempre me decís lo mismo.
Ella: Porque explicás de más. Nadie te pide que amplies, que aclares, y lo hacés. Como si tuvieras que justificar tus gustos. O desasnar al resto.
Él: Vos también estás a la espera de que haga cosas que te molestan para marcarlas. Siempre fue así. Como si canalizaras tu bronca con todo en mí, en lo que sabés que voy a decir o hacer que te fastidia. Esperás a que pase para desquitarte.
Ella: Siempre fuimos esto. Amor siempre en falta, amábamos lo que no éramos, lo que no estaba. Los dos fuimos los que nos quedamos, los dos sufrimos la espera. Y el amor se nos fue, ¿no te parece? No me gusta creer que el amor es un invento de las mujeres porque me suma responsabilidad en nuestro mal viaje, pero sí creo que quizá sin mí no sabrías del amor la parte que más te gusta, la de hacer sin pensar y con gusto de haber hecho.
Él: Eso pasaba. No nos gustaba hacer sino haber hecho. La tarea cumplida. El amor como un trámite. Nos hacía sentir realizados, plenos, como salir del gimnasio o terminar una película muy larga pero muy buena. No supimos, no sabemos capaz, disfrutar del durante.
Ella: Porque el durante siempre nos faltaba. Estábamos como mal impresos, tipo los diarios en los que la letra parece sombreada de lo corrida que quedó la tinta. Cada vez más borroso(s).
Él: Si nos hubiéramos enamorado a fondo, habríamos corrido hasta la meta y llegado, y agregado otro kilómetro, y llegado, y así. Pero no, nosotros nos sacamos el amor de encima.
Ella: Nos sacamos el amor de encima.
Él: Ahí tenés. Querías una crisis existencial.
Ella: No sé si tanto, pero...
Él: Bueno, basta. Nos lo habías prometido.
Ella: Sí, perdón. Es la falta. Estoy sin luz y sin vos. 4%.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Decímelo más despacio, por favor.

En el consultorio había sólo dos sillas aparte de la del doctor. Como estábamos mi mamá, mi hermana y yo, me quedé parado. Además, cuando me inquieto prefiero estar parado.

Fuimos a recibir una noticia “no tan mala” esa tarde, casi preparados –si es que se puede- para un diagnóstico complejo pero no grave. Al menos eso supusimos por lo que nos habían dicho los últimos días.

El médico nos saludó y nos invitó a sentar (vi que tenia una cafetera Nespresso detrás de su escritorio, pero no nos ofreció nada. Imaginé que eran para su consumo personal o para pacientes que no fueran a consultarlo por obra social).

Lo primero que dijo fue algo así como “...voy a ser concreto, sin preámbulos. Su mamá tiene cáncer. De pulmón. No se puede operar…” Hay momentos en los que el mundo literalmente se detiene, se congela. Ese fue uno sin dudas.

“Decímelo más despacio, por favor” le contesté, y no tardé mucho en quebrarme. Mi hermana y mi mamá no me veían porque estaban sentadas, pero yo ahí detrás empecé a llorar. Nos habló un rato más sobre tratamientos, mejoras, futuros inciertos y nos fuimos. Consternados. Helados. Mi hermana abrazaba a mi mamá y yo iba atrás o adelante de ellas (no recuerdo con exactitud) llorando sin parar. Una de esas historias que uno escucha de otros o lee, de repente llegaba a nuestra familia.

No hay novedad en que tratar con la posible muerte de un ser querido es todo un tema. Y yo soy bastante llorón. Extemporáneamente llorón.


Ostento dos récords mundiales extraños. Nadie lloró más en su Bar Mitzvá que yo y nadie lloró más en el Bar Mitzvá de su hijo que yo. Está todo documentado y paso a explicar.

El viernes a la noche de mi ceremonia, mis padres se agarraron a piñas (así como lo digo) a la salida del templo. Delante mío, delante de mis amigos. Mi mamá, creo recordar, saltó los escalones del templo de Camargo y se le fue encima a mi papá a los gritos (deduzco que fue porque mi papá apareció con su pareja nueva). Esa noche habré estado llorando desde las 22:00 hasta las 04:00. Sin parar. Era mi noche y estos hijos de puta me la estaban cagando. Sobre todo mi vieja con su reacción de loca. Deseé que el sábado no fuese a mi fiesta. Lo confieso. El sólo pensar que podía montar una escena similar ahí me hacía mucho daño. Me daba terror. Hablamos largo y le dije claramente que si no se sentía preparada, no fuese. Fue igual y por suerte no pasó nada. Excepto el daño que ya estaba hecho.

El jueves del Bar Mitzvá de mi hijo en la ceremonia de la mañana, el Rabino empezó a hablar y yo a llorar. Al límite del papelón. Él hablaba, yo lloraba. Éramos a lo sumo 50 personas en una sala pequeña. Hizo alusión a algo cabalístico referido a las lágrimas, pero yo no escuchaba con claridad. Sólo lloraba. Fuerte.

Garantizo que nadie tiene este récord.


Mi mamá parecía que mejoraba, pero hace tres meses tuvo dos ACV al hilo. Está en su casa postrada.


Hace casi dos meses estaba jugando al fútbol como todos los sábados y vi pasar la ambulancia por la calle que linda con la cancha. Iba rápido. Cuando las ambulancias van rápido, algo pasó.

A los diez minutos, un amigo que estaba afuera me grita con la cara tensísima y me pide que por favor salga. Imaginé automáticamente lo peor, la fórmula ambulancia + amigo que me llama serio y apurado… Mis hijos estaban en sus actividades por ahí.

Corrí hacia él gritándole “no, Negro, por favor, no”. Automáticamente y sin que yo le dijera más nada respondió “Tranquilo, no son los chicos”.

“Decímelo más despacio, por favor” le respondí, “…no son los chicos, pero es Silvia, la mamá de tu hermana, se desmayó y la llevan al Austral, no se veía bien…”
Lo confieso. Que nada le pasara a mis hijos hizo que la sangre me volviera al cuerpo. Otra vez, la vida, el mundo, se me congeló por un instante. Pensé en mi hermana.

En el mismo momento lo llamaron a mi papá por teléfono. Le dijeron que Silvia se había desmayado y él entendió que era yo, Sebi. Cosas de mensajes telefónicos. Tardó algo así como 3 minutos en volver a sí hasta que entendió que no era yo sino Silvia. Supongo que le habrá pasado lo mismo que a mí.

Quise llamar a mi hermana y fundirme con ella, pero me aconsejaron que esperara a que llegara.

De ahí, todos al Hospital Austral y más tristeza para repartir.


Amo a mis hermanas. Obvio, como cualquiera. Pero nosotros tuvimos que construir nuestra relación nosotros, con nuestras manos. Vivimos poco y nada juntos, nos conocimos de grandes. Las adoro. Son mágicas.

Ayer Juli me contó que su mamá mejora y ahora “ya usa pañales”. Mi mamá, que está en este momento postrada, también usa pañales. Parece mentira, ¿no? Pero es real. Compartimos el mismo padre, no la misma madre. Y las dos están usando pañales, al mismo tiempo, con la nada y el todo que eso dice. La vida nos hizo más hermanos que nunca.


Yo sé que soy el mayor, el que armó su familia, el que trabaja a destajo, el que trata de organizar, sostener y contener. Por no soy ningún superhéroe y por momentos me retuerzo de dolor. Como el junco, que se dobla pero no se rompe.


Ostento el récord que les comenté. No todos tienen un récord, y últimamente cada vez que me vienen a decir algo, respondo “decímelo más despacio, por favor”.



jueves, 18 de diciembre de 2014

"Todo lo que no quiero para Navidad"

Hoy estuve esperando el colectivo casi media hora. Todo ese tiempo me lo patiné mirando a un chico de veintipocos o menos, sentado, hecho bolita, en puerta de un edificio. Inventé que pensaba esto:

“Para Navidad quiero una novia hermosa. Una que no pueda reírse sin hacer un escándalo, que haya usado cartuchera de lata en la primaria, que salga sin corpiño sabiendo que la van a mirar. Y que le guste. Quiero lidiar con el problema de hombres buscones. Y que me elija la ropa. Por eso no quiero ropa.
Buscarle el parecido con alguna estrella de Hollywood. No encontrarlo. Que no sea canchera, que no le diga ‘laburo’ al trabajo ni ‘vieja’ a su mamá. Que no entienda los chistes a tiempo. Flaca, alta, amiga de mis amigos, de los suyos, más cómoda de día que de noche.
Quiero una novia a la que no le pueda terminar de demostrar nunca lo loco que estoy por ella para que no se espante. Que me diga ‘te amo’ pocas veces. Cuando le compro caramelos, por ejemplo, o cuando soy yo el que se para a apagar la luz. Las suficientes. Que no le moleste no saber. Que pregunte.
Que sea tan hermosa que mirarla duela. Que se emocione de más y con poco. Que sepa contar historias. Por eso no quiero un libro.
Fanática de las hamburguesas y la ensalada de tomate, lechuga y cebolla. Que, de poder elegir, elija estar parada a sentada. Que guiñe un sólo ojo y con dificultad. Que se toque mucho el pelo. Una novia que no se coma las uñas pero tampoco se las pinte seguido. De la banda del invierno. Por eso no quiero un ventilador de pie. Tampoco una malla.
Además, quiero que le guste coger pero no necesite hablar ni hacer chistes al respecto. Que le guste entre y para nosotros. Que sea algo muy nuestro.
Que sepa tomar pero no fumar. Que cuando se fastidie prefiera dormirlo que llorarlo. Por eso no quiero un pañuelo refinado, de varón.
Que me haga falta días enteros. Que me dé tiempo de extrañarla. Que viva en un eterno querer aprender piano o guitarra y nunca lo haga.
Una novia de esas que la gente piensa que no hay, que no existen, o que están ‘tomadas’; pero que seguro haya cientos y quizá ella está sola y esperando a que se hagan las 12 para pasar Navidad juntos. Una novia hermosa, bah.”

Cuando me subí, mientras me hacía lugar al fondo, ví que se abría la puerta del edificio. El chico se dio vuelta. Yo me fui.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Hoy, hasta ahora.

El médico tardó en llegar.

Hoy movió un poco el brazo izquierdo y la boca, le pregunté algunas cosas y me hizo de vuelta "sí" con la cabeza varias veces. Eso por un rato, después me parece que se quedó dormida. Cuando llegó, el médico me dijo que es normal, que 
al principio tienen períodos "activos" cortos y más largos los de agotamiento, que después se va revirtiendo. No abrió los ojos esta vez. Cuando le daba besitos o le acariciaba la cabeza como que se movía un poco más. La pasaron a la habitación 10. También me dijo que los estudios siguen saliendo limpios, mismo la tomografía, que no apareció ninguna complicación nueva y que sigue respirando bien sola así que estaría lista para trasladar.

Le conté varias cosas. Que la abuela me hizo un pastel de papa pero hacen un millón de grados y no lo puedo comer, que Eme y José se fueron de viaje, que estoy con bastante trabajo, que la semana que viene se recibe Martu, que el martes fui a comer a lo de Seba y nos sacamos una foto muuuy linda que tengo en la billetera y que le compré un aceite de oliva al novio de Pepe que a ella le encantaría. De la foto también le dije que seguro me va a pedir una copia. "Franco está hecho un señor" le conté. También que el viernes tengo la comida de fin de año con los del trabajo y que la semana que viene toca Juan.

Antes de irme, le dije "Bueno, ma, paso el finde. Sabés que te amo, ¿no?" Asintió y me puse a llorar. Y me fui.

Manejar en autopista con música me gusta mucho. Viajé escuchando la lista de "En la ducha" a pesar de no estarlo porque hace mucho que no. 
(Que no la escucho, no que no me ducho.)

Apareció Richard Cheese y me acordé de cuando, a los dieciocho o por ahí, fui a preguntar a la barra del bar qué estaba sonando. Al día siguiente me bajé seis o siete temas del Ares. Después presté atención a "If I stopped lying I'd just disappoint you" de Come Undone y pensé en que posta. Que re pasa. Ahí se me cortó la inspiración con una publicidad del nuevo tema de Coti y sentí "me urge escribir", e inmediatamente "qué sensación insoportable". Pero insoportable como la usan Juan y sus amigos. Cuando ven a una chica hermosísima en el tren, por ejemplo. Insoportable de tener cerca, de mirar. De sentir.

Me molesta que Coti diga Spotifái. Acentuado así, ahí. Como si lo dijera en guaraní, no sé.

Pasé un tema de Roxette y dejé Cómo Mata el Viento Norte, que la cantaron mis amigos en el interhouse musical hace un par de años.

Cuando estacioné el auto en casa ya estaba tranquila. Ahora escribo en una nota del celular desde el vagón. Estamos casi todos sentados.

-

Acabo de llegar al trabajo. Todavía no almorcé.

Extraño todo lo que repasé hoy, hasta ahora.

Publicar.




miércoles, 3 de diciembre de 2014

Sobre deseos.

Cuando paso por debajo de un puente y me atraviesa un tren,
cuando veo un avión,
cuando cumplo otra vuelta al sol y soplo velitas,
cuando juego con pestañas propias o ajenas que se salieron.
Hasta los diez, que mis papás se vuelvan a juntar.
Después, que me dé bola Gonzalo.
Que me dé bola Lucho.
Que me dé bola Tomás.
Que alguien me dé bola.
Recibirme.
Que mi tío se recupere.
Que la gente que quiero sea feliz.
Mudarme sola.

Que mi mamá me vuelva a mirar,
a sonreír,
a asfixiar de amor,
a cocinar.

Concebir (a) la muerte como un alivio,
un descanso.
Desenterrar el miedo.

Que lo único que me atrevo a nombrar como ‘natural’, sea.
Con el horror que arrastro al pensarlo.
Con la vergüenza que me invade escribirlo.

Que si realmente creyera en desear,
me atrevería a convivir con la culpa.

Nadie merece ese cambio de planes.
El ciclo invertido.
No, interrumpido.

Que mi abuela se vaya antes que mi mamá.
Y que pueda seguir deséandolo miles de aviones más.
Hasta que se me caigan casi todas las pestañas.
Hasta estar mareada de tanto girar.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Analogías: descreo de los baños de inmersión.

Me quise bañar en la bañera y no entraba. La llené de todas formas, pensando en que podría alternar, bajo el agua, piernas y torso con hombros y cabeza. Hice todo lo que supuestamente debía: tiré gel de baño, sales, puse música e intenté relajarme. Me acosté, mojé un poco el piso, saqué el tapón veinte segundos, lo devolví y apoyé la cabeza en el borde.

Descansé con los ojos cerrados un rato, sin enjabonarme, sin casi moverme. Después, tomé aire y me metí. Fue algo divertido sentir las burbujas que llegaban a superficie y morían. Escuché todo aumentado. El teléfono, al vecino, los dedos de mis pies moviéndose. Todo. Hasta que me molestó un poco. Volví.

Las onomatopeyas eran otras, no las ideales. El agua no sonaba, al moverse/me, como en las películas.

Vi que se tornaba gris. Las sales se me estaban clavando en el cuerpo. Mi suciedad impregnaba el agua limpia y la suciedad de la misma ba
ñera se desprendía ensuciándome a mí. El olor se había ido y la temperatura iba subiendo a tibia de a poquito. 

La sensación, la fantasía de nuevo se teñía de mugre. Mi parte superior tenía frío y el pelo no terminaba de estar mojado por completo jamás. Me incomodé. Me acomodé. Me volví a incomodar.

Me paré a ponerme shampoo y me vi en el espejo. Parecía aceitosa, como untada con manteca o alguna forma de grasa menos feliz. Volví a acostarme, esta vez cabeza adentro y piernas apoyadas en las canillas. Pensé de más.

Tuve la opción de deshacerme de esa piel contaminada, muerta y, en cambio, elegí sumergirme en ella. Además, había crecido. Ya no era para mí. Quizá me zambullí sabiendo que, por más atractivo y renovador que pareciera, sería la misma mugre, sería fregarme pasado con olor a nuevo.


Salí a medio lavar, con algunos parches de limpieza y otro tanto de tensión cervical, pensando en que fue mi culpa por meterme en donde no cabía y en que nunca es bueno volver con un ex.

martes, 28 de octubre de 2014

Colección.

De todas las veces que sentí que moría por dentro pero intenté seguir creyendo en el amor, esa fue la más difícil.

Había habido catorce varones. De cada uno adopté y heredé cosas. Tengo un discman roto, algún desliz de dequeísmo, seis o siete libros que jamás devolveré y buzos talle enorme para usar en casa, de esos que a una la hacen sentir estrella de cine. Mis preferidas, sin embargo, son el tratamiento en femenino a Buenos Aires, una foto de París de noche, la forma de doblar la toalla de manos (un tercio y un tercio en vez de al medio) y esa idea de que los ochenta fueron la década en que ser careta no era careta. También perdí tantas otras. Discos, una cámara de fotos, una bata, la costumbre de ponerle garrapiñadas a la ensalada y mi peso ideal.


El cuarto de Martín era un péndulo entre la adultez y las milanesas de su mamá. Azul y gris, con estantes llenos de libros de economía y figuras de acción, un póster recortado de alguna revista que leía "La Vuelta a Boedo", dos mesitas de luz y, en el último rincón, apoyada boca abajo, una vuvuzela. Nos enamoramos al par de horas. Es muy complicado (por lo menos para mí) no sentirse así cuando el momento con la otra persona parece un viaje en taxi a la noche, por la ciudad. Con ese vapor subiendo por la ventana y las luces que van pasando. Alguna canción vieja pero no tan, esa quizá. Dos horas con Martín y yo ya quería no bajarme nunca.

Planeábamos mudarnos juntos, tener un gran danés, apostar quién cocinaba cada noche de la semana, disfrutar de un balcón espacioso y coger siempre que quisiéramos. Lo hacíamos muy bien, como en esas relaciones frescas de algunas semanas; sólo que con años. “Las paredes blancas, mi amor. Las de toda la casa. Ningún azul o rojo o gris” y cosas del estilo nos decíamos (le decía) antes de dormir.

Estuvimos mucho tiempo en ese cuarto. A veces hasta nos filmamos con su computadora. Nada muy pasado ni pesado, más bien un reality de bajo presupuesto. Un jueves, por ejemplo, me sacó una foto leyendo en bombacha. Un martes fumamos hasta no poder hablar. Bueno, varios. Un lunes me mordió el culo y me dejó un moretón. Ese sábado hicimos limpieza general, tiramos sus camisas de manga corta y Contabilidad I y II. Tiramos también el discman. Lo fui a buscar.

Un domingo lloré mucho sin razón aparente.

“Debe ser el domingo mismo, que le gusta jugar con estas cosas”.

Un viernes me di cuenta de que no lo amaba.

Así, sin haberlo procesado, como si el sentimiento hubiera ido de cero a cien en cinco minutos. Como haber convivido con eso sin saberlo y que ahora me matara, me estuviera por matar.

La culpa de que fuera perfecto y todo lo que jamás había encontrado en uno, dos, catorce varones; de saber que no lo volvería encontrar. La culpa de no sentir lo que se suponía que.

Me senté en su cama y le dije que había algo que quería decirle. Solté, a los tres segundos, un llanto desconsolado que –y no me enorgullece decirlo- me dio algo de ventaja sobre el planteo. Le dije que había algo en mí que se había apagado, que no era querer estar sola sino no querer esa relación. Que a él no tenía nada que “criticarle” (gesticulé las comillas) pero que lo que me venía pasando al mirarlo me había dejado de pasar.

Martín se quedó callado unos diez minutos. Se paró, caminó de lado a lado fregándose los ojos pero sin llorar, se sentó frente a la computadora, borró nuestra carpeta “Gran HerMEHno” y me dijo que había hecho bien en decírselo, que en ese momento tenía muchísima bronca y tristeza abotonada en la garganta y a punto de estallar, pero que “si ya no nos elegimos todo el tiempo, más allá de lo que nos pase de a ratos, no podemos estar juntos.” Hablamos un poco más, yo quería lavar la culpa que sentía por no sentir. Él quería que me fuera.

Me dio mis cosas en una pilita, sin bolsa, puso arriba de todo dos de sus muñequitos y dijo “Espero que se me pase rápido, pero de poder elegir, yo te elegiría siempre. Que seamos felices, y que no duela al pedo”. Cerró la puerta.

Hoy pasó un buen tiempo y lo extraño. Deben ser la lluvia y el insomnio, que les gusta jugar con estas cosas.


Tengo un discman roto, algún desliz de dequeísmo, seis o siete libros que jamás devolveré, la duda de haber arruinado lo mejor que me pasó en la vida y unas Tortugas Ninja de 10cm que me lo recuerdan cada domingo.