martes, 19 de diciembre de 2017

Casa

Se levantó por segunda vez a preguntar cuánto faltaba. En esta oportunidad, el conductor respondió sin mirar, ni el reloj ni a él.
—Seis horas y media, masomenos. El clima nos demora, está difícil la ruta y no quiero hacer cagadas, viste.
Volvió a su asiento, pasillo número 28.


Disponer de mucho tiempo libre agudiza lo teórico de cada quien. Todas las ideas concluyen en urgentes e impostergables pero no se hace nada por ninguna, y eso, en ocasiones, se desdobla en saciar las ganas de lo innecesario. Tener, sea lo que sea, casi siempre calma. Llovía enfáticamente. Lo pudo ver y además lo dijo una señora en el asiento de atrás. Y las señoras saben mucho de la lluvia. A veces la lluvia funciona como inhibidora de cosas y de esas veces hay veces que está bueno que así sea. Pero no de noche. De noche llueve algunos nos demandaríamos por abandono de persona. En su libreta tenía escrito: “Ya nadie sabe con qué cautela nombrar el desencuentro. La falsa ilusión de que se está yendo por buen camino, en cualquiera de sus formas: las cenas livianas, no tener televisión, los desintereses, los desintereses compartidos, estar mejor solos, tener un nombre que lleva tilde, indexar con números romanos”. Cuando volvió a sentarse, agregó “Llegar a la edad en la que uno habla de su familia como si no fuera parte”.


Esas ilusiones las había comprado todas y con creces. Su universo se constituía de lo que creía que en algún punto hacía bien, no de lo que comprobaba. Puntualmente eso era lo que daba sentido a la situación, a ese asiento pasillo número 28 ocupado por él y no otro: que la confianza en esos pasos hacia la felicidad se desmoronaba.


A su familia no la veía hacía años. No sabía si seguían viviendo en la misma casa en la que se había criado. No sabía si lo reconocerían, si a su mamá le caería bien o mal verlo, o, peor, le sería indistinto; si estaría emocionada. No podía responder por qué estaba yendo y eso, todo eso, lo hacía pararse cada poco menos de una hora a preguntar en cuánto llegarían.


La ventana detrás de la señora que se sentaba al lado suyo tenía dibujado el patrón de gotas que el viento iba dictando. Hace eso con la lluvia el viento, forma un sistema como de venas, y una gota lleva a la otra que lleva a la otra y se forman líneas de agua interconectadas que se van alimentando en camaradería pura, como hormigas, como las hormigas que morirían ahogadas con una sola de esas gotas.


Supuso que del lado de la ventana, con la mirada vacía pero fija, los viajes de larga distancia se parecían mucho al insomnio.


Los carteles y la señalética eran pobres. El asfalto debía oler a calor húmedo mezclado con calor baldío. Pensaba en todos los pueblos que iban pasando por su costado izquierdo y la gente que seguramente dormía la siesta. Vio pasar perros perdidos, carteles de perros perdidos y carteles de perros encontrados.


Los pájaros no cantan cuando llueve pero igual arriba del micro no los habría escuchado. Si no hubiera sido por esa circulación abierta de agua en la ventana, le habría resultado difícil encontrar un edificio lo suficientemente oscuro o monocromático como para ver la lluvia. Ver cuánta lluvia. Habría sido agotador a la vista identificar las gotitas, como una capa de jaspeado hecha en posproducción entre la ventana y la torre de enfrente, cualquiera fuera. El día tendía al gris. Algunos pasajeros ya tenían la luz prendida y algunos pájaros, afuera, iban y volvían como si nada. Volaban por ninguna causa. Pocos se animan a tener causa con un día así. Ver la lluvia es un capricho. No hay que ver la lluvia para afirmarla.

A esa altura, en lo que suponía era el tercer cuarto del tramo, el encierro le produjo excesivo aburrimiento y la incomodidad, la incertidumbre y la escasez de recursos de todo tipo le provocaron esa forma de pensar en círculo, que uno supondría cómoda pero que genera absoluta inseguridad. Llegada determinada idea, volvía a empezar. Eventualmente, el sorteo de temas específicos (la mayoría en torno a ese viaje) se volvía inconsciente.


“Argentina es un país enorme” dice alguien, mientras explica que el producto bruto interno de Buenos Aires puede bancar al resto del país. Argentina es un país enorme, dice, como si eso fuera en sí mismo positivo o beneficioso. Y uno siempre se está perdiendo de algo. Y estar ahí sentado revolvía eso, el pensar que podría haber ocupado las horas infinitas que llevaba arriba del micro en actos nobles, mejores, que en algún punto fueran a cambiar el mundo. Una meta más ambiciosa, de mayor alcance que el simple hecho de intentar resolverse. Cuando se está bien, estas cosas no se sedentarizan en ninguna parte del cerebro. Uno puede ser feliz sin advertirlo. Es, en cambio, ineludible darse cuenta de que no se es feliz.


Delante suyo estaba sentada una muchacha con una beba de no más de tres años. Tenía un yeso la nena. El yeso más chico que había visto en su vida. Imaginó el grosor despreciable de sus huesos, como los de un pedazo de pollo que podían partirse con una mano, y tuvo una sensación de entre miedo e impresión. El yeso confirmaba la fragilidad. Le dio la mano, ella se la llevó a su cabeza y empezó a sacudirla, como si hubiera invertido los términos del proceso de un mimo.


Kilómetro 149, hola mil. El libro de poemas que le había dado un amigo era más inevitable que cualquier otro adjetivo. Se paró de vuelta y se volvió a sentar. Notó que un señor de lentes parecido a un fisiatra que lo había atendido y también al actor de las películas de Tarantino que hace de Mr. Pink en Perros de la Calle lo miraba agotado por su impaciencia. Eran dos hombres solos y cansados que se empecinaban en mantener la apatía. Un cartel de ropa interior gastado por el sol que ya se había ido tenía a una chica con el mismo pelo que ella. Un pelo parecido, al menos. Inmediatamente se castigó por mirar el pelo en una gráfica de una chica casi desnuda. Extrañar deforma el resto de las cosas, el sentido de las cosas y el propósito de las cosas. Eso también lo anotó.


Una chica, del otro lado del micro, en su diagonal, se sacaba fotos. Se sacudía el pelo y torcía la cabeza cuarenta y cinco grados en su dirección, tensaba los músculos de su cara de manera tal que la nariz se afinaba hacia abajo y la boca quedaba estupefacta hacia afuera. Nariz larga, boca voluptuosa, cabeza torcida y pelo entreverado, esa era la fórmula.


En el libro había un poema que hablaba del título de un libro de Pablo Ramos que se llamaba Hasta que puedas quererte solo. No decía de qué trataba el libro, sólo desgranaba el título. Abrió su libreta y escribió una carta que mencionaba al poema que hablaba del libro de Ramos. Contaba eso mismo que pasaba, ahora en el kilómetro 193; y hablaba también de esperar. Una parte decía que era como si el micro estuviera viajando al pasado y ese pasado fuera una tarde en el patio de su casa. Todo el pasado en una tarde. Describió eso y en la mitad del relato se dio cuenta de que probablemente estuviera inventando, ningún patio real podía ser así de inverosímil y ningún patio verosímil era el patio real. Después de un blanco activo, escribió Te recuerdo, Carla, ideal. ¿Allí también estará lloviendo o ni con eso puedo contar? Creo que acabo de ver pasar tu pelo. Me está costando recordar. Me está costando creer, en realidad, en lo fidedigno de mis añoranzas. Vislumbro a lo lejos y fuera de foco lo que fue, pero de cerca sigo lo que imagino. ¿Cómo era mi patio, te acordás? Qué omnipotente me ponía tenerte cerca. No sé qué hará mi cabeza con tus defectos pero el proceso de edición es, me le atrevo a esta idea, mágico. Recuerdo tus ojos grandes de un verde profundo, así que es probable que sean más bien achinados, oscuros, con cada pupila indivisible de su iris. Recuerdo que nos reíamos. Ay, cuánto nos reíamos, Carla. Poco, quizás. La trama se redefine en cada evocación. Lo difuso del fondo se vuelve de dudosa existencia, lo claro del frente se destartala. Como ese auto viejo que manejabas. O del que hablabas. Que mencionaste. Que tenía tu papá. No sé, hay tanto que ya no sé. Cómo dormir sin vos, por ejemplo. Mucho menos despertarme. Nunca pasamos la noche juntos, pero con recordar no me alcanza y entonces me es inevitable acudir al deseo. Por eso, Carla, te recuerdo ideal. Porque siempre, esos tres o cuatro encuentros, quise (necesité) que lo fueras. Al final, vivimos en la sombra de lo que recuerda otro. Y la memoria es como la vida últil de un nosotros del que no sé si puedo hablar. Yo no sé cómo me delinea tu memoria, pero igual en este caso el otro soy yo.
La dobló en dos y la guardó en la mochila.


Kilómetro mil. Hora un millón. La nena se volvió a dar vuelta y él, como si estuviera frente a una deidad, le ofreció su cabeza. Cuando están tranquilos, los chicos chicos son algo en que creer, por lo menos cuando se vive en el infortunio de no creer en nada. La nena puso la mano y la movió aumentando la intensidad hasta terminar agarrándolo del pelo. Ya no eran mimos al revés. Intervino la madre, pidió perdón y le dijo a su hija que se comportara. Él y la nena se miraron lamentando el final. La madre le dijo el nombre, pero él no alcanzó a entender cuál era. Algo con -ina. Martina, Carolina, algo así. Para él la nena tenía cara de Florencia. Ese encuentro entre la fila 27 y la suya se repitió en esa hora, hora y media, unas cuatro veces más. La secuencia no logró nunca ser tan encantadora como la primera vez; la nena usaba fuerza de más, o el yeso molestaba, o daba palmas en vez de caricias, o le tocaba la cara. En cada una, él trataba de acomodarse de modo que Florencia pudiera mantener su mano mientras él negaba, tal cual había sido cuando se conocieron (aunque con roles invertidos); pero todo se sucedió torpemente. Tuvo una sensación parecida a intentar abrir la puerta de un auto a la par de alguien que intenta destrabarla, una y otra vez hasta que el que está afuera domina la breve espera o se va caminando. Eso, pero indefinidamente sostenido en el tiempo, como todo lo que sucedía en el micro. Y nunca nadie se va caminando. No se puede, es irreal, y hay momentos para la fantasía y momentos para la realidad.


La señora de al lado suyo se despertó. Le pidió permiso para pasar. Al poco tiempo volvió. En vez de pedirle permiso le tocó el hombro. Advirtió entonces que hace mucho no tenía el más mínimo contacto con otra piel, sin contar a la bebé de los mimos reversibles. Le pregunto por dónde estaban. No supo responder. Le preguntó si ya habían entregado el snack. Dijo que no. Mr. Pink tosió como queriendo contestar por él o participar de algún modo. Revoleó los ojos y los dirigió después a su lectura. La señora le preguntó si habían apagado el aire, y en vez de responder, él le mostró cómo prender y cómo modificar la dirección de la ventilación. La señora sonrió. Él también. El circuito de venas de agua se había secado casi por completo, dejando una estela de mugre, probablemente hasta la próxima lluvia.


Pero ya no estaban guardándose de la lluvia, cosa que es inevitable y casi instintivo cuando llueve; y algo podía verse, el camino que pasaba. Qué ansiedad y qué peligrosa la rectitud de la ruta. Lo ilegible de una ruta que no dobla. Ya no estaban guardándose de la lluvia y entonces algunos mínimos que habían sido desestabilizados por ese fenómeno se calmaron. La lluvia, en tanto funcionamiento de las personas, no es del orden de lo arrasador, al contrario, se concentra en esos mínimos fundamentales. La lluvia trabaja como las hormigas que mata. La lluvia como la nostalgia de la naturaleza. La lluvia es hermosa siempre y cuando no esté lloviendo. En eso se parece a viajar. A la idea de irse como algo indefectiblemente positivo, un cambio en la dirección acertada, paz, respiración, vacaciones, descanso, no hay búsqueda permanente que titile; pero cuando se está de viaje, la ilusión de transitar un agujero negro de felicidad se ve entorpecida por los lomos de burro que tiene la realidad, y la apertura de cabeza quizá no sea favorable, y hay fichas que caen y son imposibles de atajar.


Viajar abre la cabeza. Un ladrillazo también.


La nena finalmente dormía. La gran mayoría. Había pocas luces encendidas. El ruido ambiente era casi imperceptible y a la vez demoledor.


Sacó el celular. Tardó alrededor de dos o tres minutos en darse cuenta de que no tenía ni señal ni a quién llamar. Se paró a preguntar una vez más, caminó de vuelta, la señora le preguntó la hora, dijo que no sabía; le preguntó si faltaba mucho, dijo que no sabía; le preguntó a dónde iba, hizo una pausa y dijo que no sabía.


Cuando por fin volvió a tomar asiento, tras la inquisición, deseó, más que cualquier cosa que había deseado en ese viaje de larga, larguísima distancia, un té común. Pedir un té común, algo común, normalidad.
Porque, además, para qué las infusiones sino para hacernos sentir cerca de casa.

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