lunes, 15 de junio de 2015

Tus productos light

Ya no vivo bajo la tiranía de tus cosas
y qué suerte tengo.


Las paredes de este cuarto 
no transpiran cigarrillo
tampoco hay rayitas de luz 
que se abran paso entre la persiana
como con tele
duermo sin vos.


En la heladera hay salchichas y demás porquerías
la leche venció, el queso también.
Me gusta que queden ahí, igual
como una declaración de principios
o un recordatorio.
Una separación.
Ya no tengo por qué rendírmeles a tus productos light.


Hace semanas que no como con mantel
el rollo de cocina es infinitas servilletas,
pañuelos o incluso trapos.
Atún en aceite, gaseosa común.


A tus cosas las metí en un cajón de frutas,
desordenadas,
juntando polvo
un poco para que no me dominen,
un poco para que te moleste verlas así.
Es que prolijas son más ‘tus cosas’
y no puedo soportar tanto vos.


Qué suerte que ya no recibo
notas de personajes yankis
que no conozco ni me interesan.
Puedo usar ropa naranja
combinada con violeta,
ponerme calzoncillos gastados.


Puedo ser un desastre.


Como una declaración de principios
o un recordatorio.
Una separación.


¿Y vos? Debés estar feliz también.
Rompiéndole las bolas
a otro pelotudo
porque mucho tiempo sola 
seguro que no aguantás.


Te pasearás con tu cinturita
por ese living inmaculado
acomodando un mechón detrás de tu oreja
para que el encendedor no lo haga cenizas.
Quejándote y llorando
por la mala conexión,
la lamparita que se quema,
el ropero que no cierra
como si estuvieras frente a La revolución de las cosas.


Esta es La revolución de las cosas,
¿no ves?
Destruir el pasado con insignificancias
y dejar todo sin barrer,
sin limpiar.
Juntando mugre 
alrededor de un cajón de frutas.


Puedo ser un desastre.
Como una declaración de principios
o un recordatorio.
Una separación.


En fin: contarte que lo logré
que creo que lo logré
que ya no vivo bajo la tiranía de tus cosas
no hago la cama
no entra luz a la mañana
(ni más tarde ni después).


Dejé vencer mi cocina entera
deseché nuestra relación
pero lavo,
guardo,
ordeno y clasifico
todos los envases
de tus productos light.


martes, 9 de junio de 2015

Documento1

Un día en la caja de objetos perdidos



Siempre lo mismo. Titila el cursor sobre un documento en blanco que con cada caracter cobra esperanza de ser obra maestra. Esa que abre las aguas y de repente una da entrevistas, agradece a desconocidos, se siente observada en el subte y tiene muchos pretendientes. Escribo esto para ganar tiempo y para que el tiempo pase; y al releerlo me doy cuenta de que, o el pan, o la torta.


Escribo desde la caja de objetos perdidos.



Hay olor, humedad, y está lleno de personas que murmuran cosas en otro idioma que no entiendo ni tienen que ver conmigo pero quiero escuchar igual. Algunos se quejan del frío y otros del calor, ya no saben cuántos cafés tomaron o litros de agua calentaron. Nos advertimos y nada más que eso, nos advertimos.


Dice Pessoa “Cansa ser, duele sentir, pensar destruye”.


Acá nadie me mira como vos, con esa expresión de tener enfrente eternas buenas noticias. Las madres buscan comida y abrigos, los chicos juegos, los adolescentes no saben bien qué; los grandes, respuestas. Porno buscan los adolescentes, Julieta. Porno. Yo, mientras tanto, pienso que lo mismo da, que igual ya no puedo hacer nada de lo que me gusta; ni robarle las macitas del cortado a mi papá, ni jugar con mi sobrina a las muñecas, ni meterme en la cama de mi mamá si tengo una pesadilla. Ni siquiera escribirte puedo.


Pasa un desconocido y apoya su mano en mi hombro. “Amamos antes, vamos a volver a amar” dice. Me aferro a ese consuelo como si fuera la última llamita del fogón que no hice pero aproveché. Te imagino, con tu agenda abultada, tus ganas de todo y la pregunta qué fue de nosotros que no te querés hacer, explicándome que estoy desangelada. Yo ni me gasto en contestar, en cambio miro tu frente con forma de corazón y me acuerdo de cuando me dijiste que conocías toda la Argentina gracias a Ferro; y yo me reí y lo anoté en algún papelito que ya perdí.


Me siento con Malena, una chica de 17, a charlar. Termino diciéndole que ojalá de grandes podamos contarles a nuestros hijos que, cuando teníamos su edad, la gente moría por un cáncer. Malena llora y yo me desarmo porque ver a mujeres tristes me resulta terrible. Además, Malena es hermosa y todavía inocente.


Recorro cada metro cuadrado. El piso hace ruido cuando piso y yo no encuentro forma de que esta oración no muera en una redundancia. Pienso en vos todo el tiempo. Por suerte, eso no tiene ni necesita pompas enaltecedoras para sonar lindo.


Y qué si no salgo de acá. Si sigo esnifando tu remera como si quedara entre los tejidos alguna partícula de lo que fuimos para reír o llorar o tocarme; si en el intento de censurar todo lo que lleva tu etiqueta me quedo sólo con dos comidas, tres canciones y algún que otro bar.


A Malena le hablé de vos. Ella sabe de amor porque ahora el amor es cultura emergente, es esa banda under que vio en un sucucho de mala muerte y le voló la cabeza. Todos queremos darle voz y que sea tapa de nuestra revista de poca tirada. Sabe de amor porque es hija de su época, como todos. Porque cree que ya le rompieron el corazón, porque sabe que se lo van a volver a romper. Y ahora lo busca en todos lados, sale dolorida de algunos pogos pero convencida de que, sin ese dolor, todo lo demás no se disfruta tanto.


Le conté que me habías escrito una canción. Ella me dijo que hay que celebrar cualquier cosa que haya hecho nacer una canción. Yo, al revés, que celebro cualquier cosa que haya nacido de una canción. Nos fundimos en una poética vacía que a nadie le importa.


Agarramos lo que encontramos, un aerosol amarillo a punto de acabarse y algunos marcadores con las puntas gastadas, y pintamos toda la pared. Al dar dos pasos para atrás, lo vemos. Se lee grande y claro: "Nadie puede solo".

Una vez escuché que “no todo texto es autobiográfico, pero tampoco tenemos tanta imaginación”. También que “más útil que tener una musa es haberla perdido”. Cuestión que el tiempo pasa, hay olor, humedad, y sigo sin averiguar si o qué estoy ganando.


Esta no será mi obra maestra.
Vos tampoco.

miércoles, 27 de mayo de 2015

No quiero que nadie escriba sobre vos

No me molesta que se rían
ni que duerman juntos
no importa si comparten uno,
dos, tres o cien mates
hasta puede llevarse bárbaro con tus amigos
y me alegraría por ella
pero no quiero que escriba sobre vos.


Quizás pospongas la alarma
y la abraces diez minutitos más
o te cocine con vino y pimienta
mientras elige ese disco de domingos
que siempre te gustó escuchar
y yo estaría triste
pero creo que estaría bien
en tanto no escriba sobre vos.


No tengo miedo de que agarre mis lugares
y los pinte con su color
ni de que cambies las esquinas
en las que nos besamos
por semáforos de tomarla de la mano.


Que no escriba sobre vos
y yo voy a intentar no retorcerme por saber
qué pasó en el medio
cómo hiciste para salir
y cómo para que fuera adelante.


Quién sos vos con ella
y qué recuerdo mío quedó.


Es que tengo mil archivos empezados
fieles y tristes y fieles a esa tristeza,
imposibles,
respirados en mi nuca,
calurosos,
con cosas que me pasaron
creciendo al lado tuyo.


Que le caiga bien a tus viejos,
que tu mamá le diga ‘mi amor’,
que se junte con las novias de los chicos,
que se quieran incluso más que nosotros,
que la quieras incluso más que a mí,
Pero que no escriba sobre vos.



No quiero que nadie escriba sobre vos.

martes, 26 de mayo de 2015

Toda la ternura del mundo - Segunda parte

No sé si hago bien en escribirte. Tal vez ya estés en otra y esto destape pasado al pedo. Siento que te debo algo. Un perdón o una explicación, algo.

Hace frío y hay sol y por alguna razón los días así, con este maridaje, me hacen acordar a vos. No quiero que pienses que intento 'recuperarte' o arrimar; esto es sólo una explicación, un manual en mi idioma de lo que me pasó con nosotros. Quiero hacerme entender lo mejor posible, así que supongo que releeré esta oración, las anteriores y las que vendrán unas cien veces.

Terminé con Florencia y sentí que me habían cortado el agua. Era un miedo que me recorría todo el cuerpo, contrayendo y drenando cada músculo. Me autoconvencía de estar un poco mejor a medida que el tiempo pasaba pero no era así, y mentirse a uno mismo es como hacer acupuntura o tirarse de un paracaídas o ir al teatro o vivir: si no te lo creés, duele sin resultados. No había agua y entonces no había ducha que enfrentar de madrugada. Nada lavaría el miedo de haber conocido y tenido al amor entre mis brazos, y haberlo perdido. No sé si estoy siendo todo lo preciso que esta sensación necesita. Pero los minutos eran eternos; y qué si no me volvía a enamorar. Qué si no me volvía a sentir así.

En medio de esa asfixia mental me crucé con vos. Vos, con tu sonrisa de foto con amigas y la clavícula más perfecta que este planeta albergó. Una remera sin mangas, una cartera y un buzo atado a la cintura. Tuve tiempo de retenerte así porque te vi apenas saliste del subte, y te seguí mirando mientras caminabas a saludarme, y de vuelta cuando te fuiste.

Yo sabía que otra chica era imposible en ese momento porque el monoambiente poco luminoso y sin servicios que era mi cabeza estaba alquilado. Pero te vi y te seguí mirando y quise volver a verte. Y entonces te hablé.

Te juro que no quería que fueras una distracción. No deberías, ni mía ni de nadie. Estás tan sobrecalificada para algo así. Ya sé que tampoco nos conocemos mucho pero tenés eso de ser muy tierna y muy guaranga a la vez que te hace hermosa. Te ponés nerviosa rápido y no sabés qué lindo te queda. Además de tu sonrisa, claro. Y todo el resto.

Florencia es muy importante para mí. Con ella me enamoré y sufrí por amor por primera vez. Son dos marcas que no hay marea que borre. Y la quiero. Mucho la quiero. No sé si la amo. Pero, y ya sé que del otro lado no suena así, es algo bueno. No saber, digo. Para mí es algo bueno.

Seguramente ya te enteraste porque pasó mucho tiempo, pero nos separamos a los veinte días de volver. Era, sigue siendo, momento de enfrentar el miedo de no saber si podemos vivir sin el otro, si podemos amar por fuera de nosotros y sentirnos así otra vez.

Ojalá todavía sigas leyendo para que no te quedes con la catarsis nada más. También, te lo tengo que decir, hay una parte de mí que escribe esto porque sólo porque le (me) gusta cómo me mirás. Como si con los ojos estuvieras siempre intentando que me quede. Que me quedara, quiero decir.

Yo te lastimé sin querer por estar perdido y no dispuesto a encarar el miedo de no volver a enamorarme. Vos fuiste fuerte, me contuviste, me escuchaste. Pero nunca más sonreíste y fue injusto. Para los dos.

No tenías por qué bancarme lloriquear por otra chica, pero yo tampoco merecía que me negaras tu sonrisa. Quizá me lo busqué. Seguro.

No sé si me pude explicar, estoy tratando de asumir la culpa y a la vez que te sientas un poco en deuda de volver a mirarme contenta de estar mirándome.

No nos recordemos siempre yéndonos.

Perdón,

Martín.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Toda la ternura del mundo

Dos días después de encontrarse en Tribunales, le habló. La acusó de usar musculosa y cartera cruzada, como si fuera un delito. Claro que en chiste, buscando el piropo, pero desafortunado teniendo en cuenta todo, todo lo que pasa. Ella igual sabía. A riesgo de rociar de nafta este metro cuadrado lleno de colillas a medio apagar, digo: siempre saben las mujeres. No desató un discurso justiciero porque lo sintió indefenso, como queriendo encarar sin tener con qué o saber por dónde. Tampoco lo pensó así, no sé qué tanta explicación vengo a dar. En fin, la conversación siguió.


Ese miércoles se cruzaron y ella por suerte estaba linda. Había pensado varias veces en cuándo se volverían a ver. Dos, casi tres años desde el último encuentro y varias charlas de horas en el medio. Dijo que estaba apurada para esquivar la eventual incomodidad de, después de haber pretendido que podían hablar de cualquier cosa hasta la madrugada, quedarse parados y callados sin saber qué decir. Lo saludó con un beso en el cachete más generoso que a cualquiera y se fue prácticamente imposibilitada de relajar la sonrisa.


Dos días después es un montón para la chica que gusta del chico. Vamos, dos horas después es un montón. Y una no sabe si conectarse poco o todo el tiempo, si él no habla porque está en otra o porque ella no aparece en la listita o qué carajo pasa. Admiración y reverencia a aquellas que pueden archivar esta espera hasta que la ventanita titile en azul y todo se desclasifique. Me saco el sombrero frente a las que, si pinta, mandan ellas. Cuestión que hablaron y la invitó a salir. Le dijo “Tengo dos preguntas”, la primera fue si la musculosa ya estaba limpia y lista para volverse a usar y la segunda qué hacía mañana a la noche. 1.-La musculosa está en la bolsa de ropa sucia, conviviendo desde el miércoles con medias e indumentaria deportiva que tengo pendiente lavar. 2.-No sé, ¿qué hago? La invitó a tomar una cerveza. Nada innovador. Nada mal.


Él es un par de años más grande pero no tantos como para acentuar la diferencia. No tantos como para ella decir que salía con un chico más grande ni él con una pendeja. Igual, “salía”, una salida no es salir por más película que una se haga. Bueno, el caso es que salieron y estuvo bueno. Bastante aburrido comparado con los que eran pantalla mediante, pero estuvo bueno.


Cuatro veces más le tomó desenvolverse como una persona que procesa la información del interlocutor a velocidad normal. Capaz necesitaba la estabilidad que brindan cinco salidas en comparación a una, dos, tres o cuatro. No es insegura, no se mira al espejo y detesta lo que devuelve. Es más, le gusta mucho. Tampoco se piensa tonta. Pero el colchón de ‘estar saliendo’ es una pelotudez que siempre precisó.


Todavía no había pasado nada. La cuarta y quinta vez terminaron en su casa. Se tocaron un poco pero ella frenó. Hoy no se acuerda bien por qué. Ya había cogido “temprano” en otras “relaciones”, pero con ese chico sentía que tenía que aguantar un poco más. Tanta comilla, cualquiera se da cuenta de que una está hecha de precauciones.


En alguna de sus charlas de cuando él recién había cortado le dijo algo hermoso (pero) sobre su ex novia. Era algo como “voy mejor, ya reduje los momentos de extrañarla a viajes en bondi y minutos antes de quedarme dormido”. Lo felicité, qué sé yo. Una, que se castiga con lo que haya a mano, desea siempre ser esa chica que el chico quiso con locura. Aún cuando ya no, cuando está pasando de página y hablando con otra, con una, incluso.


Esa noche se besaron y ella terminó casi por completo encima de él, que pasó la mano por abajo de su remera, por su espalda hasta el otro lado y abrazó su cintura. Presionó un poco su cuerpo contra el propio mientras con los dedos acariciaba sin soltarla.


“Quiero” le dijo ella.
-¿Qué?
-Que quiero. Coger.


Él siguió besándola unos, habrán sido, cinco segundos más.


-No traje forros.
-¿Posta?
-Sí, no traje.
-Bueno, no, entonces no. Qué choto.
-Gracias, vino con todo el resto.


La chica se rió y se olvidó de las ganas de. Seguimos sin despegarnos un montón. Fue de nuestras mejores noches. Ella salíó de la pose y del cuidado de no cagarla. Él no se quiso matar por ser un boludo y olvidarse preservativos. Se empezaron a querer.


Pasó días enteros con cara de estar estando con el chico que le gustaba. Y qué linda le quedaba.


Rato antes de empezar la salida en la que seguro concretarían, desordenaba su casa viendo qué ponerse. Una suele intentar que las cosas se filtren disimuladamente y todo termina rebosando de obviedad, por eso se puso la musculosa de ese miércoles. El problema fue la elección de corpiño. El que mejores tetas le hace es -atención- violeta. Violeta chillón. Mi plan era, llegado el momento de desnudarnos, apagar la luz y revolear el corpiño lo más lejos de su campo visual que pudiera. Digo, se había relajado y estaban muy bien, pero dejar de pensar en estas pavadas requiere plazos largos, en los que él ya la haya tocado sin estar depilada, o visto la mañana después de haberse acostado con el pelo mojado, o llorando por algún sinsentido. Se puso el corpiño violeta, la musculosa, un jean azul oscuro, zapatillas rojas y bajó. Fueron al bar de ahí a la vuelta, el que está a la vuelta de cualquiera de nosotros. De cualquiera. Esa cuna de comienzos y finales, gente incómoda y llena de ganas de algo, con prepizzas horribles pero cerveza bien fría. Mesas de madera y la apuesta de sentarse al lado en vez de en frente. Saben de cual hablo, de cualquier bar que esté a la vuelta.


La tirita se asomó a la mitad del primer fernet. Y es que una siempre piensa de más. Quizás ellos también pero con cosas menos triviales. Más adelante le contó esta historia y se lo preguntó. “No. Posta que no. Igual me enternece mucho, pero no”.


Era muy fácil quererlo y así las precauciones fueron cayendo. Indicio de ello fue perder la cuenta de cuántas salidas iban. Pero en una cerca de la quince o veinte le dijo que le había mandado un mensaje su ex novia.


En un episodio confuso en el que ella quiso mostrarse despojada de cualquier tipo de herida, le pidió que lo leyera en voz alta. Me leyó el mensaje y era hermoso. Parecía espontáneo y muy sentido, algo que yo jamás habría logrado. Trató de ponerse en el papel de comprensiva, amiga o par y hablaron de esa relación un rato. Ella, desde la soledad más elocuente, le dio consejos muy concretos y bien formulados. Le contó que cuando el miedo la ahoga, se ducha a oscuras de madrugada mientras piensa que, si pasa eso, va a poder con todo el resto. Al par de semanas él le dijo que lo había hecho.


Siguieron viéndose un poco más. Temblaba cada vez que él miraba el celular. Se imaginaba a la ex novia como una princesa de pelo castaño y boca chiquita, una que no importaba dónde se parase, el subte siempre abría sus puertas delante de ella. Esa que quiso con locura.


Toda la ternura del mundo se puede compendiar en una chica triste que elige quedarse ahí, triste. Ella en ese momento era toda la ternura del mundo.


Él ya no sabía con qué nervio del cuerpo extrañar. Ella se pegaba las partecitas para parecer entera. Hicimos lo que pudimos y no alcanzó.


Hace poco volvió con su novia.


Seguro, cuando pase el tiempo y ‘hoy’ sea otro, una mire para atrás y se ría acordándose de las boludeces que pensó mientras me enamoraba. Aunque, cómo duele cuando pasa.


Tengo ganas de él todo el día, pero siempre que lo pienso se está yendo. Siempre se está yendo.


Cómo duele, la puta madre.



jueves, 30 de abril de 2015

Dormir solos

Hoy toca dormir solos y además hace frío. Seguro mañana llueva, pasado a vos se te rompa algo de poca importancia, el jueves un foco de mi cocina se queme y el próximo domingo veamos la serie cada uno desde su cama. Porque así es esto, supongo, de estar separados. Un agravante de cualquier pavada. Como si la ansiedad y eventual obligación de deshacerse de un pedazo de rutina y que todo lo que me hace acordar a vos deba perder cuanto antes ese ancla no fueran suficiente.


“Es cuestión de tiempo” dicen. Cada día que pasa estoy mejor pero también te alejás algunos pasitos para allá. Y ahora tengo todo este amor con el que no sé qué hacer. Que ya no es tuyo pero mío tampoco. Ese es el problema, el amor intacto. Que hayamos fallado en lo que orbitaba pero no en el centro y ahora lo sienta latir o titilar o molestar no sé bien cómo, pero me tiembla la garganta cada vez que leo tu nombre, que veo una foto.


Me quedo con que nunca nos mendigamos un ‘te amo’ ni escatimamos en abrazos. Nos dimos todos los besos que quisimos, cuando y donde quisimos.


Toca dormir solos y a mí sólo me desvelan cosas lindas con lindas formas pero que cortan por cualquiera de sus puntas. Anotar lo que pensábamos que nunca nadie había dicho, cuando te diste cuenta de que siempre que empiezo a hablar deslizo una ‘m’ silenciosa, los mates en la cama, mis papelones en la cocina, las noches que no teníamos sueño, tus mensajes cada vez que escuchabas una palabra que sabías que me iba a gustar.


Por ahí mañana vos te cruzás con una chica que tenga un tatuaje parecido al tuyo y en eso terminen tomando una cerveza. O yo invite a alguien a mi casa que no quiera dormir con tu remera porque “es de la gestión anterior”. Tu remera que todavía huele a vos, como todo esto.


Me quedo con que hicimos las cosas bien, con que no nos lastimamos y con que compilamos mil historias hermosas para contarles en añares vos a tus nietos y yo a los míos.


Algún día voy a dejar de extrañarte casi todo el tiempo. Ese día voy a sentir el alivio y la fortuna de haber tenido un gran amor.

Por ahora, por hoy, toca dormir solos.

lunes, 13 de abril de 2015

Hay algo de poesía en intentar salvarnos

Me pasé esa noche hablándole de amor, tratando de recuperarnos.


Nos habíamos tirado con cuanta mierda encontráramos en el camino. Tiempos, prioridades, planes, proyectos, abrazos y ausencias caducas en su idioma y el mío. Discutíamos por cualquier cosa y no entendíamos cómo seguíamos queriendo tenernos cerca. Yo me puse a llorar y él rompió una lámpara. O él rompió una lámpara y yo me puse a llorar, ahora no me acuerdo.


“Ya no nos hacemos felices -sentenció sin mirarme- pero tampoco sabemos ser felices solos”.


Nos conocimos en el secundario, cuando quien tenía lentes no era por ello más interesante, entre chicas todavía se usaba el pelo largo y los chicos escribían en sus mochilas con liquid paper el nombre de una banda o un equipo de fútbol. Al año ya éramos novios. Juntos aprendimos a saltearnos la entrada en calor en el campo de deportes y que no nos pescaran, a fumar sin toser, a despertarnos solos, a estudiar en grupo, a escuchar radio a la mañana y a dejar las copas de vino en remojo si no íbamos a lavarlas inmediatamente. También fuimos a una marcha en bici y nos esperamos a la salida de entrevistas.


Gusanitos ácidos, oraciones unimembres, libros que todavía éramos chicos para entender, cafés sin azúcar, tacos y corbatas, interés por otras cosas.


Hubo épocas en las que quisimos crecer de golpe y ser extraños del otro. Algunas en las que sentimos que tanta intimidad nos había hermanado. Igual, ninguna servía. Eso tienen las relaciones que se extienden más allá de la escuela, un limbo de madurez confuso y casi crónico.


Cuando nos conquistamos, nos dejamos de conquistar.


No éramos prioridad, no nos interesábamos. De repente nuestra relación era algo que no entendía, como tradiciones de Oriente, el mecanismo de un fax o escribir poemas.


No sabíamos de estructuras,
ni de rimas o versos,
puntos o comas o letras.


No sabíamos cómo se empezaba de vuelta,
cómo se estaba con otro.
Ni cuántas líneas,
cuántas palabras iban ahí.


O cuántas acá.


Desde entonces, todo fue en picada. Lo que no nos gustaba cada vez nos gustaba menos, lo que sí no pesaba lo suficiente como para tapar lo otro o salvarnos. Cada cual se debía su adolescencia estereotípica que estar con cada quien le había negado. Yo nunca hice pis en la calle, por ejemplo. Él no se manoseó con desconocidas en el rincón sucio de ningún boliche hasta pasado su cuarto de hora.


Cuando nos pusimos de acuerdo en dejarnos, me perdí por completo. Intenté emborracharme seguido y socialmente, tomar sola, acostarme temprano, leer el diario, salir a correr. Era como si ninguna cepa de personalidad me fuera compatible.


Frecuentamos a otros y algo aprendimos. Al tiempo nos volvimos a ver. Encuentros casuales, que le dicen, hasta esa noche. A mí esa noche me cayó una ficha de plomo que a llanto suelto me obligó a entender que no podíamos ser dos que se ven.


No le podíamos hacer eso a los chicos que se encontraban para transar detrás del kiosko siempre cinco minutos antes de volver a clase. Tampoco a ellos, que se tocaron por primera vez temblando y queriendo que ese martirio terminase, queriendo saltearse el durante y ya tener aprendido. A él le debíamos mucho, se había aguantado la hora y media en la sala de espera con revistas antiquísimas por su primera cita con el ginecólogo. Y no podíamos, con encuentros casuales, bastardearla a ella, que una tarde más tarde tocó el timbre con dos trajes y cuatro corbatas para sus entrevistas. Lavatorios tapados, manchas en sillones cuando sus papás no estaban, mentiras a amigos para quedarnos juntos. Todo eso no cabía en tres ni en seis ni en veintiocho encuentros casuales.


Esa noche me gritó muchísimo. Que yo en mi afán de “aguantar” no veía la realidad, que por qué no tiré ese manotazo tiempo antes, con mucho menos desgaste por restaurar, que “¿no entendés que las cosas se terminan? ¿Que cambian? Ya lo sabés, no tenemos más nada que hacer juntos, pero vos igual pensás en vivir acá, en casarnos. Vos pensás en que nuestros hijos vayan leyendo carteles en la ruta, pensás en envejecer conmigo. Y miranos. Todo lo que teníamos lo vendimos por cuatro polvos para sentirnos menos solos.”


Tenía razón.


No sé si destruyó la lámpara como metáfora o porque le brotó el estado natural del cuerpo.


A las tres y media, masomenos, entendí(mos) que nos habíamos patinado el amor a principio de mes y que, para cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos crecido. Obvia y simultáneamente, habíamos crecido y todo nos quedaba chico, incluso nosotros dos.

Una foto publicada por Lucas Garcia Molinari (@_lucasgm_) el

A la mañana siguiente nos despertamos y le dije que tomar café casi desnudos en una cama deshecha se llevaría toda la poesía del día. En ese momento olvidé por completo que nada entendía sobre poesía. Pensó y contestó “a menos que vayamos a la plaza a jugar ajedrez con una pareja de viejitos”. Una hora después estiramos las sábanas, nos cambiamos, él se fue para aquel lado y yo me vine a casa.