miércoles, 2 de agosto de 2017

tres coma catorce dieciséis


Un libro* con tu foto en la tapa me cuenta, entre otras cosas, que en sus comienzos como funcionario del peronismo tu papá pedía agua mineral para lavarse el pelo.

Agua
mineral
para lavarse
el pelo.

Sos eso también Carlitos. Eso también te tiene que haber marcado.

Esto, Carlitos, te lo digo a vos y me lo digo a mí: qué cagada que no elijamos nacer. Después nos taladran el cerebro con que debemos ser conscientes y hacernos cargo de las decisiones que tomamos; y esa, la fundante, el puntapié, no depende de nosotros. ¿Vos pensás que todos tenemos una misión? ¿Qué venimos acá por algo, a cumplir algo? ¿Cuál es la tuya? ¿Cuál pensás que es la tuya? Ya sé que no sabés y que te fastidia pensarlo porque en algún punto te hace sentir inútil, porque todo en tu vida es involuntario y es incorregible. Porque vos, Carlitos, terminaste siendo tu propio villano. Porque estás loco pero no querés ser así y yo sé, te juro que sé, que a veces te preguntás si en algún momento del camino giraste mal y te perdiste o si sencillamente naciste sin camino, todo es binario y vos sos un número de coma infinita que nadie termina de decir, sos el “pi” de la humanidad, todos abandonamos en algún punto de nombrarte, de traerte.

A veces pienso en vos, en las personas como vos que capaz no es que necesitan un abrazo para salvarse pero sí como parche, para sortear el momento, cualquiera que sea. Pero me imagino que te doy un abrazo con miedo, como si la posibilidad de que me clavaras un puñal o que me metieras una piña seca en el estómago realmente existiera. ¿Si te abrazara me pegarías? ¿Sería un abrazo incómodo? ¿Lo terminarías vos precozmente con dos palmaditas en la espalda como diciendo “bueno…” o te fundirías conmigo en ese existencialismo vago de dos que se quieren pero no se conocen y no pueden afirmar nada más que la propia existencia y mil millones de miedos?

Hay tanto que no sabemos del otro. Por eso te escribo, no para conocerte sino porque no te conozco.

¿Te acordás de cuando te la pusiste con el auto?
¿Y de cuando te la pusiste con la moto?
¿Y de cuando te la pusiste otra vez con otro auto?

Y ahora para cebarte un mate por ejemplo tenés que hacer setenta y tres maniobras porque, contra todo pronóstico, no te moriste. No elegiste vivir y no te podés morir. No se me ocurre mayor calvario que sentirse obligado a ser. Y es parte de lo mismo, Carlitos, no podés sino estar vivo. Estás condenado a estar vivo.

Pero tonto no sos, no te creas. Porque al tonto no le da ni para sufrir. Y yo sé, te juro que sé, que el hecho de que todos tuvieran a su papá y a tu papá más que vos tiene que haber dolido. ¿Lo veías por la tele? ¿Deseabas, por ejemplo, sentarte en su falda? ¿Querías saludar desde algún balcón al lado suyo? Yo, Carlitos, tengo a mi papá conmigo desde siempre. Me quiere, me cuida, a veces reniego porque es muy torpe para la adversidad y cuando me pasa algo fuma mucho, me pregunta si necesito plata y me dice que tengo que seguir con mi vida. Y yo noto su ausencia emocional, no te creas, pero también noto que no me hace falta. Los papás, Carlitos, a veces están sobrevalorados. Pensamos que sin ellos no podemos, pero mirate vos, mirá cómo a pesar de luchar contra ello seguís vivo, fuiste preso, saliste, tomaste merca, dejaste, te pusiste violento, lloraste, te escapaste, te calmaste, te hiciste famoso por tener la pija enorme, no lo usaste lo suficiente, no supiste cómo o no quisiste, te escapaste, tomaste merca, te calmaste. Sobreviviste.

Tener a tu papá al lado en todos esos momentos de tu vida no habría cambiado nada. Esto es terrible, lo sé, pero no todo sirve para algo. A veces nos decimos que muchas cosas son producto del autoboicot, de padres ausentes, de pasados dolorosos porque qué paja atómica admitirnos otro fracaso, ¿no?

Porque si no encontramos culpables, los culpables somos nosotros.

De chico eras gordito. Yo también. Tu mamá te quiso mucho. La mía también. Hay días en los que me despierto re manija de tatuarme un elefante porque son mamíferos con bocha de cuidados maternales y además tienen conciencia de lo que es la muerte. Lloran las muertes, hacen duelos, protegen los cuerpos, extrañan, aman. Qué castigo hermoso es sentir, ¿no, Carlitos? Vos lo debés saber, por eso buscás apagarte con fierros y falopa. Si un día baja una nube y te dice: te doy toda tu infancia de vuelta con tres o cuatro modificaciones que vos quieras, o te doy cinco posibilidades de apagarte de acá a que te mueras, ¿vos qué elegís?

Pensalo, Carlitos. El pasado es un lugar hostil, sí, pero entre otras cosas porque usamos 'no tengo historia' para decir que algo no trae ningún problema. Y el futuro es lo interesante, lo que tememos con intriga. No, Carlitos, la nube no te deja cambiar el hoy. No podés ser feliz ahora. Ojalá, imaginate. Amor instantáneo. Tirás un polvito en una taza, agua caliente, te lo tomás y sentís la calma, el amparo de que eventualmente todo va a estar bien.

Yo no puedo decirte, Carlitos, que va a estar todo bien. No porque no quiera sino porque no lo sé. No sé si vas a llegar a viejo ni cómo. No sé si te quedan bien las canas, si vas a tratar tu pelo como lo hacía tu papá con el suyo, cuánto se arrugará tu piel, si tus lesiones producto de los choques te van a pasar factura con delay y un día realmente mover un dedo va a ser un laburazo infernal para vos. No sé si te vas a enamorar. No sé si enamorarte te va a salvar de algo. No sé si vas a tener amigos verdaderos, si tu familia te va a invitar a asados y preguntarte sobre las chicas, no sé si alguna tía te va a decir que están todas ciegas, que cómo no te van a dar bola. No te voy a mirar con pena nunca en la vida, te voy a aplaudir si algún día te tengo enfrente. Porque sobrevivir en un mundo que tiende al caos, que no puede sino sumirse en un desorden hipnótico que nos recuerda todo el tiempo que no, que no somos inmortales, que las cosas pasan y la gente deja de existir; sobrevivir bajo esas condiciones, Carlitos, es merecedor de un aplauso.

Y vos te vas a quedar mirándome, probablemente preguntándote qué hace esta pelotuda, y yo me voy a reír, y los dos vamos a tener menos de un segundo, medio segundo diría en el que pensemos que por ahí eso es el amor, que nos estamos enamorando o que ya es tarde para el gerundio, que estamos enamorados, pero para cuando lo queramos afirmar ese segundo va a haber terminado, vos me vas a decir que me suba a tu nave o a tu moto, me vas a dar un casco re pulenta, me vas a envolver mis manos alrededor de tu cintura y me vas a hacer tocarte un poco la pija pero sin decirme nada. Y quizá se dé, Carlitos. Quizá esa noche se cumpla. Quizá el viento en la cara, la ilusión de bienestar, lo crédulos que somos frente al momento, lo vulnerables que estamos a la idea del amor, lo peligroso que es el amor; quizá todo eso termine en lo que siempre quisiste, Carlitos. Quizás le acaricies la mejilla rosácea a la felicidad y, como buen villano, apenas sientas eso, te mueras.


*Carlitos Way, de Victoria De Masi. Editorial Tusquets.

domingo, 30 de julio de 2017

Nada como morir

Hace una semana anoté que llegar tres horas antes a un aeropuerto quizá se parezca un poco a morir. A lo banal de morir. Pienso lo mismo de los videos de segundos en los que dos personas posan para una foto que nunca se dispara,
aunque he hecho esos videos mientras quería,
y queriendo y estando cerca casi nada o,
no,
no casi nada
pero poco se parece a morir.


Le veo las canas a Martha Argerich en una pantalla que está perpendicular a mí. Veo un tercio de pantalla que muestra su cabeza moviéndose a medida que se mueve el piano o a medida que se mueve el sonido si es que existe tal cosa
que sí,
que claro que existe,
que al contrario,
lo que no existe es el sonido quieto.


Silencio absoluto.
Eso también se parece un poco a morir.


Dije que no me quería morir sin ver a Martha al piano y me dijeron que ella se iba a morir antes que yo. Fue como una respuesta automática del sentido. Como un estaré fuera de la oficina del pensar.
Pero sí, eso.
Silencio absoluto.


La lucidez también se parece a una parte de morir. A la de las respuestas.


A veces desando mal algunas cuestiones y doblo en cualquier lado y por ejemplo Martha Argerich me hace acordar a Juan Forn.


Me gusta la equivalencia silencio ~ respeto.


“Ahh, Chaicoski” dice una señora y esto se burla más de mí que de ella porque no sé cómo se escribe y no lo voy a buscar.
Me gusta ver a la gente con los ojos cerrados porque puedo sentir que conectan. Yo no conecto con los pianos pero sí con los que conectan con los pianos. Me dan ganas escribir cosas lindas para dedicarles.
“Escuchá hijo, esa es Martha Argerich” le dice a Marcos su papá mientras le agarra las dos rodillas que le tapan las orejas. Marcos tiene mejor vista que casi todos los de la plaza. Hombros vip. Les pregunto si les puedo sacar una foto y me dicen que sí y cuando la saco me dicen que sí, de vuelta, (pero) que mientras no la publique sí. Así que acá iría Marcos a los hombros de su viejo pero va mi palabra que es la que dí. La hermana de Marcos no entiende por qué quiero sacarles una foto. Ella está con los pies en el piso y dijo que esto es buenísimo dos veces. Envidié un total que construí con poco.
(¿Cuánto tiene que tener un total?)


Llamar a los hijos por el vínculo significa algo. Ellos lo sabrían explicar mejor que yo.


Muchas señoras y señores llevaron reposeras que nunca pudieron desplegar.


Silencio absoluto.
Marcos aplaude.
A Martha le entregan un ramo de flores,
que también tiene algo de morir,
pero ahí estamos todos.

miércoles, 12 de julio de 2017

Hacé algo que es un boomerang

Todo se me vuelve obvio hoy con este disco de fondo. Pienso, por pensar, en que debería empezar a fumar. Que el cigarrillo seguro me queda bien, lo mismo el humo. La copa de vino, el cigarrillo, el jazz y el rush oscuro quedan mejor uno con otro o tengo que dejar de mirar series de época. Ni hablar la lluvia. La lluvia queda bien con todo. Escribí una carta que nunca nadie va a recibir. Le dije a lu qué tal viene tu día, te quiero mucho y ya sé que es el mejor mensaje que voy a haber mandado este año. Lo escribí mal.


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No, sí, me encanta tener balcón. Pero no lo uso. Me gusta mirar al perro mirando por el balcón. ¿Cuenta como uso? Yo estoy del lado de adentro con una manta y una serie que pauso masomenos tres veces por capítulo. Es pésima y tiene seis temporadas, la vida misma. La semana pasada pregunté a mí pero en voz alta y estando con otra persona si existe tal cosa como no saber ser feliz y si es “lo natural”. Odio la pesca conversacional. ¿Se entiende? Como si yo te dijera tal enfermedad es la segunda causa de muerte en nuestro país, o hay dos temas de los que no quiero hablar, y uno es este. (No tolero tensión en nada, por eso miro series de mierda). No pasó en esa charla, esa fue hermosa, no sonaba música ni la tele prendida, la luz a medias, la funda del sillón mal acomodada, las patas mías arriba las suyas abajo él mirando para adelante y yo mirándolo a él. También odio los boomerang. “Hacé algo que es un boomerang”. Y, mirá, si me fuera tan fácil hacer algo no lo desaprovecharía en un video de tres segundos. Viste que a veces escribo como si me estuviera duchando, un chico me dijo que es porque no le pongo mucho pensar a todo esto, sino que pinta y escribo. Él no sabe que mi problema es ese, que hay mucho pensar y poco de todo lo demás. Se me quemó algo del lado de adentro de un enchufe. Me solucionaría la vida que me lo arreglara el encargado y no sé cuánto darle porque viste que los encargados medio que arreglan a la gorra y yo no tengo idea si está desactivando una bomba o enderezando un cable, no sé si son cincuenta o trescientos pesos. A veces es lo mismo. Me da bronca que las bombas sean fáciles de desactivar porque implica que estamos dejando explotar bastantes. Tomá esta bomba, desactivala, hacé un boomerang. Casi nunca sé si explicar o dejar que las cosas sigan su curso y que sea uno distinto. Me doy manija con que si no lo saco de mí no hay forma de dar un volantazo, pero la verdad es que sí hay. Siempre hay. Y la otra verdad es que explicaría esperando mucho más que sólo sacarlo de mí. En la serie que estoy mirando un tipo le dice a otro que cuando te apuntan con una pistola tenés ciento sesenta y cuatro opciones que no son morir.


Quizá lo que quiero decir es que este disco me hace darme cuenta de cosas sobre las que nunca voy a hacer nada y quizás hacer nada sea justamente lo que tengo que hacer yo que estoy pasando por este momento yo que estoy dando mis primeros la psicóloga me dijo en audios de menos de un minuto porque sí trato de condensar las ideas pero también me gusta contar que uy mirá qué lindo ese perro se parece al mío pero más gordo; la naturalidad, quiero manejarme con naturalidad entonces pensar en pensar y pensar en fumar me aniquila los planes y ni te cuento pensar en escribir o en mandar una carta y qué asunto tendría. Los asuntos qué importancia tienen. Los asuntos van con o sin punto final.


Yo que amo con ganas y confusiones mientras escucho un disco y tantas pero tantas luces innecesariamente prendidas matando el momento, sentenciando de alguna forma que no fumo porque no me lo merezco.

Yo, mirando por el balcón pero con el balcón de por medio.

viernes, 9 de junio de 2017

Aleatorio pago

Es terrible y es genial que nadie me pregunte por vos. No te das una idea de lo que extraño volvernos locos. Hoy Marilina dijo que qué lindo bardearse en pareja y después, sobre otro tema, yo dije que prefiero lo definido para mal que lo indefinido. También que odio lo casual. Un chico le dijo a Lu que estaba cansado y después se cruzaron en un boliche, ¿para vos el pibe se quiso morir? ¿Cómo desandan ustedes esas cosas? Encima ella estaba laburándose a otro chabón y cuando vio que entró este, el cansado, hizo cortocircuito y se bloqueó. Echaron a un perro policía por ser muy bueno, eso dicen en todos lados. Porque para ser policía no podés ser bueno, ¿vos hacés esa lectura o cuál? ¿Qué pensás de la policía? A mí me sale más decir yuta que rati pero me gusta más rati. En realidad no me es natural ninguna de las dos porque la palabra policía está buena. El pola en el audio de saludo de mi cumpleaños (Alexis dice que nadie copado dice “cumple”, yo no sé si disentir) me dijo muchas cosas lindas y al final remató con más poesía menos policía. Por ahí por eso me gusta. Les tengo cariño a las rimas y a los gerundios, eso ya lo sabés. Mi papá dice la cana. El otro día le dije que el barrio se había llenado de policía y me dijo “mejor”. No le respondí que no, que no lo es. Puede que en parte la policía, por defecto, me dé seguridad. Si empiezo a pensar eso vuelvo a lo del perro. Adoptaría al perro y le pondría Gorra para contarte la anécdota (y, claro, para tener otro perro).

El nombre de esta publicación iba a ser Dimes y diretes por lo obvio, pero no me gusta. Capaz sea porque ya no nos decimos nada. A mí me importan los nombres, eso también lo sabés.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Lo posible, lo probable, lo dado



Lo que nos mató no fue la rutina ni la erosión del amor.
Porque había amor,
tanto amor,
yo sé que había amor.

No fue tu mugre
ni mis exigencias o fastidios desmedidos
ni la falta de ganas de estar cerca
uno encima del otro
encima de uno
encima del otro.

No nos mataron los de afuera.

No fue tu relajo tampoco mis olvidos,
siempre hablamos desde el abrazo,
no sé cómo explicar,
siempre chateamos con nuestro calorcito,
aplaudimos la suerte de tenernos
y cuidamos lo posiblemente frágil de eso.
Lo probable.
Lo dado.

No hubo signos de exclamación de más
ni de menos.
¡No!

Las cosas que decir nos las dijimos. No fue eso.
Elegimos las batallas o abandonamos a tiempo.

Lo que nos mató
nos terminó de matar
para mí
fue esa fiesta
de alguien más o menos cercano
en la que no pasaron cumbia.


domingo, 23 de abril de 2017

Amor instantáneo

Esta mañana decidí
que quiero amor instantáneo.
Instantáneo es una gran palabra
porque tiene “tan-tan” en el medio
que es como la onomatopeya
de instantáneo.


Quiero abrir un saquito,
echar agua caliente,
quizás en una taza con abrigo.
Un abrigo de crochet
tejido por otro
y vendido a sobreprecio.
Está bien,
la taza merece calidez.
Pero pará,
porque con el agua
se va a morir de calor.
No, cómo le va a pasar algo a una taza.
Es una taza.
Se llena,
se lava
o se rompe.
No le puede pasar nada más a una taza.


Me preparo amor
en una taza monótona y acalorada
y me lo tomo.
Y de repente,
te juro,
no sé cómo,
pero de repente
el abrigo lo tengo yo,
yo que estaba en bolas
porque vivo en bolas
con una torerita crochet
con la cara de un gato.
Te juro, estaba en bolas y con el abrigo
juro mucho yo,
te juro
el gato
todo estirado en mis tetas,
no como cuando
decís tetas y es sensual
como cuando lo decís
sin corpiño y cenando de un tupper
cenando un enlatado,
arvejas y reducción de aceto
re cara está la reducción.
Y yo con las tetas apagadas,
con las tetas en la B.


Me tomo el amor
me quedo con el abrigo
y espero.
Pero la espera
no tiene onomatopeya en el medio,
cuando esperás estás
re en la ese
ssssssss
Re en la ese
Re en la ese
Te preguntás qué pasa
que no pasa el amor.
Re en la ese
hasta que pasás a la pe.
Que está ahí
en esa parte de la espera
no como onomatopeya pero como
sinécdoque.
¿Es sinécdoque?
Como sinécdoque
de Stop.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Pero a los vientos de odio, yo me quiero enfrentar

Le dice que ese chico no la podría hacer feliz nunca. Lo describe físicamente, como remitiendo a o reforzando lo anterior pero después, cuando le preguntamos qué tiene que ver con la felicidad a brindar, dice que no hablaba de eso, que además, dice.
En algún momento alguien tira, también conectado pero no, que ojo que hay mucho forro creyéndose superhéroe por jactarse de frontal. El problema y consecuente llanto de Laura pierde protagonismo frente a todas las búsquedas menores pero inevitables del resto.

¿Y vos a quién podrías hacer feliz?

Una foto publicada por Lucas Garcia Molinari (@_lucasgm_) el


Ver a una mujer llorando te dobla en dos, si tenés algo de alma te tiene que doblar; le dice otro, afuera, fumando un pucho. Somos el peor grupo de amigos de la historia. La escena de casa alquilada, una maceta huérfana, computadora en el piso casi sin batería, un poster mediano, puf y balcón chico pide una genuidad que no podemos darle. Nos aferramos a lo mixto que se rompe en cada conversación porque, contra toda batalla que nos empecinamos en dar, los chabones son muy chabones y las minas somos muy minas. Así lo describimos cuando acordamos en desacordar. Nos parece simpático. En el fondo es de lo más nocivo.

Laura sufre por un tipo que no la quiere. Laura sufre porque un tipo no la quiere. No sé si es lo mismo. Para mí lo doloroso es que no te quieran, no quién no te quiere. Porque me van a volver a no querer, y a vos también Laura, y se va sentir igual de mierda. Las traiciones, las peleas, el medalomismismo extremo, la ausencia, todo se lee así.

No
me
quieren.

Eso no se lo digo porque sé que lo sabe y para qué rociar de alcohol las heridas. Lo que no entendemos, ella y yo, es de dónde sacamos estas ganas, entonces. Cómo alimentamos, sobre la nada misma, esta incontinencia por hablarte, verte, una foto, todas las fantasías. Alguien nos dijo que hay que aferrarse a la persona que te extienda los límites de la imaginación y le hicimos caso de más. Los consejos con ‘hay que’ acá se rematan. Se donan.

Miramos actividad variada de la ex. Alguien dice que es hermosa. Otro lo codea con fuerza. El primero se redime con un torpeza intencional que da asco. Con ese tono medio de maestra jardinera mezclado con soniditos tipo “ndt” de comprar tiempo para sobre explicarse.
“Somos amigos de grupo”, digo yo cuando hablo del frontal, pero la verdad es que me parece una bosta.

Cuando me da una mano me siento medio culpable por pensarlo así. Cuando me dice que estoy linda le creo más que otras personas. Debe ser porque lo dice poco.

Todo lo que nos gusta nos hace su víctima.

Lo digo en voz alta. Nadie reflexiona al respecto porque nadie siguió mi camino hasta ahí porque fue mental y porque es vergonzoso.

Laura sigue llorando. El resto está en la suya. Cada tanto vuela una autorreferencia que viene forzosamente al caso.


Yo pienso en que me encantaría desarrollar la inmunidad de la que se habló en el balcón, sobre todo, para el propio llanto.