martes, 19 de diciembre de 2017

Casa

Se levantó por segunda vez a preguntar cuánto faltaba. En esta oportunidad, el conductor respondió sin mirar, ni el reloj ni a él.
—Seis horas y media, masomenos. El clima nos demora, está difícil la ruta y no quiero hacer cagadas, viste.
Volvió a su asiento, pasillo número 28.


Disponer de mucho tiempo libre agudiza lo teórico de cada quien. Todas las ideas concluyen en urgentes e impostergables pero no se hace nada por ninguna, y eso, en ocasiones, se desdobla en saciar las ganas de lo innecesario. Tener, sea lo que sea, casi siempre calma. Llovía enfáticamente. Lo pudo ver y además lo dijo una señora en el asiento de atrás. Y las señoras saben mucho de la lluvia. A veces la lluvia funciona como inhibidora de cosas y de esas veces hay veces que está bueno que así sea. Pero no de noche. De noche llueve algunos nos demandaríamos por abandono de persona. En su libreta tenía escrito: “Ya nadie sabe con qué cautela nombrar el desencuentro. La falsa ilusión de que se está yendo por buen camino, en cualquiera de sus formas: las cenas livianas, no tener televisión, los desintereses, los desintereses compartidos, estar mejor solos, tener un nombre que lleva tilde, indexar con números romanos”. Cuando volvió a sentarse, agregó “Llegar a la edad en la que uno habla de su familia como si no fuera parte”.


Esas ilusiones las había comprado todas y con creces. Su universo se constituía de lo que creía que en algún punto hacía bien, no de lo que comprobaba. Puntualmente eso era lo que daba sentido a la situación, a ese asiento pasillo número 28 ocupado por él y no otro: que la confianza en esos pasos hacia la felicidad se desmoronaba.


A su familia no la veía hacía años. No sabía si seguían viviendo en la misma casa en la que se había criado. No sabía si lo reconocerían, si a su mamá le caería bien o mal verlo, o, peor, le sería indistinto; si estaría emocionada. No podía responder por qué estaba yendo y eso, todo eso, lo hacía pararse cada poco menos de una hora a preguntar en cuánto llegarían.


La ventana detrás de la señora que se sentaba al lado suyo tenía dibujado el patrón de gotas que el viento iba dictando. Hace eso con la lluvia el viento, forma un sistema como de venas, y una gota lleva a la otra que lleva a la otra y se forman líneas de agua interconectadas que se van alimentando en camaradería pura, como hormigas, como las hormigas que morirían ahogadas con una sola de esas gotas.


Supuso que del lado de la ventana, con la mirada vacía pero fija, los viajes de larga distancia se parecían mucho al insomnio.


Los carteles y la señalética eran pobres. El asfalto debía oler a calor húmedo mezclado con calor baldío. Pensaba en todos los pueblos que iban pasando por su costado izquierdo y la gente que seguramente dormía la siesta. Vio pasar perros perdidos, carteles de perros perdidos y carteles de perros encontrados.


Los pájaros no cantan cuando llueve pero igual arriba del micro no los habría escuchado. Si no hubiera sido por esa circulación abierta de agua en la ventana, le habría resultado difícil encontrar un edificio lo suficientemente oscuro o monocromático como para ver la lluvia. Ver cuánta lluvia. Habría sido agotador a la vista identificar las gotitas, como una capa de jaspeado hecha en posproducción entre la ventana y la torre de enfrente, cualquiera fuera. El día tendía al gris. Algunos pasajeros ya tenían la luz prendida y algunos pájaros, afuera, iban y volvían como si nada. Volaban por ninguna causa. Pocos se animan a tener causa con un día así. Ver la lluvia es un capricho. No hay que ver la lluvia para afirmarla.

A esa altura, en lo que suponía era el tercer cuarto del tramo, el encierro le produjo excesivo aburrimiento y la incomodidad, la incertidumbre y la escasez de recursos de todo tipo le provocaron esa forma de pensar en círculo, que uno supondría cómoda pero que genera absoluta inseguridad. Llegada determinada idea, volvía a empezar. Eventualmente, el sorteo de temas específicos (la mayoría en torno a ese viaje) se volvía inconsciente.


“Argentina es un país enorme” dice alguien, mientras explica que el producto bruto interno de Buenos Aires puede bancar al resto del país. Argentina es un país enorme, dice, como si eso fuera en sí mismo positivo o beneficioso. Y uno siempre se está perdiendo de algo. Y estar ahí sentado revolvía eso, el pensar que podría haber ocupado las horas infinitas que llevaba arriba del micro en actos nobles, mejores, que en algún punto fueran a cambiar el mundo. Una meta más ambiciosa, de mayor alcance que el simple hecho de intentar resolverse. Cuando se está bien, estas cosas no se sedentarizan en ninguna parte del cerebro. Uno puede ser feliz sin advertirlo. Es, en cambio, ineludible darse cuenta de que no se es feliz.


Delante suyo estaba sentada una muchacha con una beba de no más de tres años. Tenía un yeso la nena. El yeso más chico que había visto en su vida. Imaginó el grosor despreciable de sus huesos, como los de un pedazo de pollo que podían partirse con una mano, y tuvo una sensación de entre miedo e impresión. El yeso confirmaba la fragilidad. Le dio la mano, ella se la llevó a su cabeza y empezó a sacudirla, como si hubiera invertido los términos del proceso de un mimo.


Kilómetro 149, hola mil. El libro de poemas que le había dado un amigo era más inevitable que cualquier otro adjetivo. Se paró de vuelta y se volvió a sentar. Notó que un señor de lentes parecido a un fisiatra que lo había atendido y también al actor de las películas de Tarantino que hace de Mr. Pink en Perros de la Calle lo miraba agotado por su impaciencia. Eran dos hombres solos y cansados que se empecinaban en mantener la apatía. Un cartel de ropa interior gastado por el sol que ya se había ido tenía a una chica con el mismo pelo que ella. Un pelo parecido, al menos. Inmediatamente se castigó por mirar el pelo en una gráfica de una chica casi desnuda. Extrañar deforma el resto de las cosas, el sentido de las cosas y el propósito de las cosas. Eso también lo anotó.


Una chica, del otro lado del micro, en su diagonal, se sacaba fotos. Se sacudía el pelo y torcía la cabeza cuarenta y cinco grados en su dirección, tensaba los músculos de su cara de manera tal que la nariz se afinaba hacia abajo y la boca quedaba estupefacta hacia afuera. Nariz larga, boca voluptuosa, cabeza torcida y pelo entreverado, esa era la fórmula.


En el libro había un poema que hablaba del título de un libro de Pablo Ramos que se llamaba Hasta que puedas quererte solo. No decía de qué trataba el libro, sólo desgranaba el título. Abrió su libreta y escribió una carta que mencionaba al poema que hablaba del libro de Ramos. Contaba eso mismo que pasaba, ahora en el kilómetro 193; y hablaba también de esperar. Una parte decía que era como si el micro estuviera viajando al pasado y ese pasado fuera una tarde en el patio de su casa. Todo el pasado en una tarde. Describió eso y en la mitad del relato se dio cuenta de que probablemente estuviera inventando, ningún patio real podía ser así de inverosímil y ningún patio verosímil era el patio real. Después de un blanco activo, escribió Te recuerdo, Carla, ideal. ¿Allí también estará lloviendo o ni con eso puedo contar? Creo que acabo de ver pasar tu pelo. Me está costando recordar. Me está costando creer, en realidad, en lo fidedigno de mis añoranzas. Vislumbro a lo lejos y fuera de foco lo que fue, pero de cerca sigo lo que imagino. ¿Cómo era mi patio, te acordás? Qué omnipotente me ponía tenerte cerca. No sé qué hará mi cabeza con tus defectos pero el proceso de edición es, me le atrevo a esta idea, mágico. Recuerdo tus ojos grandes de un verde profundo, así que es probable que sean más bien achinados, oscuros, con cada pupila indivisible de su iris. Recuerdo que nos reíamos. Ay, cuánto nos reíamos, Carla. Poco, quizás. La trama se redefine en cada evocación. Lo difuso del fondo se vuelve de dudosa existencia, lo claro del frente se destartala. Como ese auto viejo que manejabas. O del que hablabas. Que mencionaste. Que tenía tu papá. No sé, hay tanto que ya no sé. Cómo dormir sin vos, por ejemplo. Mucho menos despertarme. Nunca pasamos la noche juntos, pero con recordar no me alcanza y entonces me es inevitable acudir al deseo. Por eso, Carla, te recuerdo ideal. Porque siempre, esos tres o cuatro encuentros, quise (necesité) que lo fueras. Al final, vivimos en la sombra de lo que recuerda otro. Y la memoria es como la vida últil de un nosotros del que no sé si puedo hablar. Yo no sé cómo me delinea tu memoria, pero igual en este caso el otro soy yo.
La dobló en dos y la guardó en la mochila.


Kilómetro mil. Hora un millón. La nena se volvió a dar vuelta y él, como si estuviera frente a una deidad, le ofreció su cabeza. Cuando están tranquilos, los chicos chicos son algo en que creer, por lo menos cuando se vive en el infortunio de no creer en nada. La nena puso la mano y la movió aumentando la intensidad hasta terminar agarrándolo del pelo. Ya no eran mimos al revés. Intervino la madre, pidió perdón y le dijo a su hija que se comportara. Él y la nena se miraron lamentando el final. La madre le dijo el nombre, pero él no alcanzó a entender cuál era. Algo con -ina. Martina, Carolina, algo así. Para él la nena tenía cara de Florencia. Ese encuentro entre la fila 27 y la suya se repitió en esa hora, hora y media, unas cuatro veces más. La secuencia no logró nunca ser tan encantadora como la primera vez; la nena usaba fuerza de más, o el yeso molestaba, o daba palmas en vez de caricias, o le tocaba la cara. En cada una, él trataba de acomodarse de modo que Florencia pudiera mantener su mano mientras él negaba, tal cual había sido cuando se conocieron (aunque con roles invertidos); pero todo se sucedió torpemente. Tuvo una sensación parecida a intentar abrir la puerta de un auto a la par de alguien que intenta destrabarla, una y otra vez hasta que el que está afuera domina la breve espera o se va caminando. Eso, pero indefinidamente sostenido en el tiempo, como todo lo que sucedía en el micro. Y nunca nadie se va caminando. No se puede, es irreal, y hay momentos para la fantasía y momentos para la realidad.


La señora de al lado suyo se despertó. Le pidió permiso para pasar. Al poco tiempo volvió. En vez de pedirle permiso le tocó el hombro. Advirtió entonces que hace mucho no tenía el más mínimo contacto con otra piel, sin contar a la bebé de los mimos reversibles. Le pregunto por dónde estaban. No supo responder. Le preguntó si ya habían entregado el snack. Dijo que no. Mr. Pink tosió como queriendo contestar por él o participar de algún modo. Revoleó los ojos y los dirigió después a su lectura. La señora le preguntó si habían apagado el aire, y en vez de responder, él le mostró cómo prender y cómo modificar la dirección de la ventilación. La señora sonrió. Él también. El circuito de venas de agua se había secado casi por completo, dejando una estela de mugre, probablemente hasta la próxima lluvia.


Pero ya no estaban guardándose de la lluvia, cosa que es inevitable y casi instintivo cuando llueve; y algo podía verse, el camino que pasaba. Qué ansiedad y qué peligrosa la rectitud de la ruta. Lo ilegible de una ruta que no dobla. Ya no estaban guardándose de la lluvia y entonces algunos mínimos que habían sido desestabilizados por ese fenómeno se calmaron. La lluvia, en tanto funcionamiento de las personas, no es del orden de lo arrasador, al contrario, se concentra en esos mínimos fundamentales. La lluvia trabaja como las hormigas que mata. La lluvia como la nostalgia de la naturaleza. La lluvia es hermosa siempre y cuando no esté lloviendo. En eso se parece a viajar. A la idea de irse como algo indefectiblemente positivo, un cambio en la dirección acertada, paz, respiración, vacaciones, descanso, no hay búsqueda permanente que titile; pero cuando se está de viaje, la ilusión de transitar un agujero negro de felicidad se ve entorpecida por los lomos de burro que tiene la realidad, y la apertura de cabeza quizá no sea favorable, y hay fichas que caen y son imposibles de atajar.


Viajar abre la cabeza. Un ladrillazo también.


La nena finalmente dormía. La gran mayoría. Había pocas luces encendidas. El ruido ambiente era casi imperceptible y a la vez demoledor.


Sacó el celular. Tardó alrededor de dos o tres minutos en darse cuenta de que no tenía ni señal ni a quién llamar. Se paró a preguntar una vez más, caminó de vuelta, la señora le preguntó la hora, dijo que no sabía; le preguntó si faltaba mucho, dijo que no sabía; le preguntó a dónde iba, hizo una pausa y dijo que no sabía.


Cuando por fin volvió a tomar asiento, tras la inquisición, deseó, más que cualquier cosa que había deseado en ese viaje de larga, larguísima distancia, un té común. Pedir un té común, algo común, normalidad.
Porque, además, para qué las infusiones sino para hacernos sentir cerca de casa.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El jet lag emocional de los artistas

Veronika es promesa, pero es real. Es tan real que me gustaría tener la capacidad de haberla inventado, tan real que es sospechosamente real, que es estereotipo o quizá arquetipo de ella misma. Todos somos únicos pero, si existieran grados de unicidad, ella sería más. Una vez un amigo leyó un poema sobre una chica que se llamaba Verónica Similitud, que terminaba con ella pasando en bici y un muchacho comentándole a otro “ahí va, la vero similitud”. Mi Veronika, creo yo, es la de esa historia.

Cómo es Veronika en la realidad poco importa. Podría contar que es alta, avasallante, muy alta, intensa pero no más que alta, o quizá sí y no lo sé, y africana. En ese orden. En realidad lo de africana no está chequeado, vale aclarar, pero es algo de lo que evidentemente me convencí al mirarla. Veronika habita por la madrugada un balcón abandonado. Cómo es eso, explico: tiene siete macetas, la mitad vacías, la mitad con plantas muertas. Tiene un baúl con la pintura saltada al cual el tiempo (o el mundo, si es que son cosas distintas) puso de moda. Creo que esto último a Veronika la tiene sin cuidado. Arriba del baúl, dos copas, un cenicero más bien chato con forma de tortuga, es decir que las cenizas van a parar a donde estaría el caparazón, pero que en su lugar hay un receptáculo cóncavo; y una caja de cigarrillos. No sé si copas rotativas, eso no sé. Algunos cajones parados y acostados de esos en los que se carga la fruta, también (los parados tienen cosas arriba, y están torcidos, diría que resistiendo pero advirtiendo a la vez). Lo único vivo de aquel balcón es un atril con un bastidor en el que puedo ver una cara. Todo el resto es una invitación abierta a la reproducción incesante del mosquito que lleva el dengue. (Nombre en latín no escribo, prefiero ni siquiera levantar tanto vuelo).


No sé si es su cara.

Creyendo o jugando a que Veronika instala objetos en su balcón para que yo distinga qué cambió respecto de ayer, sólo puedo decir que en la mañana del primero de enero vi una botella de champagne detrás de una de las copas. El resto de los días todo permanece quieto e intacto como en una fotografía. La pintura avanza pero no veo cuándo. Probablemente la premisa de que ver es ser visto no se ajuste a ella (como tantas otras cosas), y entonces nunca se pregunte por mí.

Tiene ese jet lag emocional de los artistas, Veronika. Vive en un constante entrar a trabajar tan temprano que es de noche, pero todo lo contrario. No sé cómo desarrollar esta idea, la sensación de que a uno le vendieron un reloj fallado: se despierta de noche, se acuesta de noche; el día es un norte que lo agarra sin brújula pero con vientito en la cara. Pero a veces está todo bien y el desubicado es el mundo.

La única conclusión a la que puedo arribar, después de meses de observación por nuestros balcones linderos, es que probablemente Veronika no tenga ninguna remera con una frase motivacional impresa. Realmente es lo único que me atrevería a afirmar. En efecto llego, a mi edad, a la defensa de un total módico de dos supuestos: por un lado, que quizá el mal menor nunca triunfa porque no existe (el mal, como tal, nunca puede ser menor), y por el otro que uno sólo se atreve a aseverar lo ambiguo o, peor, lo en absoluto relevante.

Decía entonces, su destiempo. La descubrí una mañana, cinco minutos antes de que sonara la alarma (puesta para las 07:10), porque compartimos la pared del respaldo de nuestras camas. No fue en simultáneo, me enteré de que tenía una vecina antes de enterarme de que Veronika era mi vecina. Supe, al despertarme por los ruidos, que existía una vecina y que cogía en inglés. Quizás ustedes piensen qué gracioso, o qué simpático resulta eso, una película pornográfica acá al lado, “Oh, god”, “Yes, yes”, el mismísimo abandono, por lo menos para los castellanos, de la vero similitud. Insisto en que esta idea no es mía porque nadie es dueño de las palabras pero sí de los universos que construye con ellas. Para esta historia, entonces, tomo por lo menos dos universos prestados. Su compañero era un varón eficaz o eficiente. La de las dos que involucre la variable de (poco) tiempo. En el mundo irónico en el que vivo con Veronika, ese que va en paralelo, una alarma suena para comenzar el día y ella se va a dormir después de coger.

La primera vez que nos vimos yo estaba saliendo del edificio a pasear al perro y ella entraba. “Houla” me dijo, con ese español exageradamente pronunciado de los angloparlantes, mientras meneaba la mano de izquierda a derecha. Nunca entenderé por qué el extranjero, sea uno u otro, se comunica como si el interlocutor fuera en algún punto retardado. El ritmo de lo que se dice baja, de repente nuestro lenguaje es algo parecido a la geolocalización, y los gestos acompañan en demasía. El circo del saludo me brindó Veronika. Me preguntó mi nombre, el del perro, y me dijo el suyo. Pedí perdón por los ladridos, me devolvió una sonrisa desde lo alto de su cabeza, y seguimos cada quien en su dirección.

Desde allá arriba todos debemos parecer de juguete. Se me ocurrió hace poco que Veronika debe sentirse como se sienten algunos gordos que adelgazan. Esa idea de “estás” flaco, pero sos gordo. Veronika no puede sino ser ella, así, pase lo que pase, diga lo que diga y haga lo que haga.

Dos o tres veces más nos encontramos en nuestros balcones. Me vio regar las plantas en un remerón agujereado por polillas y bombardeado por lavandina. No creo que haya notado eso. Siempre está con una chica oriental. Cuando no sé de dónde es exactamente alguien de ojos rasgados, y para no ofender, digo ‘oriental’. Me avergüenza pero tampoco aprendo lo básico para revertirlo. El otro día esa chica trajo a un perro que miró al mío de una reja a la otra y lo ignoró. Es terrible eso, cuando reconocen la presencia de uno y eligen deliberadamente seguir de largo. Suerte que el perro no entiende de desinterés, mucho menos da cuenta de que es una forma sutil de desprecio.

A eso de las diez de la mañana la escucho vomitar o forzar la garganta en el intento. Dos veces a la semana, masomenos. Siempre pienso lo mismo: ¿enferma o bulímica? Bulímica es enferma también, pero cuando me pregunto si está enferma es porque me la imagino descompuesta, abrazada al inodoro, con malestar, tosiendo sangre, limpiando los rastros para que el tipo que escuché agitando el respaldo de su cama hace un par de horas no sepa nada; Moulin Rouge y la mar en coche. Ese enferma.

Conozco y construyo a Veronika yeso mediante, vidrio mediante, precipicio mediante. Apenas me advierte. Quemo todos mis cartuchos escribiendo sobre ella porque suelo despilfarrar romanticismo en lo que con mucha suerte sabe que existo. Imagino que le toco el timbre con alguna excusa sobre su pintura, la del atril del balcón. Le pregunto si es un autorretrato. Temo ofenderla, también supongo que no se ofende con las pavadas que yo pueda llegar a decirle. Me siento en la única silla que tiene en el balcón, con un saco negro colgado del respaldo que está ahí desde que me mudé y que no sé si es de ella, de la amiga, de alguna de sus parejas sexuales. Supongo que no siempre es el mismo tipo porque una vez la vi por la cuadra con un mozo de ahí de Los Arroyos y otra vez con un desconocido (para mí). De vuelta, estos siete mil y pico de caracteres son pura conjetura. Sólo puedo afirmar que Veronika existe y se empecina en confirmarse sólida, humana como quien nunca se preguntó por qué carajo es humano, como quien cree que no tiene una misión en la Tierra que cumplir antes de morir, su misión es existir, sobrevivir, batallar la entropía, su misión es llevar como una campeona el hecho de que todo el tiempo nos estamos casi muriendo.

Pienso en que le toco el timbre, entonces, y desde su altura me sonríe. Ella siempre sonríe. Su frescura es, diría, incorregible. Y se le caen las llaves y se agacha a buscarlas y me mira, con la cabeza torcida, en cuclillas, desde abajo. Sostiene la mirada muy consciente de lo que está haciendo. Yo miro para abajo y ella mira para arriba, por un par de segundos congelados. ¿Es que realmente me acostumbré tanto a occidente que todo esto me resulta raro, sospechoso, en algún punto provocador? ¿África es oriente u occidente? ¿Hay gran diferencia en el mísero minuto de bienvenida a un hogar entre un angoleño viviendo en Argentina y, pongamos, un chileno viviendo en Tuvalu? No conozco chilenos. Ni oriente. No conozco Tuvalu. No conozco a Veronika.

Toda esta introducción de su persona viene a colación de lo siguiente: hace como quince noches la escuché llorando. Increíble. Quizá con un par de horas más me hubiera atrevido a afirmar que era de las personas que canalizan con cualquier cosa, por cualquier lado, menos llorando. Veronika, para mí, jamás se había detenido a pensar en cuándo mierda llegarían las buenas; pregunta que, de una forma u otra, subyace a cualquier llanto. Era bien de noche. Yo no me había ido a dormir todavía porque estaba viendo qué pasaba con Milazzo, el cabo suelto de la Brigada B de Los Simuladores (estaba viendo Los Simuladores catorce años después, sí. No se pone viejo excepto porque un cartel en el taxi indica que el viaje a Ezeiza sale $20, y un vendedor le responde al Puma Goity que tal libro cuesta $6). Salí al balcón. La vi, me vio. Volví a entrar. Pensé en si necesitaría la basta privacidad que brinda el propio balcón. Por más de que el suyo estuviera sequísimo. Pensé en si interpretaría mi media vuelta como indiferencia. Qué forma salvaje toma a veces la indiferencia, pensé. Prendí la luz y volví a salir.

lunes, 16 de octubre de 2017

Las partes frías



Miro la cama deshecha que me dice che, bien, superaste esa idea del amor. Me dice que hay un montón de cosas para hablar sobre el amor, hay edades, vueltas a la manzana, etapas, palabrerío, latas de cerveza, insomnios como este, los nietos. Que basta de bailar sólo con lo que duele y acordarse para siempre de qué canción estaba sonando.


Basta de hablar de las cosas que llegan a los treinta, de las cosas que se acomodan. Basta de los treinta son los nuevos veinte. A veces, de algo nuevo, me importa más lo algo que lo nuevo. Espero tantas respuestas de los treinta que me faltan cuatro años y ya estoy decepcionada. Espero respuestas de los cuarenta entonces pero están a más de una década y en el medio qué. Miro la cama deshecha que me dice tranquila, a los treinta no pasa nada, si no llegás más bien millonaria y viviendo con alguien son puros miedos de pique corto, un par de edificios se caen pero barrés y seguís.


Miro la cama deshecha y le sacaría mil fotos. Me dice viste, hay algo acá que enamora hasta al más metódico.


Me imagino planillas de excel derritiéndose, alguna esperando ser eso un día, la seducción, el canto. La cama deshecha y su factor sirena. El idilio del chat, los audios interrumpidos con secuencias de vida real, la ilusión de que hay algo más y lo vamos a poder sostener.


No cargaría el celular nunca más. Pará, me dice, tampoco el veganismo emocional y esa idea falsa de que los grupos de whatsapp, los mails de promociones entre fechas imposibles y las cosas que piden actualización son la raíz de todos los males. No lo cargues de noche y listo, me dice, pero no termines insolada de pelotudeces.


Una sirena que se llame vértigo.


Dicen del vértigo que lo que da pánico es la sensación de que la altura tienta, succiona. El vértigo es en realidad el miedo a las ganas de tirarse y la cama deshecha tiene un poco de eso, y si me la estuviera encarando en un bar, se reiría, me haría una caricia seguida de una palmadita, media vuelta a la izquierda y nunca más volvería a mirar. Qué andar la cama deshecha, la seguiría hasta el fin del mundo con la idea en la cabeza de esta mina me va a hacer sufrir, pensando esta mina me va a hacer sufrir y pensándolo como algo positivo. Basta, mamita, me dice. Basta de aspirar al sufrimiento. Ya fueron los dosmil, agarrarse la cara cuando pasa alguien que te gusta con gesto de por qué dios, por qué existís, no lo puedo creer; ya todo eso es una publicidad de cerveza devaluada. Me alegra que todo el mundo simbólico de la cerveza ya no sea importante, nos libera de una juventud pedorra.


Miro la cama deshecha y no pretendo.

Qué linda está la cama deshecha. Qué bien le queda lo revoltoso y la mezcla de inquietud con calor con la búsqueda automática, la búsqueda incorregible de otro cuerpo en algún lado, las varias capas de subconsciente, las personas que nunca soñaron acá pero yo sí soñé con ellas. Las partes frías: la calma.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Warnes

Ayer a la madrugada hubo otra batalla. Los truenos estallaron y el perro salió a ladrarles al balcón. Siempre lo mismo, el lomo se le eriza, empieza a respirar agitado y como respira agitado se le marcan todas las costillas, en las piernas se le marcan los músculos, los ojos miran al cielo, ladra y gira sobre sí, se atolondra, salta, se vuelve un poco gracioso, va de un lado del balcón al otro, que no quede baldosa sin pisar. A esta casa no le va a pasar nada, algo así debe pensar. Yo lo llamo desde la cama sin ganas de pararme pero pensando en los vecinos sin perro me lo traigo. Ni me mira, se queda sentado gruñendo por lo bajo. El temporal pasa y el perro descansa su sentido de alerta.


Creo que en Warnes se detuvo el tiempo. La gente habla por nextel y los mecánicos no tienen precios fijos sino que te lo dejan a tanto. Las ruedas levantan más polvo ahí que en otras calles.
-¿No te pasa que, a priori, que el tiempo se detenga parece algo bueno?
-No.
-Che me cansa preguntarme qué quiero decir con lo que digo.
Otro lugar en el que no pasa el tiempo es en los infomerciales. Hace años que para una Nancy o una Pamela todo es genial y sorprendente.
-¿Te imaginás que el tiempo es onda un maratonista que viene al palo, llega a Warnes y camina? A paso lento, como turisteando, ¿ubicás? Warnes en sepia, chabón. Va al kiosco y con veinticinco centavos se lleva cinco bazooka, dos de banana dos de menta y uno tutti frutti. Los chistes de adentro son juegos de palabras y el horóscopo en el margen dice que no hay apuro, que vas a llegar cuando tengas que llegar. Todo cierra para el tipo.


Hoy cuando bajé al perro seguía lloviendo. Odia mear cuando llueve. Le dije ‘sí, es terrible, acá llueve y en esa cuadra también y en la otra que vamos a hacer también’ porque, como dijo Paz, somos todos los mismos pelotudos viendo qué onda en un continuo que no tiene sentido, que lo buscamos en lo que hacemos y en otros pero que el sentido en realidad no llega y termina dándolo esa búsqueda. Con suerte.


Yo tuve, tengo. A veces pienso que no merezco la suerte que tengo. Mi vieja me quiso un montón, viajamos juntas en subte, no hubo mambos de plata, amigas amigos un buen primer amor un gran primer novio, desamores exacerbados por la edad, por las hormonas, porque en ese momento el dolor era lo único a atender y como todo lo único más vale que pese. Entonces a conciencia trato de ser buena piba, para ganarme esa suerte. Pero el recorrido me ensucia, prestarse atención a veces está mal. No por lo egocéntrico de la cuestión, eso aparte, pero a veces es piola ser irrespetuoso con uno porque si no después te comés el personaje y ojo con ese viaje.


Llega el maratonista a Warnes y Tres Arroyos, frena, está agitado, su shorcito tiene como picos para adentro en la parte de abajo, abajo de la cadera, donde termina el short, como que de repente sube, vértice, y vuelve a bajar y sigue el short. Un valle ahí, se usa supongo, o cómo es práctico no lo entiendo. Eso y un algo flúo, la marca es. Se agacha un poco y se toma las rodillas. Mira para arriba. Una señora pasa con sus hijos que salen de tae kwon do y un portero le hace seña de karateka al chico y el chico se la devuelve, le explica a la madre que es por lo que tiene puesto, como un código que comparten, le cuenta del significado del cinturón amarillo y hace así y asá trabando las palmas. La madre se interesa poco, está agotada y el pibe no para de hablar. El pibe lee todos los carteles: sssssscennnntrrrrrro de sussssspennnnsíonnnn y tttrrrrrrrennnnn deeeeelaaaaanteeeero. La lectura más quieta jamás lograda, si es que existe tal cosa.



El maratonista delante de un cartel de Pirelli para la foto y algo con la idea de arrancar. Una foto. Todo es una foto en Avenida Warnes porque tiene lo pintoresco del paso del tiempo + poca inversión en fachada. El desinterés (ese al menos) es atractivo.


Hay un mundo detrás de decir que alguien se dejó estar. ¿Dónde? ¿Se puede eso? Haber sabido.
La lluvia que no para (en realidad nada para). El perro quiere escaparse, no sabe a dónde. Supongo que se busca la soledad bien ponderada y todo lo demás sencillamente llega, pero no hay apuro.

jueves, 17 de agosto de 2017

To-do list

Laburar pero hacerse rato para los amigos mantenerse informado también comer sano hacer ejercicio leer a muertos y a argentinos y a muertos argentinos dormir 8 horas incorporar el lenguaje inclusivo aunque sea con la barra entender más adelante que hay otros géneros además de esos dos tratar de que la comprensión no te devore, la medida justa de existencialismo pero sin que tire a la depresión ser trivial cada tanto reír de chistes malos cada tanto hacer chistes malos mirar el bailando pero sin cosificar, tampoco hace falta decir que es un producto superador porque nadie es más ni menos que el bailando igual es una boludez pero todo lo demás también ojo con lo que te molesta y ojo con que te moleste que tal cosa moleste porque si no entrás en ese juego y al final lo binario es así buscarle grises es demasiado insumo de energía para una persona pero todo empieza por una persona, definirse, qué difícil, viste que en el futuro dicen que vamos a ser todos todas todes bisexuales no, no puedo con el lenguaje esa pelea la abandono pero pará quién dice eso que dicen, no sé, dicen; pero igual estamos en el presente y yo no soy bisexual no tengo nada tampoco contra los bisexuales no aclares esas cosas que queda medio facho escuchame, ¿posta soy la primera judía con la que cogés? ¿Y no tenés amigos judíos? No quiero pero sólo puedo pensar en que tu familia me odiaría un poco si me conociera la nariz me delata el apellido también igual nunca niego que soy judía pero bueno los viejos algunos son incorregibles no, incorregibles las pelotas, con ganas de aprender cualquiera puede cambiar de opinión estamos cambiando de opinión todo el tiempo y a veces como que nos enfilamos detrás de alguien que pensamos que siempre tiene razón pero cuidado con eso también está bueno pensar por uno mismo, sí, pero hay líderes buenos, una vez nati me dijo que al laburo entrás por la empresa y te vas por tu jefe bueno capaz en el feminismo es lo mismo qué, ¿no estábamos hablando de feminismo? Para mí sos bisexual sólo que no te permitís darte cuenta como dicen los peronistas viste no, pero yo no soy peronista, bueno pero no lo ventiles porque acá van a pensar que votaste el hijo de puta este noo pero nada que ver y bueno es así lo binario y eso cada tanto mechá un comentario que nada que ver como para descomprimir tipo hoy me puse un jean recién lavado que me hace un culo divino pero en un par de horas se me va a estirar y los pliegues como que me dejan rollitos de tela raros en la concha y se me hace pezuña buen no pasa nada la camisa es larga nadie me va a mirar la concha no, pero es obvio que de lo consciente que soy de que tengo eso ahí lo voy a decir y lo voy a mostrar y en la oficina se van a reír y capaz se vuelva “algo” como che hoy no te pusiste el jean que te hace rara la concha y no sé no quiero que me estén mirando la concha a diario pero medio que me lo busqué aunque también puedo decir ey basta con eso de la concha pero no quiero quedar ortiva tengo buena onda con todos estoy nueve horas por día acá, decir tanto concha te hace quedar guarra pero guarra mal no guarra que calienta, nueve horas más los grupos de whatsapp; uy los grupos, no opiné de nada hoy doscientos cincuenta y cinco mensajes bueno deben ser todas pavadas pero en el subte de vuelta leo igual a ver si alguien preguntó por mí, termino la botellita y salgo así completo los dos litros de agua diarios recomendados mientras reniego de hablar cada tanto un poco en inglés como acá con el título, todo antes de las diez que cierra el chino.

miércoles, 2 de agosto de 2017

tres coma catorce dieciséis


Un libro* con tu foto en la tapa me cuenta, entre otras cosas, que en sus comienzos como funcionario del peronismo tu papá pedía agua mineral para lavarse el pelo.

Agua
mineral
para lavarse
el pelo.

Sos eso también Carlitos. Eso también te tiene que haber marcado.

Esto, Carlitos, te lo digo a vos y me lo digo a mí: qué cagada que no elijamos nacer. Después nos taladran el cerebro con que debemos ser conscientes y hacernos cargo de las decisiones que tomamos; y esa, la fundante, el puntapié, no depende de nosotros. ¿Vos pensás que todos tenemos una misión? ¿Que venimos acá por algo, a cumplir algo? ¿Cuál es la tuya? ¿Cuál pensás que es la tuya? Ya sé que no sabés y que te fastidia pensarlo porque en algún punto te hace sentir inútil, porque todo en tu vida es involuntario y es incorregible. Porque vos, Carlitos, terminaste siendo tu propio villano. Porque estás loco pero no querés ser así y yo sé, te juro que sé, que a veces te preguntás si en algún momento del camino giraste mal y te perdiste o si sencillamente naciste sin camino, todo es binario y vos sos un número de coma infinita que nadie termina de decir, sos el “pi” de la humanidad, todos abandonamos en algún punto de nombrarte, de traerte.

A veces pienso en vos, en las personas como vos que capaz no es que necesitan un abrazo para salvarse pero sí como parche, para sortear el momento, cualquiera que sea. Pero me imagino que te doy un abrazo con miedo, como si la posibilidad de que me clavaras un puñal o que me metieras una piña seca en el estómago realmente existiera. ¿Si te abrazara me pegarías? ¿Sería un abrazo incómodo? ¿Lo terminarías vos precozmente con dos palmaditas en la espalda como diciendo “bueno…” o te fundirías conmigo en ese existencialismo vago de dos que se quieren pero no se conocen y no pueden afirmar nada más que la propia existencia y mil millones de miedos?

Hay tanto que no sabemos del otro. Por eso te escribo, no para conocerte sino porque no te conozco.

¿Te acordás de cuando te la pusiste con el auto?
¿Y de cuando te la pusiste con la moto?
¿Y de cuando te la pusiste otra vez con otro auto?

Y ahora para cebarte un mate por ejemplo tenés que hacer setenta y tres maniobras porque, contra todo pronóstico, no te moriste. No elegiste vivir y no te podés morir. No se me ocurre mayor calvario que sentirse obligado a ser. Y es parte de lo mismo, Carlitos, no podés sino estar vivo. Estás condenado a estar vivo.

Pero tonto no sos, no te creas. Porque al tonto no le da ni para sufrir. Y yo sé, te juro que sé, que el hecho de que todos tuvieran a su papá y a tu papá más que vos tiene que haber dolido. ¿Lo veías por la tele? ¿Deseabas, por ejemplo, sentarte en su falda? ¿Querías saludar desde algún balcón al lado suyo? Yo, Carlitos, tengo a mi papá conmigo desde siempre. Me quiere, me cuida, a veces reniego porque es muy torpe para la adversidad y cuando me pasa algo fuma mucho, me pregunta si necesito plata y me dice que tengo que seguir con mi vida. Y yo noto su ausencia emocional, no te creas, pero también noto que no me hace falta. Los papás, Carlitos, a veces están sobrevalorados. Pensamos que sin ellos no podemos, pero mirate vos, mirá cómo a pesar de luchar contra ello seguís vivo, fuiste preso, saliste, tomaste merca, dejaste, te pusiste violento, lloraste, te escapaste, te calmaste, te hiciste famoso por tener la pija enorme, no lo usaste lo suficiente, no supiste cómo o no quisiste, te escapaste, tomaste merca, te calmaste. Sobreviviste.

Tener a tu papá al lado en todos esos momentos de tu vida no habría cambiado nada. Esto es terrible, lo sé, pero no todo sirve para algo. A veces nos decimos que muchas cosas son producto del autoboicot, de padres ausentes, de pasados dolorosos porque qué paja atómica admitirnos otro fracaso, ¿no?

Porque si no encontramos culpables, los culpables somos nosotros.

De chico eras gordito. Yo también. Tu mamá te quiso mucho. La mía también. Hay días en los que me despierto re manija de tatuarme un elefante porque son mamíferos con bocha de cuidados maternales y además tienen conciencia de lo que es la muerte. Lloran las muertes, hacen duelos, protegen los cuerpos, extrañan, aman. Qué castigo hermoso es sentir, ¿no, Carlitos? Vos lo debés saber, por eso buscás apagarte con fierros y falopa. Si un día baja una nube y te dice: te doy toda tu infancia de vuelta con tres o cuatro modificaciones que vos quieras, o te doy cinco posibilidades de apagarte de acá a que te mueras, ¿vos qué elegís?

Pensalo, Carlitos. El pasado es un lugar hostil, sí, pero entre otras cosas porque usamos 'no tengo historia' para decir que algo no trae ningún problema. Y el futuro es lo interesante, lo que tememos con intriga. No, Carlitos, la nube no te deja cambiar el hoy. No podés ser feliz ahora. Ojalá, imaginate. Amor instantáneo. Tirás un polvito en una taza, agua caliente, te lo tomás y sentís la calma, el amparo de que eventualmente todo va a estar bien.

Yo no puedo decirte, Carlitos, que va a estar todo bien. No porque no quiera sino porque no lo sé. No sé si vas a llegar a viejo ni cómo. No sé si te quedan bien las canas, si vas a tratar tu pelo como lo hacía tu papá con el suyo, cuánto se arrugará tu piel, si tus lesiones producto de los choques te van a pasar factura con delay y un día realmente mover un dedo va a ser un laburazo infernal para vos. No sé si te vas a enamorar. No sé si enamorarte te va a salvar de algo. No sé si vas a tener amigos verdaderos, si tu familia te va a invitar a asados y preguntarte sobre las chicas, no sé si alguna tía te va a decir que están todas ciegas, que cómo no te van a dar bola. No te voy a mirar con pena nunca en la vida, te voy a aplaudir si algún día te tengo enfrente. Porque sobrevivir en un mundo que tiende al caos, que no puede sino sumirse en un desorden hipnótico que nos recuerda todo el tiempo que no, que no somos inmortales, que las cosas pasan y la gente deja de existir; sobrevivir bajo esas condiciones, Carlitos, es merecedor de un aplauso.

Y vos te vas a quedar mirándome, probablemente preguntándote qué hace esta pelotuda, y yo me voy a reír, y los dos vamos a tener menos de un segundo, medio segundo diría en el que pensemos que por ahí eso es el amor, que nos estamos enamorando o que ya es tarde para el gerundio, que estamos enamorados, pero para cuando lo queramos afirmar ese segundo va a haber terminado, vos me vas a decir que me suba a tu nave o a tu moto, me vas a dar un casco re pulenta, me vas a envolver mis manos alrededor de tu cintura y me vas a hacer tocarte un poco la pija pero sin decirme nada. Y quizá se dé, Carlitos. Quizá esa noche se cumpla. Quizá el viento en la cara, la ilusión de bienestar, lo crédulos que somos frente al momento, lo vulnerables que estamos a la idea del amor, lo peligroso que es el amor; quizá todo eso termine en lo que siempre quisiste, Carlitos. Quizás le acaricies la mejilla rosácea a la felicidad y, como buen villano, apenas sientas eso, te mueras.


*Carlitos Way, de Victoria De Masi. Editorial Tusquets.

domingo, 30 de julio de 2017

Nada como morir

Hace una semana anoté que llegar tres horas antes a un aeropuerto quizá se parezca un poco a morir. A lo banal de morir. Pienso lo mismo de los videos de segundos en los que dos personas posan para una foto que nunca se dispara,
aunque he hecho esos videos mientras quería,
y queriendo y estando cerca casi nada o,
no,
no casi nada
pero poco se parece a morir.


Le veo las canas a Martha Argerich en una pantalla que está perpendicular a mí. Veo un tercio de pantalla que muestra su cabeza moviéndose a medida que se mueve el piano o a medida que se mueve el sonido si es que existe tal cosa
que sí,
que claro que existe,
que al contrario,
lo que no existe es el sonido quieto.


Silencio absoluto.
Eso también se parece un poco a morir.


Dije que no me quería morir sin ver a Martha al piano y me dijeron que ella se iba a morir antes que yo. Fue como una respuesta automática del sentido. Como un estaré fuera de la oficina del pensar.
Pero sí, eso.
Silencio absoluto.


La lucidez también se parece a una parte de morir. A la de las respuestas.


A veces desando mal algunas cuestiones y doblo en cualquier lado y por ejemplo Martha Argerich me hace acordar a Juan Forn.


Me gusta la equivalencia silencio ~ respeto.


“Ahh, Chaicoski” dice una señora y esto se burla más de mí que de ella porque no sé cómo se escribe y no lo voy a buscar.
Me gusta ver a la gente con los ojos cerrados porque puedo sentir que conectan. Yo no conecto con los pianos pero sí con los que conectan con los pianos. Me dan ganas escribir cosas lindas para dedicarles.
“Escuchá hijo, esa es Martha Argerich” le dice a Marcos su papá mientras le agarra las dos rodillas que le tapan las orejas. Marcos tiene mejor vista que casi todos los de la plaza. Hombros vip. Les pregunto si les puedo sacar una foto y me dicen que sí y cuando la saco me dicen que sí, de vuelta, (pero) que mientras no la publique sí. Así que acá iría Marcos a los hombros de su viejo pero va mi palabra que es la que dí. La hermana de Marcos no entiende por qué quiero sacarles una foto. Ella está con los pies en el piso y dijo que esto es buenísimo dos veces. Envidié un total que construí con poco.
(¿Cuánto tiene que tener un total?)


Llamar a los hijos por el vínculo significa algo. Ellos lo sabrían explicar mejor que yo.


Muchas señoras y señores llevaron reposeras que nunca pudieron desplegar.


Silencio absoluto.
Marcos aplaude.
A Martha le entregan un ramo de flores,
que también tiene algo de morir,
pero ahí estamos todos.