jueves, 10 de abril de 2014

Palíndromo.

Y un día me la volví a encontrar. Y se estaba cogiendo a otro. Había pasado un tiempo prudente, tampoco tanto. Otras mujeres, sí, alguna más importante que la anterior. Ninguna ella.

Verla me causó, al principio por lo menos, intriga. Sabía cuánto me había amado y me preguntaba qué haría si yo me le acercara con intenciones de algo. Algo chiquito. Algo que quizá y probablemente ni llegara a ser.


Me acordé de la vez que me llamó llorando tres y media de la mañana porque había tenido una pesadilla.Y de cómo nos conocimos. Ella estaba de novia con un amigo de mi hermano. En ese entonces era unos kilos mayor pero tenía la misma sonrisa incómoda de estar rodeada de varones. Estábamos en la casa de un pibe en común. Supe a los pocos minutos de verla por primera vez que sería un problema hermoso para mí. Sentí ganas de besarla, después me refregué los ojos. Nada cambió. Comencé a acercarme y esperé reciprocidad. Esperé mucho. Y mientras esperaba, yo la amaba.

Finalmente fue mía. Éramos felices, pero en serio. Éramos de esas parejas compinches, compañeras. Ella era mi cómplice y yo el suyo.

Cuando terminamos no supe manejar el dolor así que dejé que me manejara a mí. Y el dolor chocó contra toda la que encontró. Vivía entre sábanas ajenas y pieles frías porque era lo único que me distraía. Las enamoraba y las rompía buscando que dejara de arder. Pero como no se puede tapar el sol con un dedo tuve que, más tarde que temprano, afrontar la tristeza de estar solo. De estar sin ella.

Deseaba que los días pasaran más rápido. Y mientras esperaba, yo la amaba.

Me preguntaba también si habría dejado de fumar o si tendría la cartera llena de cadáveres de cajas de cigarrillos. Pero lo que más me intrigaba era si me había visto y cuánto tardaríamos en saludarnos. Recordé su "Nosotros no nos vamos a casar. Que nos case el tiempo. Es más barato, más poético y tenés los mismos beneficios". El tiempo había sido tirano. Con nosotros, no con ella. Ella lucía un hombre alto y prolijo, como si fuera mi foto en negativo. Vestía risas forzadas y una camisa transparente. Cuántas de esas le había regalado y los miles de "sabés que prefiero remera" que había obtenido a cambio.

La miraba y pensaba en todas esas mañas de las que me había librado. Su dejar la pasta de dientes abierta, la pileta de la cocina llena de cenizas, los "esperá, ahora no, antes tengo que bañarme para saber dónde estoy" de cada mañana en que acariciaba su panza cálida y me apoyaba detrás de ella.

Sus últimas palabras habían sido, y lo recuerdo como si fuera ayer, "Que seas muy feliz, y por favor no me hables nunca más". Pero ‘nunca’ también es un cuando.

Me senté y esperé a que su príncipe azul se le desencarnara para poder acercarme a preguntarle qué se sentía ser completamente otra persona. Una con las uñas largas y cuadradas, con camisas de botones dorados y un recogido engomado que pedía a gritos a la cana emergente, revolucionaria que saliera a superficie.

Y mientras esperaba, yo la amaba.

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Sí / No / Meh