lunes, 16 de octubre de 2017

Las partes frías



Miro la cama deshecha que me dice che, bien, superaste esa idea del amor. Me dice que hay un montón de cosas para hablar sobre el amor, hay edades, vueltas a la manzana, etapas, palabrerío, latas de cerveza, insomnios como este, los nietos. Que basta de bailar sólo con lo que duele y acordarse para siempre de qué canción estaba sonando.


Basta de hablar de las cosas que llegan a los treinta, de las cosas que se acomodan. Basta de los treinta son los nuevos veinte. A veces, de algo nuevo, me importa más lo algo que lo nuevo. Espero tantas respuestas de los treinta que me faltan cuatro años y ya estoy decepcionada. Espero respuestas de los cuarenta entonces pero están a más de una década y en el medio qué. Miro la cama deshecha que me dice tranquila, a los treinta no pasa nada, si no llegás más bien millonaria y viviendo con alguien son puros miedos de pique corto, un par de edificios se caen pero barrés y seguís.


Miro la cama deshecha y le sacaría mil fotos. Me dice viste, hay algo acá que enamora hasta al más metódico.


Me imagino planillas de excel derritiéndose, alguna esperando ser eso un día, la seducción, el canto. La cama deshecha y su factor sirena. El idilio del chat, los audios interrumpidos con secuencias de vida real, la ilusión de que hay algo más y lo vamos a poder sostener.


No cargaría el celular nunca más. Pará, me dice, tampoco el veganismo emocional y esa idea falsa de que los grupos de whatsapp, los mails de promociones entre fechas imposibles y las cosas que piden actualización son la raíz de todos los males. No lo cargues de noche y listo, me dice, pero no termines insolada de pelotudeces.


Una sirena que se llame vértigo.


Dicen del vértigo que lo que da pánico es la sensación de que la altura tienta, succiona. El vértigo es en realidad el miedo a las ganas de tirarse y la cama deshecha tiene un poco de eso, y si me la estuviera encarando en un bar, se reiría, me haría una caricia seguida de una palmadita, media vuelta a la izquierda y nunca más volvería a mirar. Qué andar la cama deshecha, la seguiría hasta el fin del mundo con la idea en la cabeza de esta mina me va a hacer sufrir, pensando esta mina me va a hacer sufrir y pensándolo como algo positivo. Basta, mamita, me dice. Basta de aspirar al sufrimiento. Ya fueron los dosmil, agarrarse la cara cuando pasa alguien que te gusta con gesto de por qué dios, por qué existís, no lo puedo creer; ya todo eso es una publicidad de cerveza devaluada. Me alegra que todo el mundo simbólico de la cerveza ya no sea importante, nos libera de una juventud pedorra.


Miro la cama deshecha y no pretendo.

Qué linda está la cama deshecha. Qué bien le queda lo revoltoso y la mezcla de inquietud con calor con la búsqueda automática, la búsqueda incorregible de otro cuerpo en algún lado, las varias capas de subconsciente, las personas que nunca soñaron acá pero yo sí soñé con ellas. Las partes frías: la calma.

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