martes, 5 de enero de 2016

Lo que pasa de este lado

Andrea me bajó el bretel y me dio un beso húmedo en el hombro, pero eso fue después.


Abrí la computadora y vi que de aquel lado la gente se estaba casando. Ya me pasó esto -pensé-; cuando la gente se estaba recibiendo y yo no, cuando la gente viajaba y yo no, cuando cumplían tantos años de novios con sus respectivos. Cerré y miré por la ventana. A cinco cuadras hay un hipermercado con una playa de estacionamiento que siempre tiene su planta descubierta vacía. La miro y me dan ganas de ir a manejar por ahí, como si recién estuviera aprendiendo. Quiero dejar manchas de aceite para que el lugar parezca usado porque en algún momento me autoconvencí de que lo usado tiene un valor superior a lo nuevo. El olor a nuevo siempre es el mismo, en cambio el olor de este pedazo de cemento hirviendo mezclado con nafta y gases que salen de todos los tubos de escape de distintos autos, con patentes vencidas y patentes de este año y patentes de monosílabos que existen, todo sumado a frenadas imprudentes o maniobras repentinas que quedan tatuadas; ahí hay historia(s).


No sé si me voy a casar. Extraño de mi primer novio el amor que tenía por su abuela, de Damián que siempre me dejaba llevarme las camperitas Adidas, de Lucio su pelo constantemente rapado. Un cepillo de paz era ese pelo, pasaba mi mano ida y vuelta como si esperara que de su cabeza saliera un genio. Digo que me enamoré de ellos tres aunque haya habido muchos más y aunque en realidad crea que no me enamoré de ninguno. No haberse enamorado a mi edad está algo así como mal visto y todo el mundo queda a la espera de que llegue el pibe que te rompa la cabeza.


Querer tener novio es algo que no se puede exteriorizar así como si nada porque después de cada salida con cualquier pobre tipo todos preguntan si “es”. Las chicas con novio se olvidan fácil de que las que no tenemos no queremos un novio y ya, queremos a nuestro novio, al que sea para nosotras por lo menos mientras tanto.


La idea de mientras tanto me reconforta casi siempre.


Cada año sumo más y más amigos a facebook que cumplen en septiembre.


Igual no quiero tener novio.


Qué linda voz tenía Joaquín. A veces vuelvo a escuchar audios suyos porque en algunos se nota o dice que está haciendo otra cosa y me imagino ahí -allá- al lado suyo.


Cuestión que esa tarde escribí el guión para una película en la que me casaba. La mamá de una amiga siempre cuenta que de chica se preguntaba si ya conocía a su esposo o todavía no. Y me lo pregunté. Y resolví que no. Y me lo inventé. Eran tiempos de autoestima baja e incomprensión social para encajar; o de excusas sinsecuentes.


Mi chico se llamaba Juan Pablo y era diseñador industrial. No ejercía pero daba clases. Nos conocimos porque salía con una amiga de la que no gustaba y a la que no le gustaba. No hubo mayores problemas con el cambio, sólo dos charlas que después se mostraron menos terribles que durante la concentración.


Juan Pablo, decía. Salíamos mucho de día y casi siempre pagaba él. Me ponía incómoda eso, pero cada vez que lo primereaba acercádome a la caja a la vuelta de una ida al baño, después se aparecía con un regalo “de masomenos lo que gastaste el otro día”. Eventualmente desistí para que no pareciera que lo hacía por los regalos. No estoy a favor de que el hombre siempre pague, no porque les dé poder a ellos, porque nos reduce a nosotras a una situación de dependencia que bien podríamos suprimir e igualar con una alternancia en quién se hace cargo de la cuenta. No me gusta que “no me dejen” pagar. No me gusta que no me dejen nada.


Estuvimos 4 años de novios en mi mejor momento. Las remeras cortitas me quedaban bárbaro y la cola estaba en su lugar. Era mi parte que más le gustaba. Cogíamos muy bien en general pero yo lo sentía bien y ya. Había tenido mejores, aunque con ‘bien’ me conformaba.


No es tan fácil coger muy bien. Tampoco creo que sea tan importante.
Una vez leí que despertarse es un acto más íntimo que coger* y desde entonces lo repito cada vez que puedo.


Me propuso casamiento una noche cualquiera que pedimos empanadas. Me puse a llorar tan desequilibradamente que por 5 minutos no pude contestar. Después dije “mucho”.


-¿Te querés casar conmigo?
-Mucho.


Nos casamos un sábado a la noche a principio de noviembre, en un salón chiquito pero con techo alto y muy linda iluminación. Yo vestí de blanco con amarillo claro y Juan Pablo un traje que le quedaba casi mejor que la piel.


Bailamos un montón, nos emborrachamos más. Tanto que me deprimí. Quería revisar en qué andaba Joaquín, escucharlo contarme qué poco contento estaba con su trabajo. No sabía si seguía vivo o lo había pisado el Sarmiento. Me desesperé y me encerré en el guardarropas con una chica que se dio cuenta. Hablamos y me calmó. Me soné con dos carilinas que no alcanzaron y con el abrigo de un desconocido al que nunca le pedí disculpas. Salí con la cara lo más ordenada que pude y le agradecí aunque no lo suficiente.


Esa noche y las que le siguieron fuimos felices y le conocimos la cara a la finitud de las cosas. Sentimos pánico y alivio en partes iguales.


Al tiempo hicimos una comida y vino ella. Nos quedamos a un costado hablando de ese colapso y de las relaciones en general. Ella hablaba de “la vida útil de la idea de ‘Nosotros’”, explicando que todas las relaciones fracasan en ese sentido, en ese concepto. Tomamos de más y nos fuimos a pasear a los perros para tomar un poco de aire. Los perros eran de ella, pero no quería dejarlos solos y a nosotros no nos molestó que los trajera porque eran re tranquilos.


Me preguntó si alguna vez había estado con una chica y le dije que sólo besos. Era verdad, pero lo que realmente había pasado era tanto menos que los besos que después conocí que cuenta como mentira. Me puse nerviosa y me acusé de engreída por ese nanosegundo en que pensé que ella era lesbiana y quería besarme. Por ser de esos pelotudos que piensan que sólo por ser de su mismo sexo a cualquier homosexual le van a gustar. Vamos, a mí no me gustan todos los hombres que se me cruzan.


Andrea me besó pero porque yo le di pie, más bien no le sugerí que no. Su boca estaba caliente y sus labios eran gruesos y cortos. Cuando metió la lengua me fui para atrás como en señal de disgusto y me pidió perdón. Yo me fijé a ver si alguien nos miraba, pero no. Un poco me habría gustado y esto es algo odioso de confesar.
Me dijo que lo hizo casi sin querer, o en realidad queriendo pero sin pensar, se tropezó tratando de explicarse. Ella estaba en sweater finito sin remera abajo y yo en musculosa de esas que vienen con un top incluido. El clima era tan perfecto que delataba la ficción.


A mí no me gustaban las mujeres pero no quería que se dejara de fijar en mí. Quería que notara que estaba sin corpiño y que le gustara. Quería rozarle la mano para ver si se sentía pegajosa de nervios como la mía. Quería verla en bombacha y tocarle el pelo sin tener que simular que me estiro o levanto la mano. Su ombligo, pasar el dedo por ahí como saliendo indemne del pozo más suave del mundo. Llegué a creerme que debíamos coger para que mi cuerpo fuera estrenado por una mujer hermosa. Yo era la playa de estacionamiento descubierta. Querer gustar a como dé lugar no discrimina y no está mal tampoco.


Volvimos con los perros y la velada siguió.


Dejé ahí el guión no queriendo casarme sin antes conocer a Andrea. 

Ojalá no le estén pasando todas esas cosas que le pasan a la gente de aquel lado. Por lo menos no sin mí.


Hoy volví a abrir la computadora y a mirar el estacionamiento. Todo sigue igual. Todo huele igual.





*https://medium.com/@juanmorris/dormir-etcetera-c7521b0f078#.i8xo4vu6q 

6 comentarios:

  1. Genial... simplemente genial.
    D

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  2. Cómo con dos palabras me metes en tu mundo. Te voy a leer toda mi vida. Que sigan los éxitos!!

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    1. Muchas gracias! Que sigan para todos los buenos.

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  3. Estoy enamoradísimo de vos y de como escribís. Te deseo muchas cosas buenas <3

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