jueves, 11 de abril de 2013

Ana.

Es morocha, de pelo lacio y por debajo de las axilas, como por arriba de las tetas, masomenos. Cuando se ríe, se le hacen hoyuelos pero no donde se le hacen a todo el mundo, a ella se le hacen al costado de la nariz, en la parte de arriba del cachete, ahí debajo de las ojeras. Sólo que ella no tiene ojeras. Tiene un poquito de “bolsas”, así las llama. Yo le digo que son cosas de dibujitos animados.

Ana tiene ojos verdes, a veces miel. Depende del día o en realidad no sé depende de qué. Todos sus dientes son muy chicos, enfundados en una boca finita pero no tanto como para no poder morderla de vez en cuando cerrando un beso.



Siempre usa sweater con camisa. Le queda bien. Me gusta cómo le quedan los cuellos de las camisas a su cuello. Tiene piernas largas y rodillas raras. Pero a mí no me molestan, es más, me parecen tiernas.

Ana vive con su mamá y su hermano menor. Ella es muy agradable, amable y sobre todo muy protocolar. En la casa de Ana no hay un cuadro torcido, una flor encorvándose en agonía o un mueble con polvo. El hermano, qué se yo, es un buen chico, un poco solitario. Vive en su mundo. Del papá nunca me habló, y yo nunca pregunté.

Cuando Ana se baña hace eso que me encanta. En vez de usar jabón, se escurre el shampoo de las puntas de su pelo sobre sí y la espuma recorre todo su cuerpo, limpiándolo. A veces le queda un poco en el ombligo y parece como si tuviera un copo de nieve.

El día que la conocí a Ana estaba rota. No sé si ella lo sabía. Supongo que eso la hacía más hermosa. Bah, las dos cosas: estar rota y no saberlo. Era la chica de adelante mío en la fila de Rapipago. Yo escuchaba música, ella miraba para abajo y movía el pie, bueno, la punta del pie, adentro de una sola baldosa; como marcando un compás o indicándole a un avioncito de papel dónde aterrizar. Ahí le vi las rodillas.

Tenía un sweater beige y se le asomaba el cuello de una camisa cuadriculada azul y marrón. O bordó, no sé. Subí un poco más la vista y me encontré con que, seria y disimuladamente, doblaba en mudo la canción que yo estaba escuchando.

- ¿QUERÉS PONERTE UNO? Le pregunté, sin querer, gritando.

Ana saltó un poquito del susto y me miró. Exhaló como aliviada y se llevó una mano al pecho; y de esa boca finita, de la que apenas se podían ver sus dientes salió un “Me asustaste”.

- Perdoname, es que te vi cantándola y pensé que capaz querías compartir los auriculares y escucharla. A mí no me jode, ¿te gusta Bowie?

- Ah, no, está bien, gracias. Sí, me gusta. Pero no conozco mucho igual.

Charlamos los 18 minutos que le llevó a Ana llegar a la ventanilla. Ella se mostraba muy tímida, pero no del lado aburrido, del lado que dan ganas de curiosear un poco más. Después me tocó a mí. Me apuré a hacer mi trámite y salí corriendo a buscarla. La alcancé y la invité a tomar un helado. Me dijo que no, que gracias, pero que no gracias. No fue por superada o desinteresada, fue por rota y yo lo sabía. Pero no me quedó otra que levantar mi “no” e irme.

A las 3 cuadras me agarran de atrás. Era Ana, agitada, como cuando se había asustado. “Bueno” me dijo, sin mirarme del todo. Yo sonreí y le pregunté si quería un helado u otra cosa.

- No, que bueno, que sí, que compartamos los auriculares.

Ya en ese momento estaba escuchando otra canción, una de Pez creo, pero cambié rápido y volví a la de hace media hora, cuando le había gritado.

Hicimos 10 cuadras derecho, sin decirnos una palabra, pero muy pegados cosa de que a ninguno se le saliera el auricular de la oreja. Yo la miraba, ella a mí no. En la esquina de Congreso y no me acuerdo cuál -pero me acuerdo de ver el cartel de Congreso- se sacó el coso, me miró y me dijo gracias. Sonrió, dejando ver esos dientes ínfimos, como perlitas blancas. Después de eso, enamorarme resultó obvio. Sentí que, por lo menos por media hora, por 10 cuadras, le había cerrado un poco alguna grieta. Y quise seguir. Es más, seguí, seguimos mucho tiempo, hasta ayer.

Ana tiene eso de caminar, llegar a un lugar, rascarse la cabeza y preguntarse qué quería de ese lugar. Es una imagen simpática, la muestra inocente, imperfecta. Pero ayer fue distinto. Ayer fue y vino un montón de veces, sólo que sin esa incertidumbre que me da ganas de abrazarla. Empecé a pensar cualquiera, que por ahí me estaba desenamorando, que Ana había perdido su encanto, o que yo el mío. Que ya no éramos.

Fue y vino, fue y vino, fue y vino y finalmente se sentó. Corrió la mantita del sillón y se sentó. Después de vagar entre un millón de ideas sin mirarme prácticamente, me contó que se sentía rara. Cómoda. Que conmigo estaba cómoda, pero que cómoda no era feliz. Hablamos mucho, entendí (muy) poco. El caso es que Ana ya no está rota, ya –en algún punto- pude arreglarla. Pero entonces ahora el roto soy yo. Porque la…la ¿rotitud?, no, la rotura, eso, la rotura se contagia. Dos enteros se repelen, y dos rotos convierten la relación en un refugio antibombas.

Ana ayer me dejó. Pero está bien, mejor, ya casi no soportaba verla deambular sin puta idea de a dónde ir. Y el otro día cuando nos estábamos bañando la quise enjabonar y me dijo que no, que ella lo hacía “así”. Qué sucia que sos, Ana. El pelo también tiene mugre, y se te está cayendo por todo el cuerpo. Además, vamos, sé normal, usá jabón.

Encima ahora escucho Bowie y casi ni me gusta. Ese día me lo cagaste. Me cagaste Bowie, forra. También me acuerdo de esa rareza de marcar el compás con la punta del pie. Como una quinceañera de voz aguda que come el chicle con la boca abierta mientras se enrula un mechón. Apoyá el pie entero. O no, como quieras, total que apoyes todo el pie no te va a hacer tener rodillas más lindas.

Qué suerte que me dejaste, ya no voy a tener que ir más a lo de tu vieja, ni soportar su obsesión por el orden, por las tazas mirando todas para el mismo lado, por las cortinas a medio abrir "para que entre la luz que tiene que entrar, ni más ni menos”. Algo esconde esa vieja detrás de su amabilidad, debe ser ávida consumidora de antidepresivos. Y tu hermano, el boludo ermitaño de tu hermano que vos pensás que es especial, que se la pasa pensando y escribiendo, ¡date cuenta que se encierra y se mata a pajas todo el día, Ana! Los dos son inaguantables, seguro que por eso tu viejo los abandonó, o se mató, qué se yo. Qué voy a saber si nunca me hablaste.

Menos mal que te fuiste, Ana. Así ya no tengo que tolerar verte reír como una enferma, con esos hoyuelos fuera de lugar. Algo así como celulitis en la cara perece que tenés.



Menos mal que te fuiste porque creo que estoy roto y me da vergüenza mirarte.

7 comentarios:

  1. Me gustó mucho, mucho este (y también me hizo reír bastante)

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  2. ¡Es hermosísimo! El pasaje del amor al "¿quien sos vos y que hiciste con la chica del rapi pago?" Es genial. Me gustó mucho descubrirte.

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    1. Ay, qué viejo este cuento! Gracias, de verdad :)

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  3. Tenía miedo de lo que fueras a hacer con Ana. Pero es mi segundo texto favorito de los tuyos. Genia.

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    1. Muero por saber el primero. Muchas gracias :)

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    2. Casi todos. Pero Gracias, Luis me fascina.

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