jueves, 19 de septiembre de 2013

45 segundos.

El semáforo se puso en rojo.

Estaba sentada de espaldas al recorrido. Bueno, no al recorrido, sino a la dirección en la que se estaba haciendo el recorrido. ¿Dirección o sentido?

Leía con auriculares puestos, con uno solo me parece. El cable negro se perdía en su pelo, que estaba suelto y era casi del mismo color. Quizá un poco más clarito, pero no llegaba a ver bien. El libro no era ni tan gordo como para creer que se trataba de una pensadora feminista con ideas revolucionarias, ni tan corto como para que fuera de esas chicas a las que no les gusta leer, pero lo hacen cada tanto porque algo les dice que deberían. Igual, todo era pura conjetura. Pero desde que giré para abrir la ventana del colectivo en el que yo estaba, no le pude sacar los ojos de encima.
No era la misma línea, ni uno que me hubiera tomado alguna vez para llegar al trabajo. Tampoco solía prestar tanta atención al resto de los colectivos. Casi siempre eran 51 minutos, a veces 6 más, a veces 2 menos, en que lo único que pasaba era que me iba acercando más a la oficina.

Sentí algo de bronca por no estar en el mismo colectivo que ella, y otro poco de alivio, consciente de que, de todas formas, no me le animaría. Igual, me puse a pensar en cómo sería, todavía mirándola.

No despegaba los ojos del libro. Tardaba un poco más que yo en pasar la página. No que yo sea un lector rápido o ágil, quiero decir que tardaba un poco más de lo que creo que es normal en pasar la página. Era morena, pero de las que son morenas todo el año, todos los años, sin importar cuándo y si sale el sol.

Siempre sostuve que es casi imposible encarar a una chica que está leyendo. En primer lugar, porque está haciendo algo que le gusta, que le interesa, y la interrumpís. Segundo, porque lo obvio es preguntarle qué está leyendo, y si no conocés el autor o no tenés ni idea de qué va, quedás como un bobo. Después, si efectivamente tenés suerte y leíste ese mismo libro, todo lo que digas le va a importar poco, porque hace 3 minutos que quiere retomar su historia y vos se lo estás impidiendo. Lo ideal sería encontrar la forma de que ella me hablara a mí. O música. Alcanzar a ver qué está escuchando. En canción me siento mucho más cómodo que en libro. Pero llevaba el cable, además de perdido en su pelo, conectado al bolsillo.

¿Y tu nombre? No, no voy a ser tan gil de tirarte un nombre cualquiera para iniciar conversación. Lo que quiero es pensar en cuál es tu nombre. A mí me gustan los nombres cortos. También los que no tienen diminutivo. Creo que te llamás Clara. Porque no pega con vos, ni con tu piel, ni con tu pelo. Pero sin contradicción no somos nada, y de este lado, en este bondi, te llamás Clara.

Probablemente tengas ojos miel o marrones, pero la ventana está sucia y vos mirás para abajo, pasando ahora de página, con las uñas sin pintar y rascándote la nariz. Ojalá que tu nariz tenga algunas pecas. Quisiera poder acercarme un poco, y terminar de dibujarte, Clara. Debés ser muy torpe con las manos, y asustadiza. No estoy seguro de cómo será tu voz, pero creo que respirás casi suspirando. Respirás y se escucha que estás respirando. Eso deambula por la línea que lo separa de algo molesto, pero termina sonando suave y hermoso.

Doy un paso tímido, sin puta idea de qué decirte, transpirando y tragando. Te acerco la mano al hombro, como para apoyarla, para tocar tu pelo, y que levantes la cabeza del libro. Te siento.

El semáforo se puso en verde.

martes, 13 de agosto de 2013

Pozo.

Habíamos estado girando sin vernos, como tirándonos de un barranco. Pero no éramos nosotros sino dos sombras, dos siluetas revolcándose. En eso pensaba cuando me preguntaste en qué estaba pensando. Pero contesté cualquier otra cosa, algo sobre los azulejos de la cocina y sus formas.
            Sonaba música muy bajita, tan bajita que parecía humo con el que se podía jugar. Vos marcabas el ritmo en mi panza, yo hacía fuerza para no dejar de pensarte como una sombra, porque me daba miedo saberte de carne y hueso, fuerte, tangible; y ya con tu exhalar en mi nuca se volvía cada vez más difícil. Creo que todavía estaba en la cornisa de las expectativas, mirando hacia abajo, queriendo tirarme a lo real pero no sabiendo cuán lejos estaba, ni si tenía paracaídas. Olvidando que no saber volar es sólo un cuento mal contado.
            La oscuridad jugaba a mi favor. En tanto no hubiera luz, vos no serías real. Yo tampoco. Y los dedos golpeando suavecito mi piel podían ser cosquillas chinas, de esas que nos agarran de repente a la noche y pensamos que quizá sea algún espíritu. Lo mismo con el aire en mi nuca, un chiflete que entraba por la ventana.
            Las sombras estilizan y enaltecen. Seguramente me estabas viendo así, en versión sombra, mientras que el miedo que tenía me reducía tanto que habría entrado entre tu boca y mi nuca. Me preguntaba si vos también estarías concentrándote para no ver eso. Como yo, pero distinto. Es que la tristeza que tratábamos de ocultar se notaba demasiado como para no enamorarnos.
            Una revolcada entre siluetas que pasaría a ser recuerdo, como tantas otras. Porque de eso nos alimentamos, de pedacitos de pasado. Somos un rompecabezas de pasado, y se nos distinguen las grietas, las divisiones entre piezas, las que metimos a la fuerza en donde no debían ir. Pero sin luz, todo eso no es más que una linda combinación de palabras.
            “No hay nada de malo en no querer ver, no te hace menos hombre” te dije, bajito, casi suspirándolo, en parte anhelando que no escucharas. En eso el humo que no había se quedó quieto, ya impidiéndonos jugar. Te paraste, cortando el chiflete y las cosquillas, y te moviste, todavía silueta, hacia la puerta. Prendiste la luz.


Yo me achiqué tanto que me perdiste de vista. Vos te desdibujaste, te desvaneciste. Finalmente, fuimos reales. Se ve que volar no es fácil.

jueves, 25 de julio de 2013

103 cuentos.

Tengo 103 cuentos sin terminar. Todos, quiera o no, hablan de mí. Algunos también de nosotros, otros de vos. Hay uno que empieza contando la historia de dos que se enamoran sin haberse visto nunca. Él escribe tan lindo que ella siente que lo puede tocar a través de sus palabras, y le gusta, y se lo confiesa, pero él le dice que ella no se puede enamorar de él por cómo escribe, y ella le dice que acepta el desafío.
Él pierde. Ella también.
            103 cuentos que no sé a dónde quiero que vayan, que me encantaría que fueran solos, soltarles las correas. O por lo menos entender que ellos me tienen que soltar a mí. Somos así de inseguros y circulares, ¿viste? Y hace mucho que es inconcluso, que es pasajero pero es siempre, y que es lo mismo. Prefiero seguir girando a caer en que ya no puedo terminar de escribirte.
            Otro cuenta la historia de una chica que mira a otra chica que está al lado de un chico que la está mirando a ella. La chica a la que mira la primera chica tiene tobillos finitos, aros de feria hippie y un tatuaje en la nuca. La chica a la que mira el chico tiene los pies chuecos de la vergüenza, y pasa otra noche solitaria, rodeada de gente que no le cae del todo bien, con ganas de querer, o por lo menos de extrañar a alguien. No sé cómo seguir. Me gustaría que pasara algo entre ellos durante esa noche, pero que esa noche se sintiera como toda una relación. O que esa noche fuera el tímido nacer de lo que después se convertiría en su rutina de malabares, y una fascinación por escapar de los nudos que ellos mismos irían atando. Como si en una noche él fuera rebelde, la mirara, la deseara, todo con la chica a la que estaba mirando esa chica al lado. Pero no me sale, creo que ellos dos ya se ignoran con la misma intensidad con la que esa noche, o sea, en realidad, nunca, se quisieron tener. Es que me gusta creer que no hay nada más sospechosamente perfecto que lo desconocido, por eso ellos, y por eso los del anterior, también.
            Y a veces pienso que los cuentos, en sí, no son más que una sucesión de palabras. Pero después me acuerdo de ella, de la que se enamoró de él por cómo escribía, porque lo podía tocar letra por letra, y me doy cuenta de que no. Dejé a 103 historias en la calle, pasando frío, creyendo que el amor podía escribirse sin sentirse.
            Hace algunas semanas empecé otro, uno de cáscara pegajosa, lleno de metáforas que parece que enaltecen pero sólo engordan, tratando de maquillar la autorreferencialidad cuando, ¿por qué?, si no soy mucho más que metáforas marketineras. Y vos tampoco, por eso apenas nos conocemos. En este cuento estamos los dos extrañándonos. Bah, yo creo que te extraño, pero no sé si es angustia, o capaz aburrimiento, hasta podría ser hambre. ¿Resaca? Qué se yo, el punto es que te estoy extrañando y vos a mí. Y extrañar no se corta con agua, no se suspende por lluvia, no se interrumpe por cadena nacional. Entonces me es muy difícil terminar(nos en) este cuento. También, en parte, porque somos inseguros y circulares.
            Ojalá alguien me hubiera dicho que te disfrutara, que quedaba menos tiempo del que pensaba. Porque yo pensaba que iba a durar para siempre, como vos. Pero no, el miedo nos embargó todo. Y eso es lo que me pasa con los puntos finales de estos 103 cuentos.
            Hay uno que está a punto caramelo, pasa que vos. Sí, vos, sin ninguna razón ulterior que de sentido a eso. Vos sos la razón misma. Porque te quiero tanto que me duele, me pesa y me frena. Igual es mi culpa por no soltarte, lo mismo con los cuentos. Y entonces las ideas se van deshaciendo, línea por línea, como rindiéndose porque hoy le quedan muy grandes a mi escribir. Resta esto, escribir sobre no poder escribir, o sobre no poder terminar.
Quisiera resolver mi problema, es que no sé qué tendría que pasar primero, si poder escribirte y terminarte o poder terminarte y así escribirte y terminarte. Es un poco porque me aferro a las correas, y otro poco porque somos inseguros y circulares.
            Amamos las palabras, pero a veces pueden esperar. Y no quiero que seas mi cuento 104. Voy a soltarte, a desearte lo mejor, a alentarte a vivir cada uno de los cuentos que no terminé, y a terminarlos. Voy a dejarte ir y si querés podés ser él, el chico que escribe muy lindo, o el que tiene novia pero por una noche, una noche que es eterna por el tiempo que dura esa noche, se escapa con la chica que mira a su chica. Te invito a que nos desnudemos de metáforas, que ya no nos quedan, que pasaron de moda. Voy a soltarte, y a dejarte hacer de lo pasajero eso mismo, lo pasajero, y no lo siempre. Ojalá puedas. A mí me costó 103 cuentos.

sábado, 6 de julio de 2013

Vagabundo del triángulo vacío.

No quiero ir para el norte, aunque el norte guarde poesía. Detesto que siempre haya que tener un norte, un a dónde. Yo sé que allá está todo el agua que falta en el desierto, que el norte tiene sabor y olor a algodón de azúcar, que hacen 23 grados todo el año. Y sé que de hecho no existen los años, no existe el tiempo a menos que uno quiera. Pero yo me perdí acá y acá me quedo.
Lo último que recuerdo es verla sacándose el sweater, y que la remera que tenía abajo se quedara pegada y subiera también. Dos segundos, por ahí tres hasta que se diera cuenta y, enredada en polyester, se apresurara a cubrir su panza. Bastante tonto me había parecido eso estando yo a, como mucho, un cuarto de hora de desnudarla.

Supongo que te convencías de que no, que no iba a pasar nada. Que recién nos habíamos conocido hace algunos días. Si supieras la ternura fascinante que me causa pensar en ese autoengaño.
Y así, poco antes de los diez minutos ya tenía los dedos enredados en tu pelo, con ganas de tirar y escuchar tu exhalar intenso, pero sabiendo que todavía no. Tenías el celular y las llaves en los bolsillos, así que te paraste para dejarlos con el resto de tus cosas. Bah, con el sweater. Y ahí mismo, parada, empezaste a desabrocharte el pantalón, mientras yo frente a esa imagen hervía.
Eso es lo último que me acuerdo.

Acá estoy ahora, vagabundo de esta simetría de vacío, de laderas curvas, convexas, y de un techo que me alienta a estirar la mano y robar aunque sea un poco de miel.
Y te escucho, te escucho hablarme por encima del eco de coletazos que pasan por tu gomita, esa que vi que tenías en la muñeca… ¿derecha? Te estás atando el pelo. Le das dos, tres, cuatro vueltas, revoleándolo. Me imagino lo mejor, porque aunque me encante enredarme ahí, sé que esos coletazos o, bueno, esa colita, es la precuela de mi historia preferida.

Yo había escuchado a gente hablar de un triángulo donde algunos desaparecían. El mito decía que quedaban absortos en un espacio para nunca más salir. Y nadie los encontraría jamás. Interesante, quién no soñó con desaparecer alguna vez.

Me veo ahí sentado, como un gil, casi babeándome enfrente tuyo. Es que te pusiste una bombacha blanca de algodón, y entonces ya está, me rindo, ganaste. Qué puedo hacer. Pero acá es otra cosa. Este vacío es como un balneario. Tenés la piel más suave que rocé en mi vida. La arena más blanca de la playa más virgen. Quiero ver qué pasa si abrís las piernas, y supongo que él, bueno, yo, también. Me intriga saber si me caeré y a dónde.

Y ahora te veo acercarte, ya sin ropa, al pelotudo ese en el que me convertí desde que vi tu triángulo vacío. Y estos pensares, que ni siquiera llegan a ser reflexivos, que se filtran más por calentura que por solemnidad, morirán acá conmigo. Nadie se va a enterar de este lugar, va a ser mi balneario de vacaciones hasta que decidas matarme. No podría pensar una forma más hermosa de morir que asfixiado entre tus piernas. Y así, por primera vez, viviría. 

No te voy a poder dar la noche que merecés, lo lamento muchísimo. Pero tampoco me arrepiento, porque me veo ahí desconcertado, sediento de vos y no me urge volver. Desde acá puedo sentirte exhalar. Y no creo necesitar más que tu simetría, desnuda y tan pura. No, ni siquiera el norte.

domingo, 16 de junio de 2013

Los sábados.

Supe que me gustabas el cuarto sábado que coincidimos en Loreto. Vos vas todos los sábados, ya sé. Yo voy cada tanto. Es rica la hamburguesa de ahí, pero Jazmín es vegetariana y, bueno, muchas opciones para ella no hay.
Ese sábado nosotros estábamos sentados en una de las mesitas de afuera. La de la izquierda de más atrás. Llegaste en bici, la apoyaste sobre un árbol en la vereda de enfrente, le pusiste el cosito para que nadie se la llevara y levantaste la cabeza. Tenías el pelo con un rodete desprolijo, como a medio hacer, y te daba el sol justo en la cara. Fruncías un ojo y ese frunce arrastraba un poco de tu boca. Cruzaste la calle con una mueca así, e intentando que tu mano lograra algo de sombra. Estabas hermosa. Miraste que no viniera ningún auto y después para acá. Bah, para ahí, para Loreto. Pero el sol no te dejaba identificarnos. Entraste, nos viste y saludaste sonriente, con tonito de sorprendida no sé bien por qué. Ya nos habíamos encontrado en ese mismo lugar el sábado anterior, y el otro, y el anterior al anterior a ese. Pero tenés ese tono de sorpresa grata siempre, de ‘hola’ con la “o” prolongada. En otras personas me molestaría, en vos no.
Jazmín te preguntó si querías sentarte con nosotros un rato, pensando que estabas sola. Yo ya las había presentado hace dos sábados, ¿te acordás?, ya sabía que eras Camila, la amiga de Nico que me había contactado para preguntarme algo sobre unas lentes. Pero estaban tus amigas adentro, así que seguiste de largo. En ese momento, la cabeza me aturdía tanto que lo único que escuchaba era la transpiración salir de mis poros lenta y dolorosamente. Como si fueran gotas de cemento.
Si yo inclinaba la silla un poco para atrás, alcanzaba a verte. Pero uno puede estirarse o sonarse la espalda tantas veces hasta que empiece a resultar sospechoso. Mientras, Jazmín me contaba algo de su hermano, algo sobre la novia me parece. Vos te reías con tus amigas. Bastante escandalosas, debo decir.
Nos fuimos nosotros primero. No entré a saludarte porque me pareció demasiado. Pero me imagino que te habrías parado y dicho “¿ya se van?”. Nos habríamos dado un abrazo cortito, de esos que apenas sentís al otro, pero lo suficiente como para que quede latente un rato.
Ese sábado, cuando volvimos a casa, Jazmín puso una película y nos acostamos en la cama. Ella apoyó la cabeza en mi hombro, yo le pasé el brazo por atrás y senté mi mano en su orilla, así llamo a la curvita del costado de su panza. Me corrió la mano, sacó del bolsillo una cajita de cigarrillos y de ahí, un porro. “¿Me alcanzás el coso, amor?” me dijo, refiriéndose al cenicero. Me estiré, lo agarré y se lo di. Volví a envolverla.
La película corría mientras Jazmín fumaba. Yo le di una seca nada más, no tenía ganas. Me puse a pensar en el día que la conocí. Fue en un cumple de Nahuel, me acuerdo perfecto. Yo buscaba una botella de fernet que tuviera aunque sea un poco para hacerme medio, ella estaba sentada al borde de la pileta, con los jeans arremangados y los pies en el agua. Picaba para armar. Di unos pasos para contemplarla más de cerca. Cada movimiento me seducía, pero me di por suyo en el momento en que chupó la seda para cerrarlo. Muy suave, muy despacio, casi en cámara lenta. Su lengua fue y volvió por esos 6 centímetros de papel transparente. Parecía que tenía los ojos cerrados, pero no. Finalmente lo selló con los dedos, levantó la mirada y me pescó ahí, atento, indefenso, perdido. Entregado.
En ese instante me sentí casi como el sábado este que te digo en Loreto. Casi igual de aturdido. Pero yo a Jazmín no la conocía. A vos, Camila, ya te había recomendado lentes para tu cámara, y te había visto el sábado anterior, el otro, y el anterior al anterior a ese. 
Me encanta tu nombre. Pega con vos, creo. Camila es nombre de chica que se ríe y sonríe por cualquier pavada, que se resfría seguido, que pide perdones innecesarios, que saluda con abrazo cortito, que tiene cosquillas. Así te imagino. Así. Quiero hacerte cosquillas en la panza con la barba, y que trates de contener la risa porque te enoja que tenga barba, pero no puedas.
La película mostraba una pareja acariciándose apenas con las yemas de los dedos, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Fue el único momento en que presté atención, después volví a asomarme a mí. Lo curioso de pensar en uno es que, a medida que indagamos, escalamos. Y al final, cuando ya pareciera que un pensamiento más producirá una hemorragia, miramos para abajo. Escalamos tanto que ahora nos da vértigo. Así es la introspección para mí, vertiginosa. Me dio miedo sentirme en la cornisa de pensarte de esa manera.
No quiero que entiendas cualquier cosa. Yo a Jazmín la amo, creo que estamos hechos el uno para el otro, si es que existe algo como eso. Todo funciona bien con ella, nada que me haga ruido, nada fuera de lo normal. ‘Normal’, qué palabra tan triste. Pero desde ese sábado que te pienso mucho, Camila. Sobre todo los sábados. Sobre todo a esta hora. Y me encanta tu nombre. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Gracias, Luis.


Siempre quise preguntarte, Luis, qué opinás vos sobre el arrepentimiento. No sé, para mí tiene mala prensa. ¿Por qué hay que quemar el puente después de cruzarlo si del otro lado no estaba quien pensábamos que iba a estar? No, no voy a decir “lo que pensábamos…”, si siempre es un quién. Todo tiene un por quién.
¿Qué hay de malo en arrepentirse? Te lo pregunto porque creo que entendés. No a mí en particular, todo. Porque por donde pasás dejás una estela. Y no soy tan fanática, me parece. Es más, yo te conocí tarde. Nunca dije “El flaco”, por ejemplo. Para mí sos Luis.
  
Eso de irse en el momento justo, con la frente en alto, con dignidad. Como si la dignidad fuera gran cosa. Yo no me quiero ir, yo quiero agotar las posibilidades de quedarme y quedarme bien. La dignidad te la regalo, ahí está, juntá las partecitas que fui dejando y armate lo que quieras. Creo, Luis, que la dignidad está sobrevalorada. O que se confunde con el amor propio, qué se yo.
Arrepentirse y volver, volver a cruzar, como en tu canción, la conocida, sabés cuál te digo ¿no, Luis? La que volvés y nada más que el viento.

Una vez fui a un homenaje que te hicieron los de Conduciendo a Conciencia. Vos estabas, Luis. Ahí en Matienzo. Estabas volando entre tanta gente de pie. Claro, bueno, ese. Estuvo hermoso, lograron celebrar tu vida en vez de llorar tu muerte. ¿Te acordás de lo que dijo la chica que abrió el micrófono? “Tengo mucho para decir, así que voy a decir muy poco”. En ese momento me pareció una genialidad. Hacerlo simple. Comprimirlo. Hacerlo de fácil digestión. Pero hace unos días vengo pensando en que por ahí no. Bah, en realidad, todo a raíz de que le dije al chico que me gusta que me gusta. “Que me gusta que me gusta”, suena medio mal eso, pero en fin. Yo se lo quería decir, Luis. Le dije bastante: que me gusta, que hace un montón que me gusta y que no se aprovechara de eso. También le dije que me encanta que hable de pavadas sin vergüenza; como la otra vez, que me preguntó si era ‘metralladora’ o ‘ametralladora’. Y que me recomiende películas. Todo, no sé. Le dije mucho. Creo que yo no le gusto, pero no me molesta. Me hizo bien decírselo. Fue como una descarga. 

Luis, lo de “si no canto lo que siento…” ¿vos lo pensaste por un algo que te crece, que se alimenta, que fermenta, y finalmente te mata? Porque yo a veces me percibo así. Creo que pienso mucho, que le doy cuerda a cosas que me van a terminar matando. También por eso cambié de parecer sobre lo de decir muy poco. Si no, lo que no digo me hace eco, y me aturde. "La voz puede decir una sola nota a la vez, pero la cabeza es polifónica". Sí, claro, cuando vos lo ponés así suena lindo, pero cuando pasa es una cagada.

Creo, Luis, que nunca hay que quemar el puente. Porque ¿qué si el otro quiere cruzar? Quemar el puente es clavarle mil puñaladas a la oportunidad y llorar en su velorio. No tiene sentido. 
Hay que decir. Decir construye el puente, cada palabra es una maderita. Con decir lo vamos cruzando. Sí, ya sé Luis, decírselo a alguien. Si no tenemos un alguien, no hay puente, y las maderitas se te apilan en la cabeza y te astillan las paredes.

Qué ganas de abrazarte tengo, Luis. Qué ganas de que tu estela se materialice. Queda, por lo menos, tu canción. Como si fuera poco.







viernes, 10 de mayo de 2013

Te estoy mirando.


“Abrí su ventanita. Pensé 32, 33 segundos. Pensé en todo lo que le quería decir y no sabía cómo. Me acordé de su mueca antes de reír, frunciendo los labios; del día que intenté cocinarle y se me quemó todo, y de los besos lindos que me había dado. Lloré un poco, ahí, frente a la computadora. Un poco nada más. Casi nada. ‘Tengo ganas de cagarte a mensajes, de que nos quedemos idayvuelteando hasta las mil y una, manijeándonos, diciéndonos cualquier cosa.’ escribí. Así, sin hola, sin nada. Y borré.”

Y mientras me contás esto, yo te miro. Te estoy mirando y seguro te cague a trompadas en cualquier momento, un poco porque me estás partiendo en dos y otro poco porque no sé qué hacer para tocarte, sentirte. Y vos me decís que te hago bien, como si fuera un halago. Me estás tratando de morfina.
   Me gusta que me necesites, sí, pero necesítame de otra forma. Necesitame como yo a vos. Enfermate conmigo. Flasheá sarpado y cualquiera.

“Me puso nervioso verla conectada. Pero si se desconecta me muero. Maquino con que volvió con el ex, que se fueron a vivir juntos, todo.”

No paro de mirarte. Te escucho y todo, pero por los ojos. Este año, cuando me toque soplar las velitas, voy a pedir que te vuelvas loco como yo, y conmigo, así te puedo contar la cantidad de veces que te imaginé diciéndome “quedate a dormir”, o cómo no te dejaría terminar de hablar y te daría besos de sopetón. Qué buena palabra sopetón. Podría mostrarte, también, mi lista de palabras preferidas.
    Me gustás tanto que me agota, siempre lo pienso. Una vez dijiste “si te podés divertir pensando, ya ganaste.” Estábamos borrachos, nos pusimos existencialistas. No tiene nada que ver, pero siempre me resuena esa frase.
Cómo me gustás, hijo de puta.

“¿Estoy exagerando? Posta decime. Es que no puedo no engancharme, te juro. A veces me engancho porque sí, porque de algo hay que vivir.”

No Facundo, no estás exagerando. Estás dando en la tecla. Vos entendés. No te hacés el liviano, el relajado, el poeta. Sos un pibe que está en buenos términos con sus incertidumbres, con lo que lo altera. ¿Sabés lo difícil que es eso? Pero qué querés que haga. Volvé a abrir esa ventanita de mierda y decile lo que le querés decir. Yo me estoy tragando todo esto y siento que en cualquier momento voy a vomitar. Y voy a apuntar, muy a propósito, a tu puta computadora. Y así quizá entiendas lo enferma que estoy. Y, si de verdad entendés, me mires como yo te estoy mirando y te quieras enfermar conmigo. Dale, te prometo que nos voy a cuidar. 


-No, de una, hablale. Le va a gustar saber que estás loco por ella.