lunes, 24 de marzo de 2014

Recordar menos.

El primer recuerdo que tengo es de mi papá buscándome en el jardín para almorzar, ahí en 11 de Septiembre y Virrey no sé cuánto. Él ya no vivía en casa pero todos los miércoles, durante una hora o algo así, comíamos juntos en McDonalds. A veces yo invitaba a una amiga. En este primer recuerdo está Vicky. Me acuerdo de que pedimos una cajita feliz cada una y elegimos el mismo juguete. Era un perrito gris de la película Anastasia. Las dos teníamos cuatro años, pero ella era unos meses mayor. Vicky no era mi amiga más amiga, no éramos inseparables, mi papá ni siquiera la conocía como ‘Vicky’, creo que le decía “linda” o “chiquita”, como hace ahora. Cuestión que era Vicky, una compañerita más de jardín. Pero de Vicky y de mi papá y de ese perrito gris me acuerdo como si hubiera sido el primer día de mi vida.


Antes de eso, igual, tengo algunos charquitos de memoria. Mis viejos peleando en su cuarto cuando papá todavía vivía en casa, mi hermano sirviéndose muchos, pero muchos fideos de la fuente de tirabuzones; cuando me contaron que Manola, mi perra, se había ido a vivir con su novio, y las pastillas rosas que tomaba antes de dormir porque no me gustaba lavarme los dientes y la dentista me las había dado en reemplazo.


Fui creciendo, canté una cancioncita en el acto de fin de año de preescolar que decía algo como “ya tengo 6 años y aprendí a leer”. Me acuerdo de ver a mi mamá, hermosa, llorando mientras me sacaba fotos. Me acuerdo también de los ojos de mi abuela, brillantísimos. Después empecé primer grado. El uniforme era un jumper negro, una chomba blanca, medias grises y zapatos negros. Pero ese verano, mi mamá había encontrado unos zapatos de muy buena calidad y a un precio bastante tentador; sólo que marrones. Así que sí, fui de primero a cuarto grado o por ahí con zapatos marrones. La única con zapatos marrones. Foto de 2ºA, zapatos marrones, de 3ºA, zapatos marrones. Hasta que se rompieron. Juro que solos. 



Creo que estaba en cuarto cuando nació Franco. Los que no tenemos hermanos menores y a los primos los vemos 5 veces por año con toda la furia, no sabemos de amar profundamente a una persona (personita en ese momento) antes de conocerla. Con Franco me pasó eso. Mi papá me fue a buscar al cumple de un compañero a eso de las 19.00 y me dijo “¿Sabías que ya sos tía?” Por supuesto, hice lo que mejor hago: me largué a llorar de alegría. Nos fuimos para la clínica y estaba mi cuñada con Fran en brazos, también emocionada. Lo miré, miré sus deditos rosados y sus ojos oscuros y enormes, y supe que lo iba a amar muchísimo, que ya me estaba pasando.


En quinto me puse de novia con José. Por ICQ. Nos teníamos en el about. Me acuerdo perfecto, me dijo “En el cielo las estrellas se juntan de dos en dos, pero no se quieren tanto como yo te quiero a vos. ¿Querés ser mi novia?”. Y yo, que en ese momento desconocía el poder de la histeria, respondí “SIIIIIIII”. Con muchas “I” y en mayúsculas, para que no quedaran dudas. También me acuerdo de mi mamá levantando el teléfono y escuchando ese ruido horrible de los tiempos pre banda ancha. Y de llamar, de a ratitos, al 113 para saber la hora.


Con José casi ni nos hablábamos en clase. Él era muy buen alumno, yo también. Las directoras les decían a nuestras madres que éramos una pareja de genios. Un día me trajo un compilado que todavía tengo. Las primeras dos canciones cantadas por él, y después hits del momento. Otro día le pedí a Pau y a Juli, en ese entonces mis mejores amigas para toda la vida infinito punto medallita Metal Molder, que le fueran a decir que no quería estar más con él. No me acuerdo por qué, pero no quería. Es como cuando te dicen que pruebes tal cosa, que seguro te va a gustar. Bueno, yo ya había probado estar de novia. “De novia”. Y bueno. Y listo. Al tiempo José se juntó con Anto, de un año más. Con ella sí se daba piquitos.


Mis compañeros se fueron cambiando de colegio de a poco, hasta que A y B pasamos a ser un único curso. Yo amaba ese colegio. Me gustaba el salir al recreo, porque recreo y porque se salía cuando escuchábamos barullo en los pasillos de otros cursos que ya estaban afuera, no había timbre. Y así me hicieran una lobotomía, creo que jamás olvidaría los “Buenos días, Le-ti-cia” que gritábamos, enfatizando las sílabas del nombre de la directora, todas las mañanas cuando se izaba la bandera. 

Amaba ese colegio pero me fui quedando sin compañeros, hasta que me tuve que cambiar. Y así pasé, en segundo año, a mi nuevo colegio. Al colegio en el que terminaría los estudios secundarios. Y me costó. Me costó una bocha. Era mi primer estar con gente nueva en la vida. Conocía a Pau del country, pero tampoco éramos íntimas. Hoy Pau es Pepe, de quien si no te hablé, tan bien no nos llevamos. Como con Nancy, que en realidad se llama Natalia pero todos sabemos que es Nancy. ‘Pepe’ no porque se haya cambiado de sexo, para nada. Es la mujer más mujer de todo mi grupo de mujeres. Nancy no porque haya sido detective. Nancy porque, no sé, un día le dije Nancy y quedó. Es que “Nati” es muy mainstream.


De a poquito me fui adaptando. Estuve de novia con Lucho un mes o dos. Con él tampoco hablaba mucho, pero los viernes nos emborrachábamos y nos quedábamos tranzando en algún rincón. Después me empezó a gustar muchísimo Tomás. En este colegio la cosa era medio endogámica, medio todos con todos. Había que estar adentro para entenderlo.


Terminé. Me llevé el tercer trimestre de Matemática y el final de Biology. Rendí los dos en diciembre. Empecé y dejé el curso de ingreso para estudiar Relaciones Internacionales y me anoté, paralelamente, en Ciencias Políticas y Comunicación. Arranqué (y terminé) esta última.


Y hoy ya pasé un millón de recuerdos. Egresé y me recibí. Tuve un montón de estar con gente nueva. Trabajé, renuncié y me cambié de trabajo. Mi grupo de amigas es un grupazo. Me enamoré, me rompieron el corazón. Me volví a enamorar.


Hoy tengo un millón de recuerdos y a veces creo que me las sé todas. Que ya sufrí, ya viví, ya pasé. Que puedo entender y darme cuenta de que soy feliz cuando lo soy. Pero medio que no. Hoy con Vicky habría silencios incómodos, jamás usaría zapatos marrones si están de moda los negros y ni aunque me apuntaran con una 9mm le contestaría rápido y en mayúscula a un chico con el que estoy saliendo.


A veces me gustaría recordar menos para caer en que no la tengo tan clara ni tengo todas las respuestas. O me gustaría recordar menos para jugar a descubrir qué se siente tal cosa, o esa otra, o aquella. 

A veces me gustaría recordar menos para evitar el contraste que el paso del tiempo se empecina en marcar, ese entre sonreirle a los ojos brillantes de mi abuela y llamarla porque siento el compromiso una vez por semana.

domingo, 16 de marzo de 2014

Una tele más grande.

“Una tele, queremos cambiar la tele de nuestra pieza” me contestó mi papá cuando le pregunté qué buscaba en el catálogo de electrodomésticos. Pensé que quizá se había roto, o algo no andaba y salía casi lo mismo arreglarlo que comprar una nueva. Viste que a veces pasa, que las cosas, mortales como nosotros, empiezan a fallar y por revivirlas te piden algo parecido a por enviudar y conseguirte unas más jóvenes, más lindas, más tontas. Eso exactamente buscaba mi papá, sólo que sin el averío de la actual. “Queremos una tele más grande porque en la parte del mueble en donde va, sobra espacio a los costados.” Raro. Rarísimo. Digo, la tele de ahora es bastante grande y, por lo menos para mí, los huecos le dan un poco de aire a semejante pedazo de madera. Para los que no conocen el cuarto de mi papá, que son básicamente todos, el mueble abarca la pared entera en frente de la cama. Porque si hay algo que no le importa a mi papá es el feng shui. O sí, a veces estas cosas dependen de su mujer.

Esa tarde pensé mucho en mi papá y su tele, en lo innecesario y caprichoso que me resultaba ese cambio pero también en que quién soy yo para decirle a él cómo debe gastar su plata o cuántas pulgadas necesita para ver los goles de Messi. Mi papá es así, se da lujos y no me parece mal, para eso labura todos los días. Mantiene la simpleza en cosas más chicas, como el café negro sin azúcar o un pedazo de dulce de batata con queso después de comer.

Después de ir y venir, de bronca y desentendimiento, de bichito comunista y colegio privado, aterricé en lo que -creo- me estaba molestando desde el principio: los huecos no se tapan, se dejan a la vista o a lo sumo se intentan llenar. No tiene nada de malo tener agujeros, habla de nosotros y habla de las cosas. Cuentan historias. Hubo algo que fue tan importante como para hacerse un lugar, moldear el espacio y dejarlo así al ausentarse. Y el mueble vino así de fábrica, y la tele también, y quedan un poco ridículos, pero no lo suficiente como para que uno piense en la ley del embudo. Quedan en el punto justo de mal como para que esté bien. Hasta es un poco tierno, es como si él fuera muy alto y se tuviera que agachar para que ella, en puntitas, llegara a besarlo.

El problema es que mi papá lidia así con todo. Niega. Si lo tapo, es como si no exisitiera. Y encima con cosas, y encima en perfecto estado. Imaginate frente a una persona rota. O sea, cualquier persona. Cualquier persona está algo rota, tiene huequitos que intenta llenar o fue cambiada por una más joven, más linda, más tonta, menos rota. Y con nosotros, las personas, los averiados, hay que sentarse a hablar.

Arreglar a un roto es difícil, más que nada porque lo roto es como contagioso, por eso arreglar a un roto sale tan caro como darle la espalda. Y dos rotos no hacen más que seguir rompiéndose. Y dos que se creen sanos hacen como mi papá y eventualmente buscan otro modelo. Porque sí, porque pueden.

Los rotos sabemos que no queda otra que amigarse con los huequitos, encontrar algo que les cambie la forma y los llene o, mientras tanto, jugar con el aire de ese espacio y abrazarlo, entenderlo. Será cuestión de paciencia y evitar darse por viudo antes de tiempo. Enamorarse de ese beso en puntitas y no, quizá, comprar una tele más grande.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Vos me amás por las razones equivocadas.

Me amás mal y se te nota en los abrazos. Soltás temprano, soltás con el abrazo crudo, con el abrazo verde. Yo sé que tenés ganas de amarme, pero no te sale. Me amás a veces. Me amás cuando te hago jugo de naranja con la cantidad de pulpa exacta como para que, ni esté grumoso, ni se sienta artificial. “Me gusta así” decís, “ni un hilito de sobra o de falta”.

Es como si me amaras por los aros que llevo puestos, o me amaras por un tatuaje que me hice cuando era chica, tonta, y quería saber qué se sentía tatuarse. Me amás así, en detalle, pero yo, el bloque que imanta todas esas cositas que amás, no te gusto.

Vos amás de mí lo que es fácil de idealizar. Amás que se me vean casi todos los dientes cuando sonrío, y mi labio superior. Sí, amás mi labio superior. Amás que sea apenas más grueso que el de abajo. Amás que en vez de comer un chocolate o tomar un vaso de leche antes de dormir, lea un cuento. Amás también que doble la ropa con una simetría envidiable. Amás circunstancias y ese es el problema. Porque ¿cuánto tiempo puede durar esto, aquello, eso otro? Llegará la noche en que me quede sin libros por leer y se me antoje algo dulce. Quizá sea hoy, esta noche. Quizá me acueste y me saque las perlitas para no volver a usarlas. Y me dé vuelta, te mire y te pregunte: ¿realmente me amás?


Te amo. Mucho. De pies a cabeza. Amo todo lo que sos a pesar de que trates de ocultarlo detrás de una sonrisa inmensa y voluptuosa, un tatuaje que prescribió hace años o jugos de naranja perdidos a medio camino.

miércoles, 15 de enero de 2014

Tu turno, tiempo.

“Ningún reloj marca exactamente la misma hora que otro. Quizá no estás llegando tarde, o falta para tu cumpleaños, o ese "te amo" no fue precoz.”

Se escuchaba el ruido de las gotas golpear fuerte contra el marco de la ventana, justo en el medio, en el pedazo de metal que dividía el rectángulo de vidrio de arriba del de abajo. Había unificado las partes abriéndola el día anterior, y el otro, y el otro; pero finalmente el calor agobiante trajo la tormenta.

El costado derecho de la cama seguía vacío, frío, y coqueteaba con el aire denso de la habitación mientras ambos miraban humillándolo. Las sábanas estaban enrolladas más o menos a la altura de sus rodillas. Giraba, suspiraba. Probó incluso con desnudarse, pensando que tal vez era ese elástico cortándolo en dos el que le causaba tanto malestar. No, no era malestar, ni siquiera. Era estar. Estar, yacer, sin nada más. Nada que le corroyera los bordes como a la ventana, nadie que le desgarrara el corazón, o a quien culpar por su insomnio. Ni una lágrima ni una sonrisa en tanto tiempo. Y quedaba el mismo tiempo del otro lado, del lado del futuro. La misma cama fría y el mismo estar simplón que le quitaba el sueño. Deseaba que la lluvia le causara algo. Quería extrañar.

Prendió el televisor. Había una película empezada que dejó de fondo. Cualquier persona amiga del sentido común le habría dicho que debía buscarse una mujer. No necesariamente una que lo sacara de su órbita, que reemplazara este insomnio por aquel, pero sí alguna que le recordara que todas las cosas tienen sabor y olor, y que es sano detenerse a apreciarlo de vez en cuando. De cualquier forma, no era eso lo que lo aquejaba. Tampoco era ya estar. Era el orden. Era ser.

No era chico el ambiente, tampoco feo, pero comenzó a sentirse ahogado. Ahogado distinto, ahogado para adentro, como si fuera la vastedad del mar lo que lo estuviera ahogando y no la falta de aire. Era inútil abrir la ventana, porque llovía muy fuerte y la intención era eliminar la molestia, no reemplazarla. No sabía qué hacer. La situación era rara. No estaba enfermo, su casa no era una pocilga, no le había sucedido nada puntual, ningún disparador para su ser así. Era como vivir en un eterno perder una media. Sí, una media sola. Y darse cuenta justamente por tener la otra en la mano. Sin agujeros, ni el elástico flojo, ni los talones gastados. Una media en perfecto estado pero sin su par. Y una media sin su par, así tenga pepitas de oro, no sirve para nada. Eso era.

Finalmente, resolvió levantarse. Caminó un rato por el comedor. Todo estaba impecable. Podía oír un tiroteo proveniente de la pantalla que algo de emoción traía a su propia escena. En el departamento había cuatro relojes. Descolgó el de la pared de la cocina, agarró el despertador de su mesa de luz, desabrochó el de su muñeca y sacó del cajón el de oro que le había dejado su padre. Todos marcaban un horario distinto entre las 3.00 y las 3.35 de la madrugada. Destrabó primero el de muñeca, cerró los ojos y giró esa tuerquita ínfima durante tres respiraciones profundas completas. Volvió a trabar. Siguió con el de cocina, hizo bailar a las agujas hasta dejar de escuchar la balacera que salía de su cuarto. Con el de su padre, metió el dedo lenta y suavemente en el ojo del reloj, porque el vidrio se había roto ya antes de llegar a sus manos, y dibujó círculos hacia la derecha durante todo lo que duró la narración de su poema favorito. Se detuvo, sacó el dedo y el reloj recuperó sus signos vitales. Para terminar, apretó muchas, muchísimas veces todos los botones de su despertador y lo volvió a apoyar. Sabía que era lo único que podía hacer para sentir un cambio inmediato, para salir de ese ser. Que una jaula es una jaula así esté hecha de oro.

Se volvió a acostar y logró conciliar el sueño. Un rato después, se despertó.
Hoy es miércoles - pensó. Miércoles de seguir perdiendo el colectivo un par de días más. De llegar, hacerse un mate y revisar las cuentas a pagar. Miércoles de llamados de clientes que necesitan las cosas resueltas para ayer. Miércoles de preguntarse por qué los días de la semana no llevan mayúscula si, al fin y al cabo, son nombres propios.


Lo único que sabía era eso, que era miércoles. Lo único que esperaba era que su estrategia fuera a cambiar algo. Ni siquiera miró por la ventana para intentar inferir más o menos en qué momento del día estaba. Se vistió, tomó sus cosas y el saco y se fue a trabajar, pensando, ingenuamente, que le había hecho juego al tiempo.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Cuando me despierto un rato antes que vos.

Me falta el olor de tu cuello porque estás durmiendo de costado, dándome la espalda, mirando para allá. Yo pienso, mientras tanto, en cuánto tiempo pasará antes de que dejemos de elegirnos. Un instante, porque en cualquier momento va a sonar tu alarma y vas a empezar a vestirte, luciendo ojeras para que todo el mundo sepa que dormiste poco.
Me pregunto si estaré bien o querré mudarme de cuerpo, o si terminaré saltando de cama en cama, como en un recorrido de obstáculos, con los ojos en la meta y la cabeza en descifrarla. Si gastaré el teclado recordándote, o cuántas copas de vino me llevará cambiar de tema. Y cuántas retomarlo. Quizá me ponga contemplativa y pase mucho tiempo en el balcón. Aunque no creo, me dan miedo las alturas.
Tal vez te escriba un mail, largo o no tanto, contándote que algo en mí se murió cuando te fuiste. Que perdí peso, que al final no me voy a teñir, que estoy fea. Que no puedo pensar en otra persona porque cuando el corazón está roto, ninguna margarita tiene pétalos. Que extraño el olor de tu cuello y que igual, cada tanto, me asomo por la ventana y veo que el olmo tiene alguna pera. O algo así. Viste que yo soy de combinar banalidades con la más trillada cursilería. Si estuvieses despierto, me dirías que eso es redundante.
Canciones tristes, muchas. Muchísimas, repitiéndose mil veces. Más duele, más me gusta. Quiere decir que todavía puedo y sé sentir. ¿A las cuántas canciones te volverías parte del pasado?
Te toco la espalda. Son caricias suaves para darme cuenta de que estás durmiendo al lado mío. Quiero que te despiertes pero no quiero despertarte. Esta espera me hace pensar, me agudiza los sentidos, y las canciones suenan más fuerte y el balcón está más alto. Te toco porque acá arriba hace frío. Te toco para sostenerme.
Yo creo que me mentiría, me convencería de que la soledad se elige y, cuando uno sabe domarla, en esa elección está la libertad. Pero no, me pudro por dentro. Me muero. Quiero hablarte, besarte, sentirte. Intento entender, mientras dormís acá al lado y nos separamos, que a la altura se le teme más por distancia que por altura. Y quizá entre lágrimas ponga un pie en el aire y elija tirarme. Porque después de todo, la muerte es liberadora.
Siento el viento hacerme cosquillas en la planta y los dedos. ¿Cómo hiciste para dejar de quererme, mi amor? Suelto la copa y, con los ojos cerrados, la escucho caer, ansiando que ese estallido de vidrio te despierte, porque pensar me está empujando. El vino coquetea con el aire mientras yo te acaricio un poco más fuerte, es que esta espera se está volviendo vertiginosa. Inhalo, como tratando de quedarme con todo tu olor, y voy.
Pero entonces suena tu alarma, el instante se termina y te das vuelta, nos miramos y estamos juntos. La copa nunca se oyó, porque a veces lloramos sabiendo que, si perdemos el equilibrio, la soga se mueve o apoyamos mal un pie, de la caída nos salva un abrazo.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Respirar.


Le dijo, mediante gestos, que ya estaba lista. Él tomó el pincel y comenzó a intentar inmortalizarla. Le gustaba retratarla y verla desnuda. Creía que su piel revelaba el costado sentimental, frágil que tanto le costaba mostrar. Ante sus ojos, el desnudo era tan hermoso como simbólico. Mientras tanto, ella palabreaba sobre los hombres y la prisión que representan las relaciones sociales. “La libertad la entiendo como una construcción cotidiana, en la que se debate y pelea para ser uno día a día, pero distinto. La libertad está anclada en la reinvención de uno mismo”. Solía hacer eso, de estigmatizar al hombre por la presión social de encontrarse en permanente cambio para no volverse un eterno parásito, o una piedra. Y a veces acordaba, y algunas otras detestaba su reducir las relaciones a simples transacciones. Ella era pragmática, él siempre dejaba un poco de aire entre el suelo y sus pies.
     Trazaba sus cantos con quisquillosa delicadeza y precisión, pues era su parte preferida. La había pintado una y mil veces, tras una y mil discusiones y reconciliaciones. Era difícil lidiar con quien creía saber y poderlo todo. Pero esas piernas. Esas piernas.
Había leído en algún lado que mejor que tener una musa es haberla perdido. Por eso guardaba una y mil pinturas. Ella posaba como si fuera su trabajo, con un tedio en su exhalar que habría matado todo a su paso. Afortunadamente, tenía la figura de quien vibra de pasión.
    Intentar inmortalizarla era en vano. Ambos sabían que no duraría mucho más. Una mujer hermosa es aquella que recibe oxígeno y devuelve, así sea casi imperceptible, luz. Sus piernas eventualmente se pudrirían, y el trazo sería más tosco. Él cargaba con la culpa de comprender que ella no sería por mucho más. La dibujaba para alargarle la vida. “Una pincelada, un latido” pensaba. Quería que entendiera, pero no lograba hacerla flotar. Hervía de furia al no poder sacar la espada de la piedra. Le molestaba que ella, como figura, condicionara el fondo y no a la inversa. Porque su amor no había sido más que una transacción. Un acuerdo entre cielo y suelo que se había renovado una y mil veces y que, de no haber sido por esos cantos, se habría muerto hace cientos de cuadros.
-          Pintar es mi dejar ir.
-          Está bien, lo entiendo.
-          ¿Si? Porque a veces creo que no te interesa y hasta te cansa ser mi aliento.
-          Lo entiendo porque hay que canalizar, porque así es la vida. Porque vos creés que yo soy más que una chica parada acá, pensás que con algunos cuadritos vas a impedir que se me pudran las piernas, que no cambie nunca, impedir que deje de ser libre. Porque no querés entender que respirar no es más que inspirar y expirar.
Pasó un último pincel por su pelo y así, sin más, la vio convertirse en piedra.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Cosas.

A veces, cuando estás lejos, escribo cosas. Te escribo cosas. Algunas que no te mando nunca, o las leo y cambio un poquito para que sí. Tengo un montón de borradores en la carpeta de Borradores. Cosas que posiblemente no salgan de ahí. En fin, cosas.
Hoy caminé hasta el subte en vez de ir a tomarme el colectivo. Son 4 cuadras extra, pero estuvo lindo. Más tiempo y movimiento para pensar en vos. Vos sobre música y personas que me pasan por los costados y yo, dependiendo de qué canción esté escuchando, siento que voy más rápido o más lento que ellos. Me acuerdo de Seaside, que es de "una bandita que ahora es famosa pero en 10 años no la ubica nadie”. Entonces me estaba moviendo lento. Si la escucharas, entenderías. Y si me decido a mandarte esto, te la voy a pasar.
      Hay cosas que parecen pavadas. Como quién ceba el mate, la diferencia entre manga tres cuartos y manga larga, o qué canción viene después de la que está sonando ahora. O 4 cuadras. Pero uno cambia en esas cosas. Crece, se achica, llora, aprieta, retiene, repite, deja ir.
En ese pensar en vos, caminando lento, más lento que el resto y escuchando música, supe que iba a ser un día de lo más corriente. Llegaría al trabajo, saludaría a mi jefa y a Hugo, que estaría tomando mate. Hugo diría algo que no alcanzaría a escuchar porque habla terriblemente bajito y ya, al tercer “¿qué?”, dejaría de preguntar. Pasaría por el resto de los escritorios y volvería a sentarme acá, al mío, frente a esta computadora.
Quizá sea de cobarde, de tímida, o no sé de qué, pero me alivia pensar en que el día será todo lo común que puede. Yo creo que es porque, dentro de lo estables, estáticos que son mis días, encuentro el movimiento en cosas chiquitas, que no ofrezcan muchos sobresaltos, e intento agrandarlas. Como un abrazo tuyo. Algo sencillo, un brazo que me envuelve por la derecha y otro por la izquierda. Y a veces, si es de noche y a falta de música y personas, nos escuchamos respirar. Son cosas así las que tomo para tenerte cuando estás lejos. Te pienso mientras camino. Hago 4 cuadras de más, y después escribo.
En tu abrazo hay olor a menta, porque recién volvés de lavarte los dientes. Y apenas nos acostamos, me intriga saber si tenés los ojos cerrados o abiertos. A veces hasta te lo pregunto. Bueno “hasta”, ni que fuera gran cosa. Pero es una cosa. Y es importante, como todas. Es que ahí, cuando abro la boca, rompo el silencio en el que me abrazás, y me arriesgo a romper todo el resto porque, como no hay nada más que nosotros respirando, el silencio es lo que nos sostiene.
Aunque yo estoy acá y vos allá, y sólo te estoy escribiendo esto, y quizá ni siquiera te lo mande, sé que ahora nos queda una noche de estar abrazados por delante. Para después despertarnos, abrir las persianas, que vos quieras levantarte a hacer mate y yo intente retenerte, apretados, hasta dejarte ir.
    No sé, son cosas que pienso cuando estás lejos. Mientras camino, y me doy cuenta de que debería haberme puesto la remera con manga tres cuartos, porque estoy teniendo un poco de calor. O cómo ahora, que suena esta otra canción, te extraño. O que alguien que te cebe el mate es mucho pedir. Pero, como con el resto de las cosas, hay que soñar en grande, e ir creciendo ahí adentro.