sábado, 21 de julio de 2012

El amor, magia berreta.

Me senté a esperar a que empezara el ¿show?, espiando cada esquina del escenario en busca de algo que revelara algún truco. Ese fue mi primer error.
El escenario estaba al nivel de las butacas. “Buenísimo” pensé, sino me iba a contracturar tratando de llegar con los ojos. Y ese pensamiento fue el segundo.


Luces, música: empezaba el quilombo.  Él entró lento, de a pasitos cortos. Se lo escuchaba respirar, pero todavía no pasaba nada.
Sacó de una cajita un mazo de cartas de póker, porque aparentemente empezaría por los básicos. Era obvio que iba a elegir a alguien para adivinarle la carta, yo había ido en busca de algo más jugado.


No cayó en los trucos convencionales. Mientras él hacía lo suyo, yo repetía mi primer error. Esquivaba su mirada directa, no quería verme tan interesada. Igual, él no había mostrado sus cartas así que estábamos en la misma. Y pensando esto, reformulé el segundo error. No, mentira. Era un tercero, este fue el tercer error.


Me buscaba con la mirada, yo lo sentía. Pero no revelaba nada y a mí no me gustan las sorpresas. ¿Para qué viniste a ver un show de magia entonces? GROSA. Es que caí ahí, qué se yo.

A nivel siempre, y mirándonos una vez él, una vez yo, una vez él, una vez yo, una vez él, una vez yo. Te toca a vos pelotudo, dale.
¿Cuántos vamos? ¿Tres? Buó, cuatro macanas.


Me quedé sentada días, meses en la misma butaca repitiendo este cuarteto de boludeces, él por supuesto me las correspondía (y me encantaba).
Tenía miedo que en el repertorio estuviera la desaparición. Me angustiaba, se me secaba la garganta y las manos me transpiraban.



Una cagada todo esto. Los trucos, los juegos, las reglas, todo. Cuesta banda entender que es un espectáculo de magia. Algo así como un misterio que no está ahí para ser revelado, sino para ser disfrutado. Algo así como el amor. 
Por eso me mando los mismos mocos en los dos campos. Esto de verme en desigualdad de condiciones me mata, ¡yo quiero mismo nivel! (o en su defecto, arriba – guiño guiño). También el tema de no dejar entrever las cartas, no descubrir mucho para no quedar interesada/o. ¡Y el ajedrez! El sentir que como él movió último, yo puedo. Ahjj, nos ponemos lúdicos y nos sale mal. Sólo a nosotros.
¿Y para que te enganchás? GROSA. Es que caí ahí, qué se yo.

No sé si me toca, pero te aviso que yo en el próximo truco te voy a mirar. Ganas no me faltan. Así nos dejamos de joder un poco con hacer lo posible, y pasamos a hacerlo posible. La diferencia es sutil y fundamental.


No me pregunten cuándo me levanté y me fui porque molesta a las forritas de al lado y el acomodador me va a callar.

jueves, 5 de julio de 2012

Rojo, húmedo y de locos.

- Ey, ¿estás bien? Cómo dormiste chabón.
- ¿Eh? Sí, bien. No entiendo nada. ¿Vos sos yo?
- No, vos sos vos. Yo también, pero vos sos vos.
- ¿Y vos quién sos?
- Vos, boludo. Ya te lo dije. Me desperté para despertarte.
- ¿Dónde mierda estoy?


Y en eso me di cuenta que estoy acá encerrado. Me costó eh, ni idea tenía. Fue ella, es obvio. Sí, se cae de maduro. No sé qué habrá dicho o hecho. 
¿Qué mierda hago acá? Me meten en 4 paredes, como si eso limitara el espacio que hay en mi cabeza.
Como si cerrar los ojos no fuera un medio de transporte. Como si no fuera el mejor.


- Pará man, ¿Qué sos, puto?
- No, vos porque no tenés ojos.
- Pero veo a través tuyo, acordate que yo soy vos.

 
Pero ¿Qué me quiso decir metiéndome acá? Siempre me amó, no pasaba un día sin que me lo hiciera saber. 

Yo creo habérselo demostrado también, rompiendo cada silencio con besos. 
Por ahí pensé que lo sabía y no; pero bueno, no por ser humanos sabemos expresarnos. 
Nunca me había enamorado así, es peligroso. Mirame a mí, me dejó
 loco. Mirá dónde estoy ahora.
 

            - Señor, es hora de las pastillas.
            - Ah, dale. ¿Cuántas eran, me recordás?´
            - 3, las de siempre.
            - Ah, sí sí. Es que estoy medio desbolado hoy. 

 
 
Si me enamoré es su culpa, ella se acercó primero. Ahora,
hay que ser hija de puta eh, hacerme el cuentito y mandarme al loquero.  


- Creerle a una mujer es de pichón, de verde.
- Basta, dejame en paz. Decís muchas boludeces para ser yo.
- Yo no digo nada, sos vos hablando boludeces con vos mismo.
- ¿No hay salida acá? ¿Esa puerta?
- Jajaja, me hacés reir loco eh, te querés escapar de tus propios pensamientos. Sos tan común que das lástima.


No entiendo por qué las paredes son rojas, ni tampoco por qué la puerta late. Eso enloquece más a uno. Me olvidé de preguntar, ahora cuando vengan a chequear cómo estoy se los voy a decir.
 
Yo no estoy loco, ella cambió de parecer de la noche a la mañana, es claro. Las personas cambian cuando sienten que sufrieron lo suficiente, y de ese sufrimiento aprendieron.

Entonces me merezco esto, por lastimar a quien siempre dije amar.


- Ah se, te lo mereces por lastimarla, no por estar hablando solo, ¿no? Gil.
 

Quiero salir a pedirle perdón, Quiero abrir esta puerta titilante del orto y salir a amarla mejor que antes. No sé qué carajo hice pero yo sigo loco por ella.

¡Ahí está! Yo estoy loco por ella, me vuelve loco todo: su pelo, su olor, los ruidos que hace cuando se ríe, los que hace cuando llora, los que hace cuando acaba.
Extraño eso. 

 
Listo, ya está. Entendí todo. Ella nunca se sintió igual, si ella hubiera estado loca por mí me la cruzaría en estos pasillos, que se agrandan y se achican todo el tiempo no sé por qué.
Quiero salir y gritarle lo que se me ocurra en la cara. Me importa poco y nada que sufra y que por eso cambie, y me cambie. 

 
- Sos un panqueque. Vos estás más loco que yo. 

Necesito más pastillas para apagar el dolor. Y una ventana, necesito una ventana. Hay mucha humedad y el rojo me está mareando. 








Hay que estar loco para enamorarse, por eso cuando nos pasa el corazón se vuelve un manicomio.